Con un metro de nieve sobre la cabeza, la sensación es la misma que la de estar enyesado en vida. Inmovilizada y desorientada, la supervivencia de una persona a un alud, si los golpes contra las rocas no la matan antes, se mide en segundos. Ocho de cada diez no aguantan más de quince minutos porque la nieve obstruye su nariz y su boca. Fallecen por asfixia. El resto debe hacer frente a la hipotermia, la claustrofobia y, sobre todo, a la espera de ser rescatado. Por eso, la capacidad de reacción de los servicios de emergencia ante una avalancha con víctimas es la que dibuja la línea entre la vida y la muerte.
Ayer, en la estación de esquí de Alto Campoo, cuarenta especialistas de Cantabria limaron sus técnicas de búsqueda a 1.800 metros de altura, en la zona del Río Híjar. Bomberos de Liébana y Reinosa, agentes del Greim de la Guardia Civil de Potes y miembros de Protección Civil y de la estación de esquí llevaron a cabo un simulacro de rescate bajo la niebla y el frío.
Los capítulos de aludes con víctimas en Cantabria no se prodigan demasiado, pero sí en otras zonas cercanas, como la montaña palentina, donde el pasado invierno seis personas se dejaron la vida bajo la nieve. En esta región sólo hubo que lamentar un susto en marzo, cuando un joven de Reinosa, que hacía travesía con raquetas en Alto Campoo, quedó semiatrapado en una avalancha que arrastró 9.000 toneladas de nieve sobre una superficie de trece campos de fútbol. Fueron los miembros del Club Alpino Tajahierro, que estaban marcando el campo de competición de un trofeo de esquí, los que lo liberaron.
Es precisamente esta escasez de episodios de aludes lo que ha anestesiado la prudencia de muchos montañeros y esquiadores de Cantabria. «En esta región hay una escasa percepción del riesgo. En los últimos tres años ha crecido mucho el número de personas que practica el esquí de travesía, pero no cumplen con las mínimas medidas de seguridad», advierte Alfonso Allende, observador nivometeorológico que ayer fue el encargado de impartir la clase teórica del curso enmarcado en el programa de formación de Protección Civil.
El ARVA
Cada montañero debe llevar en su mochila una pala, una vara sonda y el ARVA -un aparato que localiza el dispositivo del desaparecido con señales sonoras-. Pero sólo dos de cada cien cántabros que esquían fuera de pista llevan estos tres objetos, al contrario que los deportistas de otras regiones, como explica Allende.
Durante la clase teórica, los asistentes visionaron imágenes sobre aludes para conocer los distintos tipos que existen. El más común, el que más muertos acumula en su curriculum, es el de placa. Es decir, la suma de una capa débil de nieve, una pendiente pronunciada y una sobrecarga producida por una persona.
Allende también les explicó los distintos tipos de nieve que existen, desde la de cristales estrellados hasta la redonda. Y es que esto «es una ciencia, lleva mucho tiempo ser un experto».
El simulacro comienza en los pies del telesilla. Desde la pista de debutantes de Alto Campoo, los cuarenta especialistas ascienden doscientos metros montaña arriba, hasta la zona del Río Híjar. Allí, entre la niebla, un área limitada con banderas amarillas marca los restos de un alud imaginario. Bajo la nieve, cuatro sacos imitan a personas enterradas.
«¡Todo el mundo con el ARVA apagado!», grita el jefe del Greim de la Guardia Civil de Potes, Francisco Caso, que es quien dirige el operativo. Si alguno de los rescatadores lo lleva encendido, puede interferir con la búsqueda del equipo emisor de los desaparecidos. Y ese es, precisamente, el primer paso de toda búsqueda en la nieve: esperar que las víctimas lleven el dispositivo encendido. Pero éste no es el caso.
Después, comienza el sondeo. Catorce rescatadores, colocados en una fila muy junta, y con una vara de dos metros en la mano, pinchan en la nieve en busca de algo blando, de algún cuerpo. «Un paso, abajo, arriba», marca el jefe del equipo. Cada setenta centímetros, el grupo se detiene y hunde la vara bajo sus pies. Uno de ellos levanta la mano. Puede haber encontrado algo. Clavan una bandera azul en ese punto y dos especialistas con palas empiezan a cavar mientras el otro grupo sigue adelante. «Un paso, abajo, arriba»... parando en cada indicio y hasta rastrear toda la zona.
Perros entrenados
El turno de 'Esca' y 'Ennia' llega al final. Ellos son los dos perros del equipo de Protección Civil de Santander. Los mismos que encontraron bajo los escombros los cuerpos de los fallecidos en el hundimiento del edificio en la Cuesta del Hospital de Santander, en 2008.
Un agente del Greim se entierra en la nieve y los adiestradores de los dos pastores belgas, Ángel y Ana, los sueltan. En apenas diez segundos, 'Esca' y 'Ennia' localizan a la víctima y comienzan a ladrar mientras escarban. «Estos perros pueden oler el sudor humano a once kilómetros de distancia», explican. Un alivio para los que se ven atrapados en un ataúd de nieve.