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Una tragedia sepultada 50 años

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Una tragedia sepultada 50 años

07.03.10 - 00:17 -
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Era la España 'de a las diez y media'. Las familias se sentaban a la mesa para cenar. Todos juntos. A esa hora, el Orfeó Manresá interpretaba 'La Parranda', en el Teatro Garcilaso de Torrelavega. En la casa de la viuda de Ramírez bendecían los alimentos. En el Hospital de la Mina, Eugenia Terán fue a coger un libro para matar las horas junto a su hermana Pilar, la enfermera de guardia. Las noches allí siempre eran largas. A esa hora, a las diez y media de un 17 de agosto de 1960, todas las luces se apagaron de pronto. La muerte prefiere actuar a oscuras. Un torrente de lodo segó la vida de 18 personas y arrasó todo lo que se le puso por delante. El dique de la mina de Reocín se había hundido. En el teatro, a dos kilómetros, se apagaron las luces y empezaron a preguntarse qué ocurría. Medio siglo después, aún nadie les ha respondido. Ni a ellos ni a quienes lloraron a las víctimas. Es el silencio de la mina y de los muertos. El silencio oficial de una España de entonces miró, demasiado pronto, hacia otro lado.
Donde habita el olvido ya sólo quedan los vestigios de lo que fue: fuente de trabajo para un pueblo y riqueza para la Real Compañía Asturiana de Minas. Muy cerca, bajo tierra, hasta 360 metros, en 21 niveles, un entramado teóricamente perfecto para obtener un mineral que aparecía mezclado con barro, agua y piedras. En 'La Luciana', frente al barrio 'La Barquera', en Flotación, junto al río Besaya, se liberaba el mineral y quedaban los fangos, que se amontonaban. Un sistema de diques y terrazas formaban una montaña artificial de estériles. Muy cerca, los lagos que se llenaban del agua que salía de la mina. Entre ambos, el mineral -principalmente plomo y zinc- esperaba un comprador. Los precios fluctuaban tanto que era bueno esperar para obtener más ganancias.
Pero tal vez se esperó demasiado. Para muchos de los que vivieron aquella aciaga noche, ahí estuvo el origen de la catástrofe. El suelo cedió y, al hundirse, el dique no fue capaz de resistir el embate. Su rotura dejó correr con furia más de 30.000 toneladas de piedra y barro. Muchas viviendas quedaron sepultadas, y con ellas, 18 vidas.
Más aún, la embestida sobre el lago desató un tsunami de agua dulce y embarrada en el río Besaya. Una ola gigantesca hizo el resto. Uno de los cadáveres de la trágica lista apareció a la altura del puente de 'Los Italianos', a casi cinco kilómetros, en Barreda. Y pudo haber sido peor, porque, sólo entre el uno y el cinco por ciento de aquella porción de estéril amontonado se deslizó. El resto, permaneció inmóvil.
«Era una noche estrellada y con luna llena», recuerda una de las personas que vivieron la escena. Aquella luna se convirtió muy pronto en la única compañía para las víctimas. Un estruendo dio paso a una oscuridad llena de negros presagios.
El relato de una tragedia
El estallido detuvo en seco a un pueblo, Reocín, aún con la resaca de las fiestas de San Roque. Es más, muchos vecinos decidieron acercarse a Torrelavega, en plena celebración de 'La Patrona'. Cuando la luz se fue y escucharon aquel tremendo ruido, el presagio les hizo correr hacia el puente de Torres. No les dejaron pasar: el fango amontonado cortó la carretera e hizo de cruel informador. El puente de 'La Barquera' había desaparecido y al ferrocarril minero se lo tragó la tierra. Cuando las cuadrillas de bomberos, policías y voluntarios llegaron a la zona, eran ya las tres y media de la mañana.
Perdidos, sin saber a dónde ir, se organizan grupos de hombres asustados, conmocionados, temerosos, casi a tientas, con candiles en las manos y fango hasta la cintura. Cada uno lleva una escopeta que debe disparar al aire, dos veces, cuando encuentre algo. Pronto suenan los disparos.
Una estampa dramática
Intuyen el paisaje de la rutina bajo sus pies. Deben calcular dónde está cada vivienda. Desentierran primero la casa de la viuda de Ramírez, casi pegada al punto de rotura del dique. Van calculando dónde vivían sus vecinos.
Cuando el lodo se aparta, aparece el retrato de la muerte y una estampa trufada de tragedia. En el comedor, sentados a la mesa, los cadáveres de un matrimonio y sus cuatro hijos. La madre aún lleva en brazos el cuerpo del más pequeño, de sólo un mes y medio. Las manos del crío permanecen asidas a un pequeño muñeco de goma. La abuela, la viuda de Ramírez, aparece mutilada por la espalda junto a la escalera por la que trataba de alcanzar el piso superior, una planta donde permanecen intactas las cuatro pequeñas cunas y los enseres de la familia. La familia Oliver Ramírez siempre cenaba a las diez y media.
Es el golpe más duro de una secuencia que aún hoy no se olvida. Una secuencia de muerte que siguió por el hospital de la compañía. Ocho enfermos reposaban al cuidado de una enfermera, Pilar Terán, y del practicante, Manuel Berasategui. En pleno agosto, en tiempo de fiesta, Eugenia Terán aprovechó los días libres para acompañar a su hermana en su turno de guardia. A las diez y media fue a una de las salas a por un libro y se topó con la avalancha que acabó con su vida. La joven aún respiraba, pero una segunda avalancha la hundió en aquel mar de lodo. La llevaron al Sanatorio El Carmen. Pero el camino fue demasiado largo para ella.
Su hermana, y los ocho enfermos, pudieron salvarse. Lo del practicante fue uno de esos pequeños milagros que siempre asoman en las tragedias. Poco antes de la hora fatídica, dejó el ala del hospital -precisamente el extremo que quedó sepultado- para ir a poner una inyección a la tía del párroco de Reocín, Ignacio Gómez. Aquella llamada le permitió seguir viviendo.
Tres familias desgarradas
El reguero de muerte siguió su infausto camino. El cuerpo de Amelia Mantecón apareció arrastrado cerca de unas obras en la represa de la fábrica de Sniace. Sus dos hijas tampoco encontraron salida en una casa convertida en trampa mortal. El padre, trabajador de la empresa minera, aún no había regresado de un entierro en Campuzano; aquel luto le salvó de la muerte.
A la familia de Manuel Echevarría, las diez y media del 17 de agosto de 1960 les llegó cruzando el puente 'La Barquera'. El padre llevaba en brazos a la pequeña María Teresa, cansada tras una jornada de fiesta en Torrelavega. Manuel y la niña, Avelina (su mujer) y otro hijo, también Manuel, de nueve años, quedaron atrás. El mayor, Pedro, estaba en Santander. La garra del fango le quitó a la niña de los brazos... Cuando despertó en el sanatorio supo que había perdido a tres de sus seres más queridos.
Y más. El asturiano Manuel Rodríguez había llegado a Reocín a ganarse la vida en la mina, y muy cerca de ella, acabó perdiéndola. Su mujer y una hija de doce años también fallecieron. Jorge, de diecisiete, pudo escapar de aquel mortal mordisco de la tierra.
El último de los nombres de la lista fue el del guardia que trabajaba en la bomba elevadora del agua desde la mina hasta los lagos. Se llamaba Claudio, pero todos le conocían como 'El pasiego de Vispieres', porque allí vivía. El edificio donde perdió la vida apareció al otro lado del río, a doscientos metros.
Fueron los protagonistas principales de un reguero de dolor, del de los heridos, en el cuerpo y en el alma, de quienes lo perdieron todo, de los testigos, de los que se dejaron las entrañas en el rescate... Y también los que se salvaron casi por un milagro.
La familia de Julián Crespo estaba rezando el Rosario. Todos salieron corriendo hacia lo alto de un montículo tras el primer estruendo. A oscuras. Sin saber qué ocurría. Desde allí vieron desaparecer su casa. Cuando Julián comprobó que los suyos estaban bien, se entregó de lleno a la tarea de ayudar a los demás, porque la tragedia tuvo muchos héroes anónimos.
A Frechosa le salvó un árbol. El minero se unió a tres desconocidos para tirar del cuerpo medio hundido en el fango de un vecino. Al día siguiente, herido en una pierna y exhausto, Frechosa se plantó en su puesto de trabajo en la mina de Mercadal. «El trabajo es una cosa demasiado seria como para perderla», le respondió a un reportero de prensa de la época.
En dos días, se sucedieron unos entierros multitudinarios. Sniace, La General, Solvay... Las fábricas de aquella comarca, industrial, dolorida y conmocionada, cerraron sus puertas. Masivas comitivas acompañaban a sus vecinos hasta su última morada. Jamás se olvidará la imagen de los cuatro pequeños féretros blancos de la familia Oliver Ramírez, seguidos por los de sus padres y abuela. Fue la mayor tragedia minera en Cantabria.
La empresa silenciosa
El 20 de agosto, la Real Compañía Asturiana de Minas emitió un lacónico comunicado de condolencia y agradecimiento. Trece líneas. «Ante la imposibilidad de hacerlo personalmente, vengo a dar las gracias a todas las autoridades, prensa, entidades y personas que han asociado este momento de dolor a nuestra desgracia por el accidente catastrófico de corrimiento de tierras de 'La Luciana' y que nos han ayudado al rescate de las víctimas y prosecución de los trabajos. Firmado, el presidente director general de la Real Compañía Asturiana de minas, Paul Laloux».
El número de septiembre de la revista que editaba la empresa sólo dedicó unas líneas al 'triste suceso'. Ni siquiera fotos. Ni datos. Ni explicaciones. Ni respuestas. Las que buscó el juez titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Torrelavega, Nicolás Gómez, que abrió diligencias sobre lo ocurrido, pero nunca se llegaron a depurar responsabilidades. La información nunca trascendió.
El 24 de agosto, un ministro 'aterrizó' por Santander. Fermín Sanz visitó la capital para inspeccionar las obras de un ambulatorio. De paso, presentó sus condolencias a algunos familiares de las víctimas de Reocín. La visita sí apareció en la revista. Con tres imágenes de los jerifaltes. Ninguna de la tragedia.
En los periódicos se habló de filtración de aguas, y hasta de un movimiento sísmico, unos pocos días... y regreso a lo cotidiano.
Cinco años después -un 7 de enero de 1965- la mina quiso recordar lo que la memoria de algunos había olvidado. Y se desplomó sin dejar víctimas, pero sí un reguero de destrucción y a cien familias sin hogar. Dicen que las ratas salieron huyendo y eso salvó la vida a los mineros. Entendieron el aviso. Les obligaban a entrar, pero no quisieron; llevaban días escuchando crujidos bajo sus pies. Contaron, a quien quiso escucharles, que, para sacar el máximo provecho de un yacimiento que ya no rendía, se esquilmaban las columnas naturales que sostenían las plantas, se trabajaba 'en retirada'. Muchos no volvieron a su pueblo, 'bajaron' a Torrelavega.
Cierre, nunca olvido
En 2003, tras 140 años de explotación y 80 millones de toneladas extraídas, el que fuera mayor yacimiento de zinc de Europa cerró para siempre. En un convenio con el Gobierno regional, representado por un antiguo vecino de 'La Luciana', José Luis Gil, todas las propiedades de la mina pasaron a ser públicas.
Un inmenso lago artificial queda de todo aquello. El antiguo hospital minero es ahora un centro de interpretación medioambiental. Las elegantes oficinas, con las fotos de los Reyes visitando la mina, son dependencias de una empresa pública. La escombrera se vistió de montaña y 'La Viesca' es un parque. Sólo el altivo castillete del Pozo Santa Amelia recuerda el pasado.
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Interior de uno de los talleres de la mina de Reocín antes del suceso. :: DM

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