«Los laicos también tenemos un espacio en las misiones»

Virginia Alfaro, cuarta por arriba a la izquierda, junto a los jóvenes con los que trabaja en Angola./MISEVI
Virginia Alfaro, cuarta por arriba a la izquierda, junto a los jóvenes con los que trabaja en Angola. / MISEVI

Virginia Alfaro es uno de los 623 españoles que trabajan con la Iglesia en proyectos de asistencia y desarrollo en el extranjero

J. Luis Alvarez
J. LUIS ALVAREZMadrid

Virginia Alfaro sabe lo que es afrontar situaciones difíciles, unos episodios que «cuando se ven desde dentro se normalizan mucho». Lleva 28 años trabajando como misionera laica en países como Honduras, Mozambique y ahora Angola. Una experiencia que la ha permitido aprender que «siempre hay una capacidad humana mayor que la desgracia para levantarse y transformarla en algo que enriquece a las personas».

Según datos de las Obras Misionales Pontificias (OMP), en España hay 623 misioneros seglares, personas que no forman parte de ninguna de las órdenes religiosas de la Iglesia católica y que por consiguiente no pertenece al clero. Los misioneros laicos representan el 4,79% respecto a los religiosos, que suman unos 13.000. Los seglares trabajan en organizaciones tipo ONG, asociadas a órdenes religiosas, movimientos católicos o en coordinación con las diócesis en labores de ayuda, cooperación y desarrollo en todos los rincones del planeta.

Virginia Alfaro, natural de Fuengirola (Málaga), es miembro de los Misioneros Seglares Vicencianos (Misevi), una organización nacida en el seno de la Congregación de la Misión de la Compañía de las Hijas de la Caridad junto a otras asociaciones laicas de la Familia Vicenciana. Con 19 años decidió vivir «otro tipo de experiencias fuera y conocer otras realidades, para ver cómo se podía dar sentido a la vida».

Era 1990 y recuerda que en esa experiencia encontró «mucho sentido a mi vida». «Primero renuevas por dos años, luego por otros dos, hasta que miras para atrás y ves que has estado casi la mitad de tu vida», explica. «La normalidad es que los laicos, como personas bautizadas, también tenemos un espacio en las misiones, podemos ser misioneros».

Su labor es conseguir «un cambio sistémico, con trabajos en procesos de larga duración, para que exista una variación en la realidad y las situaciones de injusticia se transformen en situaciones de dignidad». Porque «lo que es cristiano y católico puede ser conjugable con lo profesional y se puede hacer de cada motivación de fe un trabajo profesional».

Tras finalizar Magisterio, trabajó en España con personas en «situaciones de sufrimiento», pero su formación sigue, porque «luego la vida te va formando para tener una mejor atención en la labor que se realiza». Viajó a Honduras, donde estuvo 17 años, después saltó a África. En Mozambique conoció la realidad del «islamismo no radical» y después de siete años y medio llegó a Angola. «Nuestro trabajo se basa en desarrollar un proyecto con unas iniciativas. Cuando concluimos estas pueden quedar en manos de otras ONG o de las autoridades locales», detalla. En Angola, junto a sus compañeras de Misevi, trabajan con miembros de la cultura Umbundo, en la provincia de Benguela.

Antes, en Honduras, conoció el narcotráfico, las pandillas juveniles y los destrozos causados por el huracán ‘Mitch’. «Ante todos los desastres y situaciones límite siempre me queda aprender de la resiliencia o capacidad que tenemos frente a la adversidad para levantarnos y transformar la realidad. Ese es el mayor aprendizaje que yo he hecho en toda mi vida y en toda mi experiencia misionera».

«Levantarse»

«Las personas que viven esas situaciones en primera persona nos enseñan que siempre hay una capacidad humana mayor que la desgracia para levantarse y transformarla en algo que enriquece a las personas y que hace posible que todavía pueda haber un cambio», añade.Los países donde ha trabajado no son pacíficos ni seguros para un europeo. «Me imagino que hubo muchas situaciones de riesgo, pero no hay nada que lamentar. Cuando miramos desde fuera podemos ver muchas situaciones como límite o de riesgo, pero cuando se está dentro se normalizan mucho», minimiza.

En un mundo de hombres, Alfaro dice que no se ha sentido limitada. «Evidentemente el ser laico posiciona respecto a si eres religiosa, pero para mí esto no tiene limitaciones sino oportunidades. Como laico sabemos ver y entender la realidad desde un punto de vista distinto. Han podido existir esas situaciones, pero no me han supuesto una limitación», afirma.

Virginia Alfaro anima a los jóvenes a «dar el salto» que dio ella y aconseja que se acerque a su organización (www.misevi.es). «Esta experiencia ayuda a ser mejores personas y a tener una mejor visión ciudadana», porque en estos momentos «hace falta más sabia nueva que dinero. Hace más falta la humanidad, la fraternidad y la solidaridad que el dinero. Es prioritario el componente humano».

No es ajena a las denuncias de abusos sexuales surgidas en organizaciones como Unicef, Oxfam o Save the Children, pero ella asegura que no las ha vivido. «Creo que son situaciones muy concretas y nos debemos preguntas por qué salen a la luz ahora y qué se persigue. Es una realidad que existe, pero ¿por qué ha tomado tanta actualidad ahora?».

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