Semana Grande

Un chupinazo entre equilibrios

Una de las gigantillas junto a varias niñas vestidas con trajes regionales. / Javier Cotera
  • Un especialista trepó hasta el balcón del ayuntamiento para entregar el pañuelo azul en un arranque de las fiestas que volvió a ser multitudinario

Hace ahora treinta años, a medio mundo le dio por tararear una canción. Hasta los que no sabían inglés aprendieron a gritar aquello de ‘el final de la cuenta atrás’ en el lenguaje de los que ya no quieren ser europeos –Europe era justo el nombre del grupo que se hizo de oro con ‘The final countdown’–. Movían los pelos arriba y abajo y repetían la primera estrofa haciendo que sonara como ‘estofado en salsa’. Hace veinte, por seguir con el repaso, se lanzó el primer cohete desde el balcón del ayuntamiento para dar por iniciadas las fiestas. «Éramos pocos, ahora somos miles». El alcalde recordó la fecha en su saludo. Y una cosa y otra, lo de los treinta y lo de los veinte años, tienen que ver con lo que sucede en un día como el de ayer. El chupinazo es una cuenta atrás, un ‘tres, dos, uno’ de largo recorrido. Porque hay semanas y semanas y la que empieza, en Santander, es la más larga del año. Es tan grande, que dura diez días. La broma ya es repetida, pero sirve. Como el comentario que nunca falta de un tiempo a esta parte tras la explosión. Lo de «yo creo que esta vez ha habido más gente que nunca». Estaba abarrotado.

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Fue un chupinazo equilibrista. Cuesta darle un aire, hacer algo nuevo. Porque, al fin y al cabo, miles de personas se juntan para ver cómo tiran un cohete. Y lo del equilibrismo le puso gracia y hasta cierto temor. Uno de los artistas del circo Quimera fue cogiendo altura a base de colocar cajones sobre un cilindro posado en una plataforma. Entre cilindros, plataformas y cajones, la cosa estaba bien alta. Tanto, que Dany Daniel (así se llama el especialista), llegó a estrechar la mano del alcalde y darle un pañuelo azul (no sin que antes más de uno pensara que se iba a pegar el gran trompazo). Fue «la sorpresa» de la que hablaban sin dar pistas unos minutos antes en el vete y ven del salón de recepciones de la casa consistorial. Tiene sus secretos lo del chupinazo. Por ejemplo, que hay dos cohetes. Estaban en una esquinita de la habitación, pegados a la puerta del balcón. «Traigo dos siempre por si acaso. Ya pasó una vez en otro sitio que uno subió unos metros, pero no explotó y hubo que lanzar otro». La escena tuvo que ser curiosa.

Aquí, todo salió bien. Después del número de los equilibrios llegaron las palabras. Íñigo de la Serna arrancó, tras los agradecimientos, con el recuerdo de esos veinte años de historia de la explosión. Un 24 de julio de 1996. Primer chupinazo. Pidió ayuda para que las de esta edición sean «las mejores fiestas de la historia» aunque amenazaran, como siempre, «las cuatro gotas que siempre quieren venir a este chupinazo». La plaza gritó de lo lindo cuando repitió lo de «la mejor ciudad del mundo», como los cantantes en gira. Luego llegaron los pañuelos en alto y los vivas. «Viva las fiestas de Santiago y viva Santander». Hubo, eso sí, una pincelada de despedida. «No he insistido mucho que luego se malinterpreta», bromeó ya después el alcalde. Una especie de despedida. Porque, se supone, el año que viene habrá un pregonero, «que ya tenía que haber estado este año, pero por problemas de agenda no pudo ser». Sonrisas, pero ninguna pista para saber de quién se trata.

Discurso y cohete al cielo. Todo en marcha. Los cañones lanzaron su munición de papeles azules y blancos entre el griterío general. Y luego se cantó bien fuerte ‘La fuente de Cacho’. La frase repetida sobre las peñas, la que dice que son las que dan el color a las fiestas, es una verdad como un templo. Desde las alturas del Consistorio se ve nítido. Miles de personas, sí. Pero la sangre que corre por ese cuerpo de cuerpos humanos lleva camisetas de colores y no para. Desfilaron un año más y luego cogieron sitio. Primera fila reservada. En zona vallada para ellos.

Desde horas antes

Lo de pillar buen sitio se entrena. Desde las siete de la tarde había tres señoras calentando el asiento de un banco de la plaza. No es fácil. Bullicio con mucha antelación. Lo primero, para hacer cola en la caseta que reparte programas y pañuelos (los que se dieron con El Diario Montañés de ayer estaban por todas partes y a más de uno le recordaron cómo se pintó la cara para salir en el suplemento del periódico).

Lo de la semana de los diez días no es el único juego temporal de la Semana Grande. Las siete casetas de la plaza del Ayuntamiento hacen el agosto en julio. Hasta el que vende globos. «Ha venido hasta Spiderman». Y también el hombre estatua disfrazado de minero de Juan de Herrera, que tuvo que moverse más que los que arrancan carbón de la tierra en Asturias.

Los chicos de ‘Alboroto’ colocaron a la chiquillería brazos arriba, culo ‘pafuera’... Todas esas cosas que se han puesto de moda entre los chavales en vez de Barrio Sésamo. Les encantan. Mientras los niños bailaban, los padres repartían las miradas entre el balcón del Ayuntamiento y el cielo. Chispeó y empezaron los nervios. «Estoy rezando a todos los santos», decía por entonces la concejala Carmen Ruiz. Alguien acababa de chivarle que estaba cayendo una buena por Maliaño. Pero la sangre no llegó al río (ni la lluvia, en serio, a la plaza). En todo caso, el agua también hizo que los chicos que manejan a las gigantillas tuvieran que extremar las precauciones. Un patinazo con Don Pantaleón encima no es ninguna broma. El caballero del grupo tiene cara de mala leche. Pero la tradición gusta. El desfile con Doña Tomasa, La Repipiada y La Vieja de Vargas es un clásico con esa atmósfera de las costumbres que no deben perderse (aunque ahora los niños prefieran un selfie que un escobazo de los cabezudos). Ayer se marcaron un baile, incluso, en mitad de la carretera, a la altura del cruce de Lealtad con Calvo Sotelo. Tradición.

No fueron los únicos gigantes de la tarde-noche. Del desfile que venía de Puertochico asomaron en primer lugar una pandilla de monstruos. Drácula, el hombre lobo, la momia... Trajes regionales y, si faltaba algo, en la megafonía ponían la canción de moda que tocara (esa de ‘cómo te atrevés a volver’ se llevó la palma). Para entonces ya no cabía un alfiler. «¿Pero tú has visto cómo está Juan de Herrera?». La postal desde uno de los balcones laterales del edificio era imponente justo antes de lanzar el chupinazo. ¿Cuántos había? Pues miles, pero eso ya no sorprende a nadie. Felices fiestas a todos.