El mundo subterráneo del Dobra

Jesús García, izquierda, recorre el espectacular Sumidero de las Palomas junto a otro naturalista.
Jesús García, izquierda, recorre el espectacular Sumidero de las Palomas junto a otro naturalista. / DM .

La sierra guarda en su interior más de un centenar y medio de cavidades, algunas con arte rupestre

José Ignacio Arminio
JOSÉ IGNACIO ARMINIOTorrelavega

El macizo del Dobra no solo es el emblemático monte de Torrelavega que vemos habitualmente. Sus simas y cavidades ocultan un segundo paisaje, el subterráneo, también magnífico. La silueta de la sierra y su cumbre, La Capía, forman el telón de fondo más conocido y reconocible por los torrelaveguenses. El monte, un escenario repleto de historia y todavía hoy de tesoros naturales, ha sido siempre lugar de andanzas gracias a la cercanía y la accesibilidad de sus relieves.

Las exploraciones de la montaña se remontan a un siglo atrás y con el arqueólogo Hermilio Alcalde del Río como uno de sus principales protagonistas, tuvieron por objeto desentrañar los testimonios de su antigua ocupación: el conjunto de cuevas del Castillo, la de Sovilla y Hornos de la Peña, con excelente arte rupestre, a los que más adelante se unieron los hallazgos relacionados con los cántabros de la Edad del Hierro y sus castros, así como restos de la ocupación romana. Sin embargo, existía hasta hace bien poco otro Dobra desconocido.

Un monte llenode cuevas, simasy surgencias

Los números del mundo interior del Dobra son significativos: 151 cavidades surcan el subsuelo de la sierra, que recorre los municipios de Torrelavega, San Felices de Buelna y Puente Viesgo. 29 simas facilitan la filtración de las aguas hacia ese mundo subterráneo. 10 surgencias evacúan las aguas que se almacenan y discurren por el interior de la montaña. Dos de las cavidades superan los 1.000 metros de desarrollo: la cueva del Búho, en el sector de Puente Viesgo, y el Sumidero de las Palomas, en el de Torrelavega, con 4.400 y 1.188 metros de recorrido, respectivamente. Ocho cuevas albergan testimonios de arte rupestre. Eso sí, para realizar una visita a estas cavidades es aconsejable ir acompañado, pues el recorrido puede resultar difícil y peligroso.

La entrañas del Dobra no comenzaron a explorarse hasta 1978, y los descubrimientos no se hicieron esperar, demostrándose el interés espeleológico de la sierra, con sistemas subterráneos de las dimensiones del sistema del Búho, de 4,5 kilómetros de desarrollo y 246 metros de profundidad, localizado en el sector de Puente Viesgo. De la magnitud de los sistemas hidrogeológicos (largas cuevas y galerías excavadas por las corrientes de agua sobre la roca) dan muestra las más de cien cavidades exploradas durante los seis primeros años de exploraciones. Realmente, el Dobra es un laberinto de este tipo de fenómenos y por su densa red de conductos subterráneos naturales discurre una buena cantidad de agua que la propia sierra capta y engulle materialmente hacia su interior.

El Sumidero de las Palomas se precipita por una auténtica cascada de agua en periodos de lluvia

El naturalista Jesús García es buen conocedor de la sierra y explica que el Dobra es así porque su relieve, formado por rocas calizas, compuestas por minerales solubles en agua, sufre una disolución que va creando todo tipo de formas: dolinas y torcas por hundimiento del terreno, sumideros por donde continúan circulando subterráneamente los regatos, o simas abiertas en la superficie que comunican con las galerías del subsuelo.

El efecto modelador del agua, cargada de caliza disuelta (en forma de bicarbonato cálcico), hace que cristalicen las sales de cal tras filtrarse al interior y gotear desde el techo de las cuevas hacia el suelo, dando lugar a las estalactitas que cuelgan de los techos, las estalagmitas que parecen brotar del suelo y columnas cuando ambas llegan a unirse.

Sumidero de Las Palomas

La cueva fue descubierta por miembros del Speleo Club de Salou en 1981, pero no fue hasta tres años más tarde cuando un equipo del barcelonés Speleo Club de Gracia realizó la primera exploración completa y topográfica de su recorrido. Jesús García, que ha bajado a la cavidad hace unos días, explica que la boca del sumidero se abre en el fondo de una amplia depresión, por la que se precipita una auténtica cascada de agua en períodos de lluvia. Desde allí, el arroyo recorre una cavidad de casi 1.200 metros descendiendo más de 60, salpicada de formaciones caprichosas de la roca teñidas de múltiples colores: estalactitas, estalagmitas, columnas, excéntricas, coladas de calcita. Con el paso de los milenios los juegos del agua han ido creando diferentes saltos y gours, 'bañeras' naturales donde el agua queda represada.

Murciélago de herradura gigante, en el Sumidero de las Palomas. / Jesús García

Si la cueva resulta sorprendente por las formas esculpidas no lo es menos por su mundo vivo. «Lejos de parecer un eterno esófago sinuoso sin vida -explica Jesús-, el recorrido por el sumidero nos acerca también a conocer algunos habitantes del mundo cavernícola, entre los que no faltan los murciélagos, particularmente el murciélago de cueva y el de herradura gigante; el primero agarrado por completo a las paredes de roca y el segundo prendido por sus patas colgando desde el techo. A ellos se suma un amplio muestrario de invertebrados; acuáticos unos, trogloditas otros».

En la recóndita cámara de la cueva hay un nutrido conjunto de pinturas esquemáticas

Pero si algo hace excepcional al Sumidero de las Palomas es su recóndita cámara, situada cien metros sima adentro, allí donde continuar el recorrido exige trepar: «Escondida en un lugar donde parece imposible que exista, una sala accesible solamente por una estrecha gatera en la roca a nivel del suelo muestra un nutrido conjunto de pinturas asignadas al llamado arte esquemático-abstracto, impresas con carbón negro».

De su descubrimiento dio cuenta El Diario Montañés el 3 de noviembre de 1988 y fue realizado por miembros del Grupo Espeleológico S.E.I.S/Los Hornos de la Sociedad Deportiva Torrelavega. «Algunas pinturas aisladas similares que se encuentran en la zona más próxima de la galería -señala el naturalista- parecen indicar el acceso a la escondida cueva, más o menos circular y cuyas paredes, salientes, cornisas y demás recovecos presentan pinturas en forma de trazos y puntos de imposible interpretación, sin que exista motivo o figura alguna repetida. Algunos estudiosos encuentran en sus dobles hileras de puntos, líneas paralelas y posibles siluetas antropomórficas un cierto paralelismo con otras muestras encontradas en otras cuevas del norte peninsular».

Su antigüedad exacta sigue siendo motivo de controversia. Pruebas con radiocarbono sitúan su origen en los albores de la Edad Media, hacia el siglo IV o V, pero otros analistas lo fijan en fechas mucho más antiguas. Un fragmento cerámico encontrado en la antesala se estima que es de la Edad del Hierro, lo que podría encuadrar las pinturas en la misma época. También parece intuirse una estructura tumular en el centro de la cueva, de la que apenas quedan vestigios de arcillas y carbones.

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