Niños y ancianos no son ajenos a los problemas de las familias. No, al menos, cuando se vive con la amenaza de una sentencia de derribo sobre la vivienda que uno habita. En Cantabria, muchas familias padecen esta situación, y en particular la de Angelines y la de Óscar y Charo. Una y otra viven en Cerrias II, en Liencres (Piélagos).
Con Angelines viven sus padres, además de su hija. La hija lo lleva «como puede», pero «mi padre ha tenido un ictus y mi madre demencia senil», afirma. «Han sufrido mucho con esta situación».
Óscar y Charo tienen un niño, llamado Rubén. Con ocho años -los hizo el pasado viernes- ya sabe lo que es asistir a manifestaciones y pedir justicia. Al fin y al cabo, lo hace en defensa de su cuarto de los juguetes, de su jardín... de su casa.
Cada familia tiene su propia experiencia, sus particularidades, sus protagonistas... A todas ellas les une un mismo elemento: mañana mismo pueden verse en la calle. La cuenta atrás para convertir sus casas en escombro ya ha comenzado.
Siempre vivió en Cerrias
Óscar nació en Cerrias, hace ocho años. «Lo único que quiero es que pasen estos problemas», afirma. Como niño listo que es, sabe que le escuchan sus padres y otros vecinos y, por eso, se da algunas importancias. «Lo que más me gusta es que aquí estamos en paz», añade, probablemente porque habrá escuchado, con anterioridad, ese mismo comentario. En el fondo, no es ajeno al problema que vive su familia. «Se ha pasado la semana cantando 'Revilla, culpable, derribos responsables'», afirma su madre.
Charo, como su marido, cree que el desalojo y derribo de sus viviendas no llegará a consumarse. «No lo veo normal», dice ella. «No puede ser», dice él. «Este baño no tiene ni un año -añade Charo-, y que ahora te digan que te lo van a tirar».
«No me pienso marchar»
Angelines no tiene un niño en casa -su única hija tiene 23 años-, sino dos: sus padres. Son sus 'niños' porque ni uno ni otro se valen por sí mismos. Pasaron la vida en Irún (Guipúzcoa) y hace cuatro años se vinieron a vivir a Cantabria, con su hija. Su llegada coincidió con la sentencia de derribo y, en un año, se precipitaron los acontecimientos: él sufrió un ictus y ella comenzó a padecer alzeimer y demencia senil.
«Tendría que adaptar cosas de la casa para ellos: una escalera eléctrica, reformar el baño... pero no me atrevo a hacer nada ¿Cómo te metes en más gastos?», razona Angelines.
«No me pienso marchar. Lo tengo clarísimo. Se lo digo a los políticos, se lo digo a los jueces y se lo digo a Arca. Es la única casa que he comprado en mi vida y la he pagado. Si tengo que morir por algo, será por mi casa. En huelga de hambre me pongo, si hace falta», añade.
Saber cómo les han afectado los problemas a sus padres es difícil de determinar, porque «son mayores, pero no tenían nada». «Mi madre ha perdido la cabeza totalmente y a veces quiere irse. Se me ha escapado el otro día para ir al ayuntamiento, a hablar con el alcalde. ¿Mi padre? El otro día hubo manifestación, salió a la calle a pasear, nos vió y su puso a llorar. ¿Qué piensas?».