Recuerdos de un amor centenario

Antonio y Sara posan junto a la tarta en la fiesta que organizaron para ellos sus familiares. / Antonio 'Sane'

Dicen que se quieren como el primer día, aunque discuten como cualquier pareja, y que conocen el secreto para pasar una larga vida juntos Sara García y Antonio Suárez suman 199 años y llevan 73 casados

CRISTINA NORIEGA

«Toda una vida me estaría contigo, no me importa en qué forma, ni dónde, ni cómo, pero junto a ti. Toda una vida te estaría mimando, te estaría cuidando...». Los versos de una canción de Antonio Machín sonaron, llenos de significado, en la fiesta de cumpleaños del matrimonio que forman Sara García Pérez y Antonio Suárez Oria. No era un aniversario cualquiera: Sara cumplió el domingo cien años y Antonio los hará en octubre. Y lo celebraron por todo lo alto con su familia.

La historia de Sara y Antonio comienza en el municipio de Muñorrodero. Antonio era boticario y Sara, modista. Con su bicicleta y su pantalón corto él recorría las calles para ir a verla todos los días. «Me llamó la atención su simpatía y que me di cuenta de que ella estaba enamorada de mí; me rompía la cabeza esperándola», comenta Antonio. El vínculo entre ambos fue una amiga común y su primer encuentro se produjo en un tren: «Me tiró un beso. Yo pensé; 'mira, ahí va el tonto del boticario'. Cosas de crías». Después, cambiaría de opinión: después de nueve años de noviazgo -ocho según ella-, llegó la boda. La ceremonia se celebró en Muñorrodero, pero no en una iglesia, como hacía todo el mundo. Sara explica que por la guerra se había destruido el templo del pueblo y «tuvimos que casarnos en un colegio». Llevaron todos los santos y allí mismo se convirtieron en marido y mujer. Tenían 27 años.

Desde ese momento sus vidas comenzaron a caminar juntas. Abrieron una tienda de comestibles en Torrelavega que les daba lo justo para salir adelante; cuando Antonio consiguió un trabajo en Renfe, comenzaron a progresar. No era su vocación, pero les dio tranquilidad y a él le abrió nuevas puertas. Jacinto Herreras, su yerno, apunta por detrás que Antonio era muy bueno con los números y que por eso encontraría un puesto en un banco en Almería, después en otro en Reinosa y, finalmente, en el Banco de Santander.

Viven en Santander, solos y sin ayuda de nadie, cuenta Sara, «porque mi marido es un poco raro para esas cosas»

Mientras, como a muchas mujeres de la época, a Sara le tocó cuidar de la casa y de los hijos. Nunca perdió su pasión por la aguja, y se encargaba de hacer todos los vestidos a sus hijas y nietas. «Es capaz de ver un vestido en un escaparate y tejerlo exactamente en casa», cuenta Jacinto.

El hecho de que juntos sumen 199 años no impide que sigan siendo totalmente independientes: viven en Santander y lo hacen sin ninguna ayuda externa porque «nos valemos perfectamente por nosotros mismos». Sara dice que, mientras ella pueda, no quiere a nadie «porque mi marido es un poco raro para esas cosas».

Una pareja con carácter

Cuentan que son un matrimonio normal, con sus peleas y discusiones, porque cada uno tiene su carácter, ella más tranquila y él con cierto temperamento. Sara recuerda la fórmula que han seguido durante toda su vida y que tan bien ha funcionado: «Si una persona grita, la otra debe callarse, porque si no viene el enfrentamiento».

«Sigo queriéndote mucho, como el primer día», se declara Antonio. Son muchos años de amor, que les ha ayudado a afrontar momentos muy duros, como el de la muerte de su hija Isabel. Sara reconoce que, aunque pueda parecer que siempre está alegre, nunca lo ha podido superar. A veces compara esa pérdida con la de dos hijos que tuvieron y fallecieron poco después de nacer. Ella explica que no es lo mismo, porque casi no guarda recuerdos de ellos, y con Isabel, en cambio, compartió momentos inolvidables. «Yo la cuide en su último año en mi casa. Hice todo lo posible. Sigo despertándome todos los días llorando y mi marido me riñe». Esa es la parte de amarga de vivir tantos años, reflexiona. «Ves morir a tus hijos. Es lo peor».

Alcanzar esas edades también permite vivir situaciones insólitas. Sara recuerda cuando, hace un par de años, acudió a la consulta del médico porque tenía mucha tos. «Fue muy gracioso. El médico estaba buscando una señora mayor en la sala, pero no la encontraba. Yo le pregunte '¿a quién buscas?'. La contestación que me dio fue que buscaba a una señora mayor. 'Me buscas a mí, soy yo', le dije. 'No, usted no tiene esos años'». Ella se ríe recordando la anécdota, pero, siendo sincera, la verdad es que prefiere que la gente no sepa su edad.

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