La Santander de los tenderos frente a la marinera

Los cientos de años de historia agazapados en el centro de la ciudad se perdieron entre un mar de escombros, y sus habitantes fueron desplazados al extrarradio. ¿Qué fue del centro de Santander?

Javier Tazón
JAVIER TAZÓNSantander

Hace 77 años, entre la noche del sábado 15 y el domingo 16 de febrero de 1941, se desató el Andaluz, ese pavoroso incendio que nació en la calle Cádiz y terminó en la calle Sevilla, y que destruyó 37 vías de Santander. Los cientos de años de historia agazapados en el centro de la ciudad se perdieron entre un mar de escombros, y sus habitantes fueron desplazados al extrarradio. ¿Qué fue del centro de Santander?, ¿cómo se reconstruyó?, ¿quiénes lo repoblaron?, ¿en qué afectó el incendio a la geografía humana de la ciudad?

Europa asistía, atónita, al despertar del III Reich y al ascenso del fascismo italiano. En España, hacía sólo dos años que había terminado la guerra civil. El imprevisto incendio se convirtió en un escaparate internacional para mostrar la eficacia del nuevo régimen frente a las aliadas fuerzas del Eje. Se hacía preciso reconstruir la ciudad con celeridad y ejemplaridad. Se decidió, pues, partir de cero, sin concesiones a la estética de la antigua puebla, con nuevo trazado y grandiosas líneas. Las posturas mantenidas por algún sector de la Falange para reconstruir la ciudad tal y como era antes del incendio fueron desoídas.

Se construyó, pues, una ciudad que remarcó los procesos urbanísticos degenerativos que ya existían en la vieja puebla. ¿Qué habría sucedido de no haber ardido Santander? Pues que, quizá, el viejo aspecto marinero y medieval de la misma hubiese quedado oscurecido igualmente por mil y un engendros urbanísticos nacidos en solares sueltos, con salpicados edificios modernistas malamente trenzados a viejas y destartaladas viviendas nobles, en una amalgama despersonalizadora.

Para acelerar el proceso edificatorio se formaron sociedades de reconstrucción, de tipo doméstico, gracias a las cuales las familias más pudientes elevaron sus propios edificios. En las sobremesas de las casas de comerciantes adinerados se acariciaba el sueño a diario. La fiebre constructiva se generalizó entre ellos; todos querían tener su propio edificio.

A tal fin recibieron todo tipo de facilidades pues el Régimen estaba empeñado en lograr un indiscutible éxito reconstructivo. Así, los solares resultantes de la parcelación fueron adquiridos por el Ayuntamiento con fondos de la Sociedad Nacional de Reconstrucción, se reforzó la plantilla de notarios y registradores para que quedaran resueltos los infinitos problemas jurídicos de cada parcela, se nombró a un fiscal especial para representar a los numerosos ausentes, se eximió de fiscalidad a las nuevas construcciones por veinte años, se concedieron subvenciones, se gestionaron créditos a bajo interés y se facilitó a los propietarios constructores el acceso a los almacenes públicos de materiales, aún fuertemente intervenidos tras la guerra. Todo eran ventajas. Así, todos saldrían beneficiados.

El plan de reconstrucción tenía previsto el desmonte desde la actual Juan de Herrera a la actual Calvo Sotelo, pues inicialmente el suelo estaba a la altura de la terracilla de la iglesia de la Compañía; así como el abatimiento de todo el cierro de Somorrostro para sacar de la nada las dos importantes arterias Isabel II y Lealtad.

Sin embargo, sólo se permitían cuatro alturas, con la rasante de la línea al alero de la Delegación del Gobierno y de la Delegación de Hacienda que se alineaban con el Paseo de Pereda. Es decir, que las cumbreras de Santander no habían de exceder de una línea continua que se extendería desde el Paseo de Pereda hasta la Plaza del Ayuntamiento. Sin embargo, basta con caminar por el centro de la ciudad y mirar a las alturas para comprobar la existencia de un mar de elevaciones, mansardas y retranqueos en la más perfecta disarmonía, con los que se lograron generosas alturas. A cambio de tales actuaciones irregulares, los constructores esparcieron por una u otra cumbre bolas curialescas, pináculos, frontis clásicos sobre ventanas, estíptes, columnatas y pequeños elementos que sirvieron de coartada para que se aprobaran los excesos de sus proyectos.

Pero en 1946 tuvo lugar el desastre. Se aprobó la Ley de Arrendamientos Urbanos que imponía la prórroga forzosa y que congelaba las rentas. ¿Para qué construir entonces? Sin embargo, como había salido tan bien la inversión, no era cuestión de tirar por la borda el esfuerzo, y los comerciantes, las buenas familias de tenderos santanderinos, dieron en la gran idea de desplazar a sus flamantes edificios, prueba de su poderío, a familiares y gentes de confianza. Con esto se completó el proceso de gentrificación por el cual miles fueron desplazados del centro, los más menesterosos, y otros miles fueron allegados, los familiares de los tenderos. El centro de la ciudad pasó de un tono humano popular a otro más pretendidamente aristocrático. Podríamos decir, para entendernos, que el tipo humano marinero dio paso al tipo humano pijo. Santander cambió de idiosincrasia.

*Javier Tazón es autor de la novela ‘Santander, la marinera’

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