Semana Grande

Las tripas de una Quimera

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Marco Vega, padre e hijo, son 'The Chistirrines'. Llegan desde México y es su primera visita a Europa. / ROBERTO RUIZ

  • Retoques, maquillaje, vestuario y convivencia entre artistas de todo el mundo, ingredientes que dan forma a un espacio lleno de curiosidades

  • La hora previa a la función de circo muestra el perfil más íntimo del espectáculo bajo la carpa

En el espejo de la pared hay una fotografía. La sacaron el domingo. Está justo al lado del reflejo de Marco. «Pásame el negro, hijo», dice el payaso, que pinta su cara mientras Olegsandr, detrás de él, deshincha lo justo la rueda del monociclo. Es su cumpleaños y, de pronto, cuando en la carpa ya se escucha a un niño que pregunta «¿Cuánto falta?», todos forman un corro y le cantan el 'happy birthday'. La pequeña de las hermanas Vassallo le da sus regalos. Y luego, ella misma, le enseña un par de frases en español a Ekaterina, que es rusa. «¿De dónde eres?, ¿de dónde eres?», les pregunta a todos con acento de San Petersburgo. Más de uno es ucraniano. Rusos y ucranianos juntos, aquí todo eso no importa. La foto del espejo lo demuestra. Cuatro artistas, cuatro puntas -una punta, dos puntas... (el payaso hará reír con eso)- del mapa del mundo, subidos a una atracción de las ferias divirtiéndose juntos. «¿Y a qué hora pasa luego el autobús?», le pregunta Igor a Piloshka, la cantante. En realidad se llama Pilar y es cántabra. Aunque cuando se le escucha entonar en la prueba de sonido eso de «my huckleberry friend» parece de otro planeta. Es la hora previa. Lo que ocurre antes de que los ojos de la chica del palco tres se hagan aún más enormes. Antes del asombro. La magia de la Quimera que Raúl Alegría ha construido para las fiestas.

El circo de la trastienda es otro circo. «Hablé con la esposa, que está un poco preocupada», dice el mayor de 'Los Chistirrines'. «Marco Vega Junior y Marco Vega papá». Desde México. «Siempre que va a empezar un programa me tomo como una hora para el maquillaje, la ropa...». ¿Y hay nervios después de tantos años? «Claro, como no. Apenas se nos empieza a quitar el nervio. Además, es la primera vez que estamos en Europa y no conocemos la cultura, las costumbres... Lo que gusta o lo que no gusta. El humor latino que traemos, son chistes que allí se entienden bien y que aquí tenemos que ir probando...». El chaval -Junior- es un torbellino. Durante el espectáculo y fuera. Un genio. Graziela Galán pregunta qué hora es. Lleva más de veinte años de circo en la mochila. Está cosiendo parte de su vestuario y poniéndose unas tiras de protección en los tobillos. «Es tiempo de maquillaje, de arreglos... Pero también de concentración y de bromas. Hay días más inspirados y otros en los que la gente está más cansada y es todo más silencioso. Si hay algún problemilla, algún cambio, se comenta». Ella vuela con elegancia sobre el trapecio y, además, hace las veces de ayudante de dirección para descargar algo de peso sobre Raúl. El mago cántabro está en todo. Es su Quimera. Revolotea por las taquillas, repasa la carpa, se maquilla, atiende los compromisos... «Hay que cuidarle un poco», dice Graziela ya sentada justo detrás de la cortina que separa este otro mundo de la pista. Esperando a los demás. Atenta. «Hay un ambiente muy positivo. Se ve mucha solidaridad y eso se nota en el espectáculo... Hay armonía».

Detalles

Los ojos profundos, el temor a que el payaso te elija para la broma y hasta esa impresión de que el asombro -o alguno de los cuatro acróbatas de los 'Golden Stars'- puede caerte encima... A la chica que siente todo eso en la función le gustaría ver lo que ocurre antes. Curiosear. Porque, mientras Graziela espera, aún pasan cosas en ese espacio reducido lleno de preparativos. Del cuello de uno de los artistas cuelga una uña de tigre, símbolo del circo de toda la vida. Hay una pequeña cafetera entre zapatos enormes, licras con piedras brillantes cosidas y los balones de Javier Pereda -todo un descubrimiento en Cantabria-. Natalia estira apoyando la pierna en una caja mientras escucha música. Lleva una flor ya pintada en la cara, pero aún tiene puestos sus vaqueros y unas deportivas. Trepará entre brazos y piernas a bordo del monociclo de Oleg.

«¿Qué hora es?», vuelve a escucharse. Entonces, todo se acelera. Las siete. La cara del payaso ya es la de su personaje y sus pies han crecido. Pilar ya es Piloshka. Shannon, Sidney y Demi cambian su camiseta de Supermán y sus playeras por trajes de época y maquillaje. Igor tiene listo el cubo que hará volar con unos brazos que parecen brillantes. Raúl Alegría ya lleva su chaqueta blanca con adornos dorados... Maestro de ceremonias. Y todos, unos y otros, los 26 artistas de Quimera, se colocan tras la pista, tras el telón. «Está hasta la bandera», dice alguien en el último suspiro. Han llenado. Suena la música y Natalia, que cambió el vaquero por un vestido, se abraza a la pequeña de las hermanas Vasallo, convertido en el niño que protagoniza el relato. Es parte de la magia.

«La historia que les vamos a contar está basada en un hecho real...». Es la voz de Javier Rodríguez, que marca el inicio. Con Tonetti como protagonista. Ya solo queda dar un paso. Salir. Ponerse delante de esos ojos enormes que recordarán esta tarde durante mucho tiempo. Bienvenidos al circo. Bienvenidos a esta Quimera.