Un mar violeta de mil hectáreas

Un mar violeta de mil hectáreas
/ Óscar Chamorro
  • En los años 60, un vendimiador descubrió en Francia la lavanda y la trajo a Brihuega. Los campos aromáticos vuelven locos a los turistas chinos

En la alameda de Brihuega, en la anochecida quietísima de la Alcarria, una guirnalda de bombillas cuelga suspendida entre los árboles. Deja caer a la plaza una luz amable y dorada. Ilumina una chiquillada de pantalón corto que juega al toro con dos carretones de ruedas.

De pronto, toda la escena cambia, como si adquiriera una dimensión más: el aire ha traído desde las colinas secas y calcáreas de los campos una caricia clarísima, franca y profunda: no hay duda, es lavanda.

El visitante casi gira la cabeza, como si le hubieran llamado, como si hubiera escuchado un grito, o un golpe, y quisiera ver de dónde viene. El origen del aroma está lejos de allí, a un par de kilómetros, en las lomas y los valles en los que tiene lugar el prodigio violeta.

Allí lejos, en la parte alta del pueblo, Manuel recibe un contenedor de plantas para destilar. Hace unas semanas, veía cómo extrañas parejas de chinos vestidos de novios con trajes blancos se hacían fotos en esos campos ante su mirada absorta de labriego. Es el último episodio de una historia casual, fragante y casi inverosímil: el milagro malva de la Alcarria.

Algunos hechos felices tienen su origen en la necesidad. En los años 60, Álvaro Berrocal, vecino de la localidad cercana de Barriopedro, se fue a Francia a vendimiar. Cayó en la Provenza y conoció la lavanda francesa, que se vendía a precio de oro a los mejores perfumistas del mundo. La Alcarria era un paraíso de las aromáticas y Cela en su viaje ya hablaba de los tomillares, los romerales y los campos de salvia que se encontraba en el camino.

Entonces, Berrocal tuvo una buena idea: si en su tierra se daba el espliego (el primo silvestre de la lavanda), ¿por qué no traer la planta y crear una Provenza en España? Dio en el clavo. En los años 60 llegaron las primeras plantas, pero no rindieron lo esperado, así que crearon un híbrido entre la lavanda y el espliego al que llamaron lavandín y que ocupa hoy mil hectáreas en Brihuega y en otros términos municipales cercanos, y que termina dando fragancias a cremas, perfumes, ambientadores y material de limpieza del mundo entero.

En la otra parte del planeta puede oler, de pronto, como en la alameda. Todo el reportero viene impregnado de ese aroma profundo y a la vez ligero, jovial, musical: el bloc de notas, los zapatos, la camisa...

Cada litro del aceite que produce Manuel en su destilería (una de las tres que funcionan) cuesta 24 euros y da para litros y litros de fragancia. Es una esencia aceitosa, ligera, incolora y, si uno mete el dedo en el decantador de donde sale tibia, el olor marea, como un placaje en la nariz.

La cooperativa lo vende a 24 euros el kilogramo, que es tres veces lo que se puede pagar por el mismo trabajo del cereal y además no sufre los devaneos caprichosos de los precios, en ocasiones abusivos. Cada año, su cooperativa produce 25 toneladas y el mercado lo manejan los franceses, que son los primeros productores del mundo.

El secreto de la Alcarria estaba en el suelo. «Está hecho de calcárea y es muy poroso», explica la coordinadora del taller de empleo de Turismo de Brihuega, Marta Urmeneta, que ha contado esta historia cientos de veces. Explica que se siembra con esquejes y en hileras. Es una planta perezosa: en los tres primeros años no se recolecta, pero después da nueve años de producción.

Justo en estos días se termina la recolección: al atardecer, se sigue segando con una cosechadora y entrada la noche, la luz de la destiladora de Manuel y la nube de agua vaporizada que enfría la maquinaria demuestran que se sigue trabajando a destajo.

Turistas chinos se fotografían entre los campos de lavanda

Turistas chinos se fotografían entre los campos de lavanda / Óscar Chamorro

Después vendrán diez meses de reposo. En unos minutos, la planta pasa del campo a un contenedor cerrado y a la máquina de vapor. Durante años se recolectaba a mano y se destilaba en un alambique. «Antes de la maquinaria, el trabajo era muy duro y muchas familias que se habían lanzado a este negocio se quitaron de esto. Llegaron a cultivarse dos mil hectáreas», explica la concejala Maripe Tapia. Esto sucedió antes de que llegaran los chinos.

Brihuega, a 45 minutos de Madrid, ya en la vecina provincia de Guadalajara, es una localidad turística y lo era antes del boom violeta. Sus encierros, que datan del siglo XVI, son una referencia para los aficionados al toro y el castillo y la Real Fábrica de Paños son un reclamo desde hace muchos años.

La fábrica cerró hace décadas, pero entre las piedras pardas del pueblo ya nadie muere «de desesperación, de melancolía y de tisis», como escribió Camilo José Cela en su legendario ‘Viaje a la Alcarria’.

Cientos de visitantes acuden allí y cada vez son más los que buscan los campos de lavanda. La cosa comenzó cuando una de las familias que cultivan la planta, conscientes del paraíso que pisaban, comenzó a organizar veladas privadas en julio en el atardecer fragante de la noche. Las sillas se sitúan en los surcos, entre las líneas malva. Este año se celebró un gran festival con Estrella Morente de invitada.

Por una serie de TV

«Hemos vivido un ‘boom’», explica Marta Urmeneta. En la oficina de turismo de Guadalajara, la pregunta estrella del verano es el camino a los campos de lavanda de Brihuega. En julio y agosto se les ha llenado de chinos. «Vienen, se visten de blanco, de novios, y se hacen fotos entre las hileras. Las chicas levantan un pañuelo blanco con la mano derecha», cuenta Urmeneta.

El reportero no encuentra a nadie en el pueblo que se explique esta costumbre, pero Brihuega es famosa en China y circulan fotos de reportajes en la prensa de Pekín y Shangai. En realidad, les gusta la Alcarria porque les gusta la lavanda y la lavanda, por culpa de una serie de televisión.

En su cultura, el morado siempre ha tenido una connotación romántica, pero esta fiebre está pasando de castaño oscuro. El título de la serie se podría traducir como ‘Sueños tras la cortina de cristal’. Dicen las críticas que se trata de un culebrón pasteloso y romántico en el que una joven y atractiva china emigra a la Provenza francesa. Su sueño es casarse y rubricar la proeza con una foto vestida de blanco en un campo de lavanda, cosa que consigue.

Después del capítulo final, las chinas se han lanzado en masa a hacerse la foto. Cruzan el mundo y se visten de la misma manera que la protagonista y así viven, a su manera, el sueño embriagador de la Alcarria.

En Brihuega pueden prepararse porque, o cambia la moda, o vendrán muchos más. En Estados Unidos y en la Provenza ya hay empresas con guías turísticos en chino para atender a las mareas de soñadores orientales. Si don Camilo levantara la cabeza...