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Cuando los piratas somos nosotros

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Cuando los piratas somos nosotros

07.06.10 - 00:19 -
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Sid Ahmed creció en el desierto. Su padre, un beduino criado entre dunas y pedregales, era el 'señor' con más camellos de la tribu. Cuando el primogénito de la familia murió, Sid heredó el privilegio de estudiar. En Nuakchot (Mauritania), fue a la escuela. Durante unas vacaciones en Nuadibú, al sur del país, descubrió el mar. Y decidió cambiar la arena por las olas, abandonar la vida inhóspita del interior por un falucho desvencijado y un par de redes rotas. Quería ser pescador. Atrapaba las mejores piezas con jaulas de cemento y latas de tomate vacías. Hoy tiene cinco embarcaciones, pero todas están varadas en el puerto, a la espera de que se las coman el óxido y el salitre. No hay peces para él. Los barcos extranjeros siguen faenando a escasos kilómetros de la costa. Y Sid no entiende por qué.
Mohamed Ould, otro pescador viejo del África Occidental, se hace, en voz alta, la pregunta clave: «¿Por qué los niños europeos pueden comer nuestro pescado y los de aquí no?» La ONG sueca Swedish Society for Nature Conservation ha encontrado la respuesta. La presentará hoy, en Cádiz, dentro de la iniciativa Ocean 2012, que agrupa a 70 entidades sin ánimo de lucro empeñadas en acabar con esta situación. El informe, titulado 'Un mar de injusticias y esperanzas', es un compendio de perversidades, sinrazones y abusos que deja a la política pesquera de la Unión Europea a la altura del betún, exige responsabilidades y apunta a la necesidad de un cambio radical que evite el agotamiento definitivo de los caladeros africanos.
La trampa se llama 'acuerdos de asociación'. Por un montante total de 150 millones de euros los gobiernos europeos compran los derechos para que 718 de sus embarcaciones (el 59% españolas) puedan faenar, casi sin control, en aguas de los 'países anfitriones'. La Sociedad Sueca para la Protección de la Naturaleza (SSPN) ha investigado durante años el destino de esos fondos, los beneficios y perjuicios que suponen para los ciudadanos de los territorios receptores y el estado biológico de las especies capturadas. Los resultados, dicen, son desoladores.
El timo de las cuotas
El proceso, opaco desde el principio, arranca con una negociación entre actores desiguales. «Hay una clara situación de dependencia», explica el informe. Bruselas se sienta en la mesa con países que «reciben importantes ayudas a la cooperación por parte de la Unión Europea. Con frecuencia, la Unión es su principal mercado exportador y, además, se dan casos en los que se vincula abiertamente lograr un buen acuerdo de pesca a otros intercambios comerciales». El funcionamiento de las administraciones estatales de Mauritania y Guinea-Bissau, por ejemplo, se financia exclusivamente con ingresos procedentes de estos contratos.
La segunda parte del 'timo' tiene que ver con las cuotas. En los convenios no se estipula, por lo general, ningún límite de capturas. Se negocia el acceso a los caladeros en función del tonelaje bruto de las embarcaciones. «El problema radica en que la capacidad de los barcos no es sólo cuantificable en función de su tamaño». A los investigadores de la SSPN les ha resultado igual de difícil obtener información fiable sobre el volumen de capturas que acceder al contenido concreto de los documentos que se firman. Bruselas les ha respondido, hasta la fecha, con una significativa dosis de silencio administrativo.
El ministro de Pesca de Guinea Conakry, haciendo gala de una sinceridad abrumadora, admite: «Desconocemos el volumen de capturas de los buques europeos y el valor de éstas». Y se justifica: «Necesitamos el dinero de la Unión para poder comprar artículos en el extranjero. Nos hace falta ese capital para luchar contra la pobreza». Ahí terminan todos sus argumentos.
Para Mohamed Ould, el pescador artesanal que no entiende por qué los chicos de Mauritania no pueden comer su propio pescado, todo ese pasteleo burocrático se concreta en un martirio cotidiano: «En el pasado, los colonizadores dictaban sus condiciones. Hoy en día es exactamente igual. Es otra forma de esclavitud económica. Mauritania no puede permitirse renunciar a esos acuerdos. ¡Es una verdadera extorsión! ¿Y qué ocurre mientras con nosotros, los que estamos aquí? Nada. Nuestra tecnología no se ha desarrollado. Dependemos de ellos». No hay medios para salir a faenar, los caladeros cercanos menguan, y ni siquiera tienen combustible suficiente como para trabajar aguas adentro. Les toca las sobras.
La tercera parte de la estafa tiene que ver con los beneficios. La principal ganancia de la pesca estriba en el valor de la transformación. El pescado no se descarga ni se manufactura a nivel local, en los países de origen, sino que pasa directamente al mercado comunitario. Las capturas se transbordan en alta mar, a menudo en buques congeladores y conserveros, o bien se llevan directamente a puertos de la Unión, principalmente a Las Palmas. En todo ese proceso apenas se contrata mano de obra externa a la de los propios armadores. Los ciudadanos que están vendiendo sus recursos a empresas extranjeras no ven un solo euro. El capital pasa de largo.
Bamba Marie, una ahumadora de pescado guineana de 55 años, lo resume de una forma muy gráfica: «Los barcos de fuera capturan nuestro pescado y lo envían a Europa, pero nosotros no podemos exportarlo porque no cumplimos sus requisitos de higiene. Además, el comercio dentro del país es complicado ya que, con los constantes controles, te arriesgas a que el pescado se eche a perder. Siempre hay que recurrir a sobornos para librarte de ellos. En este sector es prácticamente imposible obtener rentabilidad».
¿Adónde va, entonces, el dinero de las contrapartidas? ¿Llega al pueblo? Se supone que al menos un 25% de los 150 millones de euros que la Unión Europea dedica a los 'acuerdos de asociación' debe emplearse en desarrollar infraestructuras pesqueras en los países anfitriones. Pero no es casualidad que la SSPN dedique un amplio capítulo de su informe a denunciar la corrupción con un larguísimo historial de fraudes, en los que el enriquecimiento ilícito y la malversación de fondos forman parte del menú del día de muchos de sus políticos y gestores. «Ninguno de los cuatro países visitados facilitó información sobre cómo han usado el dinero procedente de la Unión. La Comisión ha efectuado seguimientos, pero no existe ninguna evaluación pública e integral. En bastantes países de África Occidental, y muy especialmente en las dos Guineas, el estado brilla por su ausencia».
De nuevo es Mohamed Ould el que padece, en primera persona, las consecuencias de este caos interesado: «El acuerdo con la UE prevé destinar fondos a la pesca artesanal, pero a nosotros no nos ha llegado ningún dinero de ese protocolo. ¿Ve usted algún hospital por aquí? ¿Sabe que no podemos salir a faenar dos de cada siete días por lo peligrosa que es la mar? ¿Dónde están los almacenes frigoríficos a lo largo de la costa? ¿Dónde están los medios de transporte? Nuestro pescado se pudre».
Mares sin peces
Las consecuencias medioambientales de tanto despropósito llevan años dejándose notar. A los barcos europeos hay que sumar la labor de los pesqueros chinos, rusos, estadounidenses y coreanos, entre otros. «Los mares del mundo están quedándose sin peces, a menudo con ayuda de subvenciones públicas. El 80% de los caladeros del planeta están sobreexplotados». Daniel Pauly, uno de los principales expertos en pesca a escala global, dice que la Unión Europea ha esquilmado primero sus propias aguas y ahora está haciendo lo mismo con las de sus vecinos.
Sid Ahmed, el hijo del beduino, se ha visto obligado a dejar de faenar. El plan mauritano de gestión ha estipulado un paro biológico, de cara a que se regeneren algunas especies, como el pulpo. «Pero las embarcaciones europeas continúan trabajando. En unos meses el precio del pescado se ha desplomado un 57%. Eso se llama competencia desleal». Dior Diouf, de Senegal, sentencia: «Llevo 33 años trabajando en esto y he visto cómo las cosas no sólo no mejoraban, sino que han ido empeorando poco a poco».
Las posturas de algunos líderes africanos con respecto al problema no tienen desperdicio, y dejan poco lugar a la esperanza. Cuando un investigador de la SSPN interrogó al ministro de Pesca de Guinea Bissau sobre el destino de las partidas de la Unión Europea, Carlos Massa respondió con una concatenación de vaguedades. Después, dio así por concluida la entrevista: «¿Ha terminado ya con sus preguntas? Usted sólo me ofrece palabras. Si hubiera venido a proporcionarnos algo concreto, dinero, podríamos estar hablando incluso hasta mañana...».
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