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«Me gusta ir de vinos y que, al verme entrar, el camarero grite '¡un blanco para el negro!'»

PLANETA CANTABRIA | 18 CUBA

«Me gusta ir de vinos y que, al verme entrar, el camarero grite '¡un blanco para el negro!'»

Sueña con que la situación de Cuba cambie, con tener su propio piano de cola y con hacer feliz al mundo con su música. Se llama Hermes de la Torre.

18.04.10 - 00:13 -
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Le encanta el cocido montañés y tomar blancos de solera al mediodía. Se sabe de memoria la obra de Concha Espina, José Hierro y Gerardo Diego. Vive en el popular barrio de San Martín de Santander, frecuenta el Café Reina y el Pata Negra, y no puede dar dos pasos por la ciudad sin encontrarse a un conocido. Detrás de esta descripción podría estar un cántabro de pura cepa, pero la realidad nos descubre a Hermes de la Torre, un cubano encantador que vive de la música «para hacer feliz a todo aquel que se cruce en mi camino».
Llegó a la región hace casi trece años. Aquel mes de julio de 1997 abandonó Cuba. Llevaba tiempo pensándolo y esperando la oportunidad, así que cuando se le presentó se montó en un avión junto a los miembros de un cuarteto y se vino a ganarse la vida. Allí trabajó de todo lo que pudo, pero no soportaba el régimen. Fue conductor de autobús, vendedor de las cosas más diversas que llegaban al puerto, pero a los 24 años la música llamó a su puerta y decidió no separarse de ella. Su primer grupo se llamó Los Inca y hacía música afrocubana. Recuerda que un día una mujer que les estaba escuchando se interesó por Hermes y le puso en contacto con Ida Núñez, la pianista del Hotel Habana Libre. Estuvo nueve meses aprendiendo con ella, pero un día Ida valoró que no podía enseñarle más, que Hermes tenía demasiado talento. A partir de ahí, la carrera musical del cubano se disparó como la espuma mientras seguía siendo chófer de autobús. Primero, Rafael Ortega y después la Sociedad de Autores se encargaron de administrarle más dosis de ingenio. Cuando era pequeño, su abuelo decía «este negrito va a ser muy inteligente», y dio en el clavo.
Mirando hacia atrás recuerda una tarde en la que asistía como oyente a la Escuela de Música Profesional y se presentó «sin derecho a nada» a un examen de armonía. «Saqué un cien. La profesora Magali Ruiz dijo que tenía que dedicarme profesionalmente a tocar, que no podía perder más el tiempo con los autobuses». Y desde entonces, cuando le preguntaban a qué se dedica, Hermes dice con orgullo: «Soy músico».
Cuando llegó a Cantabria se trajo el piano eléctrico de la marca rusa Vermona que tenía en Cuba. «Lo primero que hice nada más llegar fue ir a comprar a Electrodomésticos Lera un transformador de corriente, porque aquel enchufe era para 110 vatios», recuerda entre risas para afirmar que se lo regalaron de la gracia que les hizo a los de la tienda.
Gracias a Caja Cantabria
Después, «y gracias a Caja Cantabria», pudo comprarse otro que financió y que pagó en mensualidades de 13.000 pesetas. Su sueño es poder tener algún día uno de cola, como el que hay en el Aula de Teatro de la Universidad de Cantabria, en la Escuela de Náutica, que es donde va varios días a la semana a ensayar. «Estoy muy agradecido a la UC por dejarme tocar allí. Me siento muy afortunado y muy querido por todos los que trabajan allí y me saludan tanto con cariño».
Aunque ha vivido de la música desde que llegó no ha dejado de empaparse de la cultura y las costumbres cántabras. «Me encanta alternar y tomar vinos al mediodía. Me gusta cuando entro en los bares y los camareros, que ya me conocen, gritan 'un blanco para el negro'». Se siente tan querido que reconoce que, a veces, sale de casa con veinte euros en el bolsillo y vuelve sin haber sacado el billete. «Puedo presumir de que la gente me quiere y, sobre todo, me respeta. Y eso me llena de orgullo». Y más de una vez, le han dicho que se parece a Morgan Freeman. Y es verdad.
Puede presumir de haber llenado todas las salas en las que ha tocado, desde un pequeño bar hasta en la Universidad Menéndez Pelayo. Precisamente allí dio dos de los conciertos que guarda con más cariño: 'Un tambor en mi piano' (2007) y el año pasado cuando le dio por musicalizar poemas de Concha Espina, Gerardo Diego, José Hierro o José Luis Hidalgo. «Es un recuerdo que dejo aquí y sé que algún día le interesará a alguien». Compagina sus conciertos con Bolero.song con sus clases como profesor. De momento tiene tres alumnos de 75, 55 y 14 años. «La edad da igual, pero para tocar el piano sólo hay que tener oído. Beethoven no nació sordo, antes oyó, así que no me sirve cuando la gente hace alusión a él y a la Novena Sinfonía».
La vida de Hermes parece perfecta. Sus vinitos a mediodía, sus ensayos, sus conciertos... Pero extraña Cuba y sólo quiere volver por ver a su madre, que ya tiene 86 años. «La situación allí es insostenible. No sé como los militares consienten que esté Raúl Castro en el poder. Es un tipo insoportable». Respecto a esos rumores que de vez en cuando alguien se encarga de difundir sobre si Fidel está vivo o no, lo tiene claro. «Los sistemas de seguridad que tiene son muy fuertes, pero también lo es la 'contrainteligencia'. Si hubiera muerto lo sabría el mundo entero». Su tierra le encanta porque allí, pese a la situación, se respira alegría, la misma que él desprende cuando toca, cuando habla y cuando se para, una y otra vez, para saludar. Es un hombre querido. Lo sabe. Y le gusta.
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«Me gusta ir de vinos y que, al verme entrar, el camarero grite '¡un blanco para el negro!'»

Horas de ensayo. Hermes toca el piano en el Aula de Teatro que está en la Escuela de Náutica de la Universidad de Cantabria. :: DANIEL PEDRIZA

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