Voces de la UIMP: Retos para alimentar el planeta en 2050

Alfredo Aguilar defiende que los alimentos transgénicos «no son mejores ni peores». / María Gil Lastra

Alfredo Aguilar, miembro de la Federación Europea de Biotecnología, confía en que la sociedad «encontrará una solución para alimentar a los más de 10.000 millones de personas que poblarán el planeta entonces»

José Carlos Rojo
JOSÉ CARLOS ROJOSantander

El principal empeño del profesor Alfredo Aguilar cuando hace divulgación busca desmontar los mitos asumidos:«Definitivamente no comemos peor que en el pasado, los alimentos transgénicos no son mejores ni peores y el hambre en el mundo sí se puede erradicar». Son sentencias que sintetizan el argumentario del investigador y miembro de la Federación Europea de Biotecnología, que esta pasada semana coordinó en La Magdalena el monográfico ‘Retos para alimentar al planeta’.

–El título del curso es claro a la hora de hablar de un gran reto...

–Hay expertos que calculan que para el 2050 seremos cerca de 10.000 millones de personas en el mundo. Tenemos que lograr una solución para que nadie pase hambre. La cosa se va a complicar con el cambio climático porque la desertificación avanza y los recursos hídricos serán cada vez más escasos.

–¿Podrá la ciencia encontrar una solución al problema?

–Yo soy optimista con la ciencia y con la política. Cuando en el 2000 se diseñaron los objetivos del milenio y nos pusimos manos a la obra para frenar la hambruna en el mundo, se lograron progresos extraordinarios. En el 2000 había más de 1.000 millones de personas en situación de pasar hambre y en 2015 se cuantificó una cifra de 800 millones.

–Pero aún no se encuentra solución al desequilibrio alimentario entre el primer y el tercer mundo.

–Mucha gente defiende que lo que dejamos en el plato no va a servir para alimentar a otros; pero no se paran a pensar que los recursos que han sido invertidos en producir eso que no comen podrían haber ido a otro sitio.

–Habla de quien deja restos en el plato, pero hay quien lo ingiere todo.

–Tenemos hoy en día a esos 800 millones que pasan hambre y en los países desarrollados ya suman 100 millones con sobrepeso. Esto no es razonable. Además, estas personas obesas, además de la pérdida de calidad de vida, generan un gasto sanitario que a la postre repercute de forma muy negativa en las arcas del estado. No es lo más sostenible para el sistema.

–No lo es incluso para la vida; porque la mortalidad causada por enfermedades derivadas de la obesidad crece como una epidemia.

–Lo hace en países en desarrollo y lo que es más grave, en países en vías de desarrollo. Y digo esto porque estos estados emergentes han tenido acceso a esa abundancia de alimentos pero no han construido aún un sistema sanitario que pueda frenar enfermedades cardiovasculares o afecciones como la diabetes. Hay que concienciar al mundo de que el cuerpo no está preparado para esta abundancia calórica.

–Como tampoco lo está para el sedentarismo.

–Antiguamente, cuando empezábamos a dar nuestros primeros pasos como especie, probablemente cazábamos un día y comíamos, y luego pasábamos dos o tres días sin alimentarnos debidamente. Para eso tenemos insulina, para controlar los niveles de glucosa en esas situaciones. Pero si la ingesta no cesa, se descuadra todo.

–Los transgénicos son parte de la solución; pero arrastran mala prensa.

–Quien piense que lo que compra en el supermercado viene directamente de la madre naturaleza está equivocado. El plátano de hace 500 años era mucho más pequeño y con pepitas. La ganadería y la agricultura ha experimentado procesos de selección genética clásica y eso ha conducido a lograr mejores productos para el consumo humano; pero no hay nada más allá de eso. El transgénico no es ni mejor ni peor que el no transgénico.

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