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La partitura vital del maestro Albéniz

CENTENARIO

La partitura vital del maestro Albéniz

18.06.10 - 00:40 -
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Cuando los niños de su edad enlazaban las primeras sílabas de sus lecturas, ajenos a la escala de sonidos monosilábicos que dan forma escrita a la música, el pequeño Isaac ya despuntaba como un auténtico prodigio a las teclas del piano. A los cuatro años debutó sobre el escenario del Teatro Romea de Barcelona con una interpretación de 'Las vísperas sicilianas' del compositor italiano Giuseppe Verdi, que dejó boquiabierto al público asistente y evidenció la talla artística de aquel pianista de cualidades innatas que apenas superaba el metro de estatura. Eran los incipientes pasos de la carrera de un niño de espíritu inquieto y virtudes extraordinarias que a la postre se erigió en una figura fundamental de la cultura musical española de la época y en un referente histórico para generaciones posteriores: Isaac Albéniz Pascual (1860-1909).
El célebre pianista y compositor nació en Camprodón (Gerona) el 29 de mayo -efeméride de la que se acaba de conmemorar el 150 aniversario- en el seno de una familia de clase media-alta. De padre alavés y madre catalana, fue el menor de cuatro hermanos y el único varón. Su infancia transcurrió, básicamente, entre Barcelona y Madrid, principales destinos laborales de su progenitor, Ángel Albéniz, que era funcionario de aduanas. Pero la dependencia familiar no se prolongó demasiado en el tiempo. Aunque biógrafos e investigadores musicales han determinado, a partir de contradicciones y errores documentados, la falacia de algunos de los hitos de la azarosa trayectoria vital de este genio catalán -como sus escapadas de casa, sus primeros viajes o sus estudios en Leipzig con Franz Liszt-, lo cierto es que parece probado que a los diez años ya ofrecía sus propios recitales por pueblos y ciudades de Castilla y Andalucía. Su talento empezaba a ser requerido en distintos puntos de la geografía nacional y su prestigio era tema de conversación en los círculos aristocráticos de Madrid.
Al otro lado del Atlántico también demostró sus dotes musicales: Puerto Rico y La Habana fueron testigos en 1875 de las actuaciones del joven portento español, que una vez más interrumpía sus clases en el conservatorio madrileño como consecuencia del nuevo cargo para el que era designado su padre en estos dos países latinoamericanos. Un paréntesis formativo que, a la vez, supuso un trampolín para darse a conocer lejos de España.
Bajo la tutela del secretario particular de Alfonso XII, el conde Guillermo de Morphy, quien propició que se beneficiara de una beca, ingresó en 1876 en el Conservatorio de Bruselas para subsanar las carencias técnicas de que adolecía. Sólo le hicieron falta tres años para graduarse con el primer premio de piano, otorgado de forma unánime.
Cumplida la mayoría de edad y poseedor de una formación rigurosa, el joven Albéniz emprendió la vuelta a España convertido en un experto y capacitado para enseñar, componer y dirigir. Esta última faceta la empezó a llevar a la práctica al frente de una compañía ambulante de zarzuelas. La de compositor empezó a dar sus frutos a comienzos de la década de los ochenta, fecha en la que están datadas colecciones de gran solidez como 'Recuerdos de viaje'.
De alumna a esposa
Aunque volcado en la composición, Albéniz no descuidó sus conciertos de piano, al tiempo que compaginaba estas ocupaciones con sus clases como maestro. Precisamente compartiendo sus conocimientos y habilidades conoció a la mujer de su vida, Rosina Jordana. Descendiente de una acomodada familia catalana, la que fuera alumna se convirtió en 1883 en esposa. Contrajeron matrimonio en la Iglesia de la Virgen de la Merced, en Barcelona, y de su unión nacieron cuatro retoños, tres niñas -Blanca, que falleció antes de cumplir los dos años, Enriqueta y Laura- y un varón, Alfonso.
Este mismo año fue decisivo en la evolución musical del artista, que hasta entonces se había caracterizado por alumbrar piezas para piano salonísticas de carácter romántico. La influencia que en él ejerció el compositor catalán Felipe Pedrell, que le hizo ver la necesidad de crear un estilo más moderno y de inspiración nacional, dejó una profunda huella en la producción del maestro. En sus primeras obras de carácter nacionalista, en especial la 'Suite Española' de 1886, se aprecia ese estilo inspirado en la cultura popular del país. Gran parte de ellas llevan acento andaluz, aunque también tienen cabida rasgos folclóricos de otras provincias. La impronta de los románticos -Liszt, Chopin, Shumann- también quedó reflejada en su legado musical.
La magnífica acogida a sus interpretaciones de Londres y París le animaron a fijar su residencia en la capital británica primero (1889) y en la francesa, un lustro después. De la primera etapa cabe destacar la gira desarrollada como artista principal por salones europeos, que acrecentó aún más su lograda reputación, y la opereta 'The Magic Opal', su primera obra de importancia realizada expresamente para la escena, cuyo estreno tuvo lugar en 1893 en el Lyric Theatre de Londres.
Antes de establecerse en París, Albéniz permaneció una temporada en España, donde comprobó que su labor creadora no tenía justo reconocimiento, tras fracasar el intento de producir sus propios trabajos líricos, compuestos junto a Enrique Morera. Esta decepción desencadenó su enojo hacia los críticos españoles, que le privaban de los elogios que sí le concedían al otro lado de la frontera. De hecho, en Londres había recibido sustanciosas ofertas para musicar libretos, como la del adinerado banquero, dramaturgo y poeta Francis Burdett Money-Coutts, con quien produjo, entre otras, las óperas 'Henry Clifford' y 'Pepita Jiménez', estrenadas en el Liceo de Barcelona en 1895 y 1896, respectivamente.
Su decadencia
Del periodo parisino hay que resaltar la creciente influencia francesa en su estilo, especialmente del Impresionismo. Entabló amistad con Ernest Chausson, Charles Bordes, Gabriel Fauré, Paul Dukas y Vincent d'Indy e impartió clases de piano en la 'Schola Cantorum' desde 1898 hasta que en 1900 su salud se resintió. No obstante, la enfermedad con la que tuvo que convivir durante más de una década -el Mal de Brigth (nefritis crónica)- le apartó de los escenarios pero no impidió que Albéniz se volcara aún más en la composición. De hecho, entre 1905 y 1908 compuso su obra maestra, con la que culminó su vida creativa: la famosa colección pianística de doce piezas titulada 'Suite Iberia'.
Pese a sus esfuerzos por combatir la enfermedad, la salud del compositor acabó debilitándose hasta tal punto que en abril de 1909, por recomendación médica, se retiró a un balneario en la localidad vascofrancesa de Cambo-las Bains, donde falleció unas semanas después sin haber cumplido aún los 49 años. Su muerte, de la que el año pasado se conmemoró el centenario, removió el mundo musical de la época pero su legado, perpetuo, se encarga de recordar que Isaac Francisco Manuel Albéniz fue el gran renovador de la música española de finales del siglo XIX y principios del XX.
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