En la muerte de Iván

Iván Fandiño, en Bilbao.

Iván Fandiño, en Bilbao. / Manu Cecilio

  • Necrológica de Iván Fandiño

Los años de gloria mayor de Iván Fandiño fueron tres: 2011, cuando las cuatro tardes en las Ventas, y triunfales las cuatro; 2012 y 2013, cuando fue reconocido con la Oreja de Oro que los jurados de Radio Nacional de España otorgan al triunfador de la temporada. Antes de 2011, la pelea para hacerse hueco en el mundo del toro fue pareja a la ambición. La ambición era una seguridad en sí mismo nada común. Fue clave en ese punto la forja en las capeas de pueblos de la provincia de Guadalajara, donde echó raíces de la mano de Néstor García, su único mentor o apoderado desde el primer al último día. Desde la presentación como novillero en Madrid, septiembre de 2004, a la trágica tarde del reciente 17 de junio en Aire sur l'Adour.

El paso efímero por la escuela taurina de Valencia o la formación práctica en la escuela informal de la plaza del Pino de Sanlúcar de Barrameda no dejaron en el sentido del toreo de Iván tanto poso ni tanta huella como la experiencia adquirida en el toreo popular de supervivencia, el de las capeas, que aporta recursos y reflejos. Es decir, una base técnica muy distinta de la teórica que se enseña en los tentaderos de escuela. En sus tres temporadas de gloria mayor, esa técnica se había destilado y decantado tanto que apenas se reconocía. No había dejado resabios.

Serio, grave y formal, incluso en los alardes –los recibos a porta gayola, las estocadas sin muleta- Iván se había convertido en un torero muy poderoso. Dominador de muchos palos: con la capa, el toreo de brega -notable lidiador- y el otro también, la verónica pura, y suertes menores pero no sencillas. Una chicuelina de tremendo aplomo y severo ajuste, por ejemplo. O la gaonera temeraria al modo de José Tomás, impasible la reunión, casi floreada la solución.

Con la muleta, fue capaz de inspirarse y sentirse en el modelo del toreo a la distancia que César Rincón había rescatado del olvido veinte años antes, y lo practicó casi por sistema. En rigor Iván no cabe en la categoría de lo que Antonio Fernández Casado llamó los “toreros de hierro”, o sea, los recios y por lo general toscos toreros de Vizcaya, sino que fue, desde sus primeros pasos, y puesto a prueba con ganaderías ásperas, un muletero sutil y hasta delicado. Muy ligera su manera de pisar, muy personal su andar resuelto pero sereno, indiscutible su encaje. Fue torero silencioso. Su arrojo y su acierto con la espada le ganaron, antes del salto a la gloria, fama de estoqueador de alta escuela. En eso cumplió con el canon clásico de los toreros de hierro.

Después de 2013 el negocio taurino empezó a desdeñar a Iván. Ajeno al juego de intereses del toreo, sin llegar a ser torero marginado, Iván se vio en las dos últimas temporadas orillado: tratado en Sevilla con inusitada dureza, cerradas en las ferias españolas las puertas de los carteles mayores, solo en la Francia del Sudoeste –Bayona, Dax, Mont de Marsan- pudo Iván saborear las mieles reservadas a las figuras del toreo. En una placita de las Landas lo estaba esperando la implacable Parca. Reservado para el último viaje un muy ofensivo toro cinqueño, a punto de cumplir los seis, de un hierro de bravura clásica, el de Baltasar Ibán, y, azares del destino, un toro que “estaba para él”, según reza el fatalismo taurino, pero que no le había entrado en suerte ni en lote, sino en el del salmantino Juan del Álamo. Todo pasó al perder pie y perderle la cara al toro en el remate de un quite. La cornada, en el costado, fue brutal.

Un final amargo y cruel. Con la temporada muy cuesta arriba. Un limpio éxito en las pasada Pascua de Arles con dos toros monumentales de Pedraza de Yeltes y, luego, tres tardes decisivas de primavera en Madrid. El 9 de abril, padrino de Noé Gómez del Pilar en su confirmación de alternativa, dos toros de Victorino, el segundo de los cuales, 650 kilos, cuarto de corrida, encogia el alma de quien fuera cada vez que se arrancaba en tromba repetía. Dos tandas aguantó Iván sin descomponerse. Hasta que empezaron escucharse censuras injustas.

El 18 de mayo, la corrida de Parladé, el hierro con el que cuajó en el San Isidro de 2013 la faena de su vida –y la más grave cornada de su carrera al tirarse con la espada con todo-, salió al revés de lo esperado. Un gigantesco sobrero de El Montecillo con aire de toro corraleado no dejó a Iván más solución que ir por la espada y atravesarlo. Y, en fin, su hermosa faena al quinto toro de José Luis Pereda el lunes 29 de mayo no tuvo apenas reconocimiento. Se había quedado fuera de los carteles de Pamplona, Bayona y Dax, tres plazas en las que llevaba siendo fijo desde el comienzo de la década.

Un total de treinta tardes en las Ventas desde su confirmación de alternativa en 2009 y un balance de resultados notables, dan idea del relieve de Iván Fandiño, que fue torero protagonista y base de la programación taurina de Madrid en sus años de gloria, en San Isidro, en la feria de Otoño también. En la apertura de curso de 2015 cuando se anunció cómo único espada en corrida de seis hierros distintos, todos con sello de difíciles. Las corridas de único espada –en Madrid, en Valencia, en Bilbao- las vivió Fandiño como grandes desafíos o apuestas. No le acompañó la fortuna en ninguna de ellas. Fue, en cambio, con toros de Jandilla, Torrestrella o Parladé, en corridas de terna, en Bilbao, Pamplona o Madrid, donde Fandiño dio la dimensión profunda de su talla. Su imagen de torero singular, que, de un día para otro, ha entrado en la historia del toreo.

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