Los joyetos regresan a Santa Olalla

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Cerca de un centenar de joyetos se han reunido en Santa Olalla.

  • Por décimo año consecutivo nativos y descendientes se unen para compartir misa y mesa en su pueblo

Nada como mesa y mantel para compartir recuerdos de juventud, rememorar lugares casi olvidados o poner al día a los amigos llegados de lejos. Una combinación perfecta que los joyetos llevan respetando diez años a la sombra de su patrona, Santa Eulalia. Los hombres del ‘joyo’ han vuelto a reunirse en su pueblo, Santa Olalla (Molledo), casi un centenar entre los que permanecen fieles a sus raíces y los que tuvieron que viajar a otras tierras, los nacidos en el pueblo y sus descendientes, unos y otros unidos por un sentimiento especial, casi ancestral.

Fernando Silió, uno de los organizadores de la décima edición, lo explica recordando las viejas romerías a las que los chicos del pueblo, "de distintas edades pero siempre junto"», acudían. Eran una piña, como ahora, y eso marca.

Por eso no quieren perderse el día más importante del año, cuando se sientan primero en los bancos de su iglesia, para recordar a amigos perdidos, y luego en un restaurante, para honrar a los ausentes y disfrutar con los presentes.

Los más jóvenes escuchan y aportan nuevas andaduras, bien distintas de las que cuentan los más veteranos, las que, una y otra vez, emergen de los recuerdos entre apodo y apodo, porque muchos son los que no recuerdan nombres y apellidos, pero sí el mote que hace tiempo casi todos los vecinos tenían. Alguna tonada también cae a los postres y charlan sobre los que, audaces, cruzaron el charco y dejaron su impronta como joyetos, anclada en el ADN de sus descendientes.

Es el caso de Christine Díaz, canadiense y nieta de Joaquín Díaz, nacido en Santa Olalla en 1898. Su abuelo había imbuido a la familia ese sentimiento especial y no hace mucho internet, cual mensaje en una botella, llevó una noticia de El Diario Montañés sobre el encuentro de joyetos allende los mares. Contactó con el periódico para saber si le quedaba familia en Cantabria y pronto pudo saber que así era. Julián Díaz Herrán y Julián Díaz Ortíz son primos y descienden de hermanos de su abuelo, además de otros primos lejanos, como Miguel Díaz y Manuel Díaz, todos fieles al encuentro de los joyetos.

La historia de su abuelo empieza como tantas otras de emigrantes cántabros haciendo las américas. A principios del siglo pasado cruzó el charco, como lo hicieron decenas de joyetos hacia Centro y Sudamérica. Viajó con su hermano y llegó a Cuba, donde se especializó en la confección de cigarros. La vida no era fácil y los hermanos decidieron irse a otras tierras más al norte, a Canadá, donde trabajaron como expertos cigarreros. Allí formaron familia, hasta su nieta, Christine, sin perder su cariño por la tierra.

Éste es solo uno de los muchos relatos que compartieron los joyetos. Todos con querencia por su pueblo. Y todos caballeros. Por eso, mujeres, madres, abuelas e hijas miraban con cierta envidia a los hombres, dispuestos a alargar la fiesta todo lo posible, que no siempre tiene uno a mano a los amigos de toda la vida.

Sin olvidar que el pueblo tiene un marcado carácter matriarcal. Se les convoca por el apodo con el que se conocían de jóvenes y "casi todos somos de nuestras madres": Enrique, el de la Joaquina; Atanasio, el de Encarnita; Pablo, el de Lolina, o Paco, el de Ciriaca. A otros les viene de la profesión, como Cosme Martínez, el del Zapatero, encantado con una cita en la que su familia está representada ya por varias generaciones que se van uniendo al encuentro. Su hijo, Ricardo, es uno de los fijos, y ya se acerca al encuentro su nieto. No es la única. Porque los joyetos trasmiten el amor por su pueblo dentro y fuera de sus fronteras, como han hecho siempre.