El Despacho Oval. Una oficina convertida en un símbolo de poder por el peso de la historia y de las decisiones que en ella se toman, pero también una de las pocas cartas sin usar que le quedan a Barack Obama tras año y medio en la Casa Blanca. Desde allí se dirigió anoche por primera vez a la nación para informar sobre la evolución del vertido de petróleo en el golfo de México y aprovechar su impacto para impulsar desde el Gobierno la elaboración de una ley sobre energías.
«Igual que nuestra interpretación de nuestras vulnerabilidades y nuestra política exterior estuvo profundamente moldeada por el 11-S, este desastre dará forma durante años a cómo vemos el medio ambiente y la energía», dijo el presidente en una entrevista concedida al diario 'Político', en la que aseguró que «sacar las lecciones adecuadas de este desastre» representa para él «uno de los mayores retos de liderazgo».
De eso se trataba anoche, de aprovechar las lecciones y la sensibilidad de la opinión pública, traumatizada por 58 días de vertido descontrolado, para darle un giro a la política de un país adicto al petróleo. «El cambio hacia una nueva economía energética es algo que siempre le ha preocupado desde el primer día de su Gobierno», recordó ayer el secretario de prensa adjunto, Bill Burton. Según él, el presidente estuvo dándole vueltas a los quince minutos de discurso hasta el último momento. Una de sus preocupaciones clave era garantizar a los damnificados del golfo de México que sus peticiones serán atendidas con justicia y agilidad.
«Esto no es sólo un desastre ecológico. Para las familias afectadas es también un desastre económico», admitió el lunes Obama, sudoroso desde Pensacola, en Florida. Era su cuarta visita desde que se hundiese la plataforma 'Deepwater Horizon' el 20 de abril y dejase abierto el yacimiento a 1.500 metros de profundidad. La primera, sin embargo, que le obligaba a pernoctar y extender su visita de Lousiana y Mississippi a Alabama y Florida en reconocimiento a la extensión de la marea negra que avanza impasible a los esfuerzos de BP para contenerla.
28.000 barriles diarios
Según el portavoz de la Casa Blanca Robert Gibbs, la Administración espera que para final de julio se haya logrado contener el 90% del crudo que mana del fondo del mar, pero todavía nadie se atreve a poner cifras a ese porcentaje, sobre todo porque las estimaciones iniciales de la petrolera británica siguen siendo superadas por la realidad que determinan los expertos. Si al principio se hablaba de 5.000 barriles diarios, hoy son ya 15.000 y a final de semana pueden convertirse en 28.000, según advirtió el almirante Thad Allen, al frente de la Guardia Costera.
Como nadie se fía ya de BP, el Gobierno pretende forzar a la petrolera para que establezca un fondo manejado por terceros con el que garantizar que los afectados recibirán las indemnizaciones sin ser sometidos a depravadas torturas burocráticas que pongan a prueba su paciencia. La Casa Blanca pretende que BP renuncie a repartir entre sus accionistas los 10.500 millones de dólares de dividendos (8.500 millones de euros) que planea entregar a final de verano, pero le tocará a Obama retorcerles el brazo. Hoy tendrá su oportunidad, cuando se reúna por primera vez con sus altos ejecutivos en ese Despacho Oval desde el que habló anoche a la nación, y que con suerte intimidará al presidente de BP Carl-Henric Svanberg y a su consejero delegado Tony Hayward tanto como a los mortales de a pie.