La diáspora misionera de Cantabria

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Misioneros cántabros en el mundo. / DM

  • 117 religiosos salieron de la región para dedicar sus vidas a ayudar a los más desfavorecidos

  • El número decrece en la región, sin embargo "existe un boom de vocaciones en los países de acogida", según afirma el delegado de Misiones en Santander

Miran a los ojos a la muerte, conviven con la injusticia y comparten el sufrimiento de los más pobres y excluidos. Hay 117 misioneros cántabros en activo, con labores encomendadas en el Tercer Mundo, y otros 45 que han regresado a España por edad avanzada, enfermedad u otras misiones. Todos son misioneros porque "el que lo ha sido, morirá sintiéndose así", explica el delegado de Misiones en la Diócesis de Santander, Pedro Miguel Rodríguez.

La mayoría de ellos está en América Latina (84) por el idioma, seguido de África (12), Europa (11) y Asia (10). Atrás dejan una vida cómoda para entregarse a la causa. La Diócesis y las congregaciones religiosas encomiendan esta labor a aquellos religiosos que manifiestan su interés, que suele surgir cuando son jóvenes. De los 117, 113 son religiosos consagrados y cuatro pertenecen a la Diócesis de Santander.

Son 67 mujeres y 59 hombres que, a pesar de la dureza extrema de las misiones, mantienen intactas las fuerzas para continuar. Raro es el misionero que pida volver, "todos quieren morir en la congregación del país de acogida", pero esto no puede ser porque "cuando son más una carga que una ayuda tienen que dejarlo, es muy duro, pero la mayoría lo entiende", explica el delegado de Misiones.

De ellos, 35 son religiosos de Santander, 20 pertenecen a la zona de Reinosa y Mataporquera; 12 son de la zona oriental; seis más del valle de Liébana; y el resto está muy disperso por las distintas localidades. Es una vida nómada, nunca llegan a echar raíces en un país. "Si todo está controlado y empiezan a sentirse a gusto, quiere decir que su labor ahí ha terminado y toca un cambio", afirma Pedro.

Viven con poco más de 100 euros al mes, en chabolas, duermen sobre una esterilla, con total ausencia de comodidades. Trabajan sin plazos, sin saber a dónde irán, cómo o cuándo: "Vivo sin plazos desde el momento que entregué mi vida a la misión", explica Vicente Gutiérrez, misionero de la Diócesis de Santander, enviado a Tailandia en 2007.

Empiezan una vida de cero en otro continente, con otra cultura y otro idioma, en zonas indígenas inaccesibles, pero a pesar de todo, "es más fácil que una persona se sienta sola en nuestra sociedad que allí, donde en pequeñas cosas se ve la mano de Dios", destaca el delegado.

Labores y misión

El misionero de cada comunidad trabaja para sentar las bases de la parroquia, que es más que un lugar para oír misa, es también recinto de acogida de niños abandonados, biblioteca y sala de reunión. Junto a la parroquia se levanta una escuela, un centro médico y dispensarios.

En su día a día, predican la fe cristiana, fortalecen el valor de la familia para que los padres se responsabilicen de sus hijos, fomentan el respeto a la mujer y el valor de cuidarse. "Muchas sociedades viven una crisis de valores en la que los padres no se hacen cargo de sus hijos ni esposas", relata Pedro.

En el último año, la cifra ha descendido en nueve misioneros debido a defunciones, enfermedad, año sabático, que disfrutan cada 10 años para realizar estudios, o porque se les requiere. "Aunque la cifra de misioneros en Cantabria ha disminuido, existe un boom de vocaciones en los países de acogida", señala el delegado. "La iglesia es universal, no podemos hablar de caída".

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