Los cántabros suspenden en inglés. Un estudio de la Fundación de las Cajas de Ahorro, Funcas, lo revelaba hace unos meses: seis de cada diez no conoce ningún idioma extranjero. Y, en lo referente a la gran lengua utilitaria del mundo -el inglés- los expertos de la región corroboran, cada cual con sus palabras, que el panorama es desalentador. Uno dice que la cultura lingüística no es para tirar cohetes, otro que no hay fluidez y que el gran obstáculo es que se tiene vergüenza, un tercero apunta que el nivel es pobre y un cuarto vatician que harán falta al menos diez años para que los esfuerzos del sistema de enseñanza público empiecen a dar frutos.
La Universidad de Cantabria, además, es concluyente: «Sólo un pequeño porcentaje de nuestros estudiantes habla, lee, escribe y entiende correctamente el inglés». Lo señala Marta Pascual, directora del Centro de Idiomas de la Universidad que, junto con el Vicerrectorado de Relaciones Internacionales, afronta el reto de informar y apoyar a estudiantes y profesores para que puedan competir con los universitarios europeos.
El pasado mes de diciembre una prueba piloto realizada a los alumnos de nuevo ingreso en el campus dejó constancia de las deficiencias. «Tras muchos años de estudio de la lengua en todos los ciclos formativos (Primaria, Secundaria y Bachillerato) el nivel que presentan es elemental o intermedio-bajo».
Una declaración que probablemente no sea vista con agrado en la Consejería de Educación, desde donde se defiende que se está avanzando mucho en la enseñanza. Pero se acaba de empezar a considerar el bilingüísmo una prioridad (el plan específico arrancó en 2005) y el aprendizaje de un idioma no es una carrera de 100 metros, sino un maratón: no se llega a la meta si no se entrena todos los días.
Más interés por aprender
Todos los profesionales consultados por este periódico defienden que, en Cantabria, en los últimos años, se ha notado un tirón del interés por aprenderlo. Este movimiento tiene una traducción directa en cifras: hace una década, menos de 300 personas se matricularon en la comunidad para realizar los exámenes de la Universidad de Cambrigde, una prueba de validez y prestigio internacional que es referencia en el marco europeo. En 2009, la cifra de aspirantes a uno de estos certificados se quintuplicó, y fueron más de 1.200 los cántabros que se plantearon pasarla, el 0,20% de la población de la autonomía, frente a un 0,23% de españoles (100.000) que cada ejercicio suspira por uno de estos títulos.
Según Cedric Scheybeler, responsable de la Universidad de Cambridge para Cantabria, la escasa circulación por la calle de la lengua de Charles Chaplin no favorece, por ejemplo, el conseguir proyectos como la Capitalidad Cultural en 2016 para Santander. Sin embargo, tras la de cal viene la de arena: los resultados de los cántabros que se examinan ante la citada institución británica son bastante buenos, dado que aprueba del 75% al 80% de los matriculados.
Que hay más interés, en general, también lo han notado en las escuelas oficiales de idiomas de la región. Marta Miguel, directora del centro de Laredo, hace ver que están llegado «otro tipo de estudiantes». Cita a «los prejubilados, que no lo aprendieron en su juventud» y quieren sacarse la espinita, a los profesionales liberales o a aquellos que, ante la crisis, deciden volver a invertir en su formación. «La sociedad se ha dado cuenta de que el inglés es necesario, sí o sí. Ahora nos corresponde a nosotros difundir la idea de que se puede. Obama nos ha hecho un gran favor con el 'yes we can», bromea la profesional para transmitir la idea de que, lo primero de todo, «es perderle el miedo». Miguel también está convencida de que la motivación es el punto de inicio imprescindible. Después vendrán los recursos y el profesor. «Está estudiado que lo que menos cuenta es la capacidad. Si se está motivado, se aprende».
Y constatan que el inglés cotiza al alza desde las academias y desde la Consejería de Educación. Pilar Conde, asesora técnica docente de Renovación Educativa, se queda casi sin aliento cuando se pone a enumerar todos los programas y convenios que tiene el Gobierno en marcha a raíz de su apuesta por los idiomas, y sobre todo del inglés, desde hace cinco años. El Plan de Potenciación de Lenguas Extranjeras salpica casi por igual a profesores que a alumnos, con iniciativas como las becas Comenius, Erasmus o Grundtvig. «Vamos totalmente en línea con lo que marca la Unión Europea», expone.
Ya se cuentan en Cantabria 30 centros (sumando Primaria y Secundaria) donde se imparte enseñanza bilingüe y en todos los colegios que se creen en el futuro se combinarán las dos lenguas. Uno de los institutos públicos donde primero se implantó este modelo, el IES Cantabria de Monte, está siendo bastante solicitado por las familias «que le dan gran importancia al inglés», sostiene su director. Simón Pérez añade que también los chicos son conscientes de que este manejo «abre puertas» y de que estudian en un centro privilegiado, dice con un punto de orgullo. Aunque, ahora, otra de cal: el propio Pérez confiesa que él no habla inglés.
El ingente esfuerzo del sistema público tardará en calar. Lo asegura rotundo Juan Manuel Elizalde, director del Kell's College de Santander, quien a la vez preside la Asociación Española de Promotores de Cursos en el Extranjero (Aseproce reúne a unas 70 grandes compañías del sector). El empresario es bastante crítico con el modelo de enseñanza que se anuncia como bilingüe porque «las clases todavía son demasiado grandes, están llenas de alumnos no motivados y, de puertas afuera, los padres dan menos importancia a un suspenso en inglés que a uno de otra materia».
«No sabría valorar la nota de un estudiante al acabar el bachiller. Una minoría podría rondar el 6 si se tiene en cuenta la gramática. Pero en conversación estarían suspensos», opina. Fuera de este ámbito puramente académico, «hablaríamos de un suspenso generalizado en cuanto a usabilidad del idioma», mantiene.
No se pronuncia de forma tan radical Carolina Lozano, coordinadora en el centro de estudios International House, aunque señala que «no existe fluidez» a la hora de enfrentarse a esta lengua y aventura que puede estar relacionado con el hecho de que, en el Norte, la gente es más tímida que en el Sur. «Un sevillano quizá se lance antes, pese a que sepa menos gramática. Aquí es al revés: se tiene más conocimiento y, sin embargo, cuesta más comunicarse». Lozano considera que es «cuestión de tiempo» que la tortilla cambie de lado. «Ahora la movilidad de los estudiantes es cada vez mayor». Cree, por otro lado, que aprender no es una cuestión económica. «La implicación personal es determinante».
Plan Bolonia
A partir de ahora, de hecho, los cántabros que no cursen estudios superiores serán libres de decidir si se vuelcan o no con el inglés. Pero los universitarios no tendrán elección posible: el Plan Bolonia obliga a todos los alumnos a superar una prueba que les acredite como nivel B2 (equivalente al First Certificate de la Universidad de Cambridge) para poder graduarse. Y tendrán que adquirir todas las destrezas: comprensión auditiva, comprensión lectora, interacción oral, expresión oral y escrita. Los estudiantes, explica Marta Pascual, son conscientes de esta necesidad, si bien «muestran una gran preocupación dado que esto les exigirá un esfuerzo adicional».
La responsable del Centro de Idiomas de la UC sostiene que el problema es generalizado en toda España debido a un fallo histórico en la educación y a que, en general, se ha viajado poco. «La presencia del inglés en la vida cotidiana es mínima, antes no se necesitaba tanto e, incluso, ni siquiera en el cine se proyectan las películas en versión original».
Ahora, quien no coja este toro por los cuernos, «perderán muchas oportunidades», advierte Pascual. El mayor problema está en el desfase entre los conocimientos objetivos y la carrera que cursan. Los interesados en Medicina, Enfermería y las ingenierías (las disciplinas que exigen mayor nota de corte) lograron las mejores calificaciones. El fondo del debate se localiza en el resto de las carreras, a cuyos estudiantes hay que empujar. Se hará de varias maneras: con asignaturas íntegramente en inglés, cursos generales, programas de intercambio, prácticas en el extranjero....
Frente a las zozobras estudiantiles, gran parte del profesorado hace gala de experiencia internacional y se desenvuelven en inglés, «lo que les permite enseñar su asignatura tanto en castellano como en inglés», dice Pascual.
Quizá, después de todo, sean ellos de las contadas personas que entiendan la ya tópica frase de Winston Churchill, que tanto se usa en España y que tan pocos cántabros entenderían en la lengua original: 'I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat' («no tengo más que ofrecer que sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo»).