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Se apaga la voz de los humildes

LITERATURA

Se apaga la voz de los humildes

José Saramago, el autor más comprometido en la lucha por la justicia, muere a los 87 años

19.06.10 - 00:36 -
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Discurso de recepción del Nobel
Hace algo más de medio año, José Saramago (Azinhaga, 1922) se había despedido de sus lectores en la última frase de su novela 'Caín': «La historia ha acabado, no habrá nada más que contar». El escritor portugués, que falleció a mediodía de ayer en Tías, Lanzarote -donde horas después fue instalada la capilla ardiente-, había disfrutado de una prórroga después de estar al borde mismo de la muerte en la Navidad de 2007. Una prolongación de su vida que le dio la oportunidad de escribir dos novelas, la citada 'Caín' y 'El viaje del elefante', y que le hizo reflexionar, aún más, sobre la muerte y el sentido de la existencia. En una entrevista concedida con motivo de la presentación de sus memorias lo explicaba así: «Mi problema en relación con la muerte y por tanto con el tiempo, dado que éste conduce de la mano hasta la muerte, no es tanto por el hecho de morir. Para mí, lo verdaderamente dramático es que estabas y ya no estás. Parece una obviedad, pero yo lo siento así, lo veo así: estabas y ya no estás». Ya no está, pero vivió una vida plena y deja un legado extraordinario.
Pese a su ateísmo militante, Saramago estaba convencido de que su vida había sido casi un milagro, porque todo lo que le sucedió era muy improbable que le hubiera ocurrido. Hasta lo fue esa prórroga inesperada cuando sus allegados se preparaban ya para el adiós. Ahora, con su muerte, se han apagado también las voces de su abuelo Jerónimo y su madre, tan presentes en su obra, y de tantos seres humildes cuya lucha por la supervivencia cotidiana el escritor elevó a la categoría de gran literatura.
Un autor joven de 60 años
El milagro de su vida se condensa en la peripecia casi inverosímil del hijo de una familia de trabajadores que, por motivos económicos, sólo pudo estudiar Formación Profesional para adiestrarse en el oficio de cerrajero y terminó por convertirse en el primer autor en lengua portuguesa que recibió el Nobel. El 10 de diciembre de 1998, al recoger el galardón, Saramago no olvidó sus orígenes: allí, ante el rey de Suecia, el escritor habló de su abuelo Jerónimo, «el hombre más sabio» que conoció pese a que no sabía leer ni escribir, y de sus veranos en la aldea natal de Azinhaga, corriendo descalzo por el campo y tumbándose bajo una higuera junto a aquel anciano que «era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras».
A los 22 años, cuando contrajo matrimonio con la pintora Ilda Reis -con quien tuvo una hija-, Saramago trabajaba como administrativo en una empresa industrial y hacía trabajos extras en una mutua. Antes había sido cerrajero y oficinista en un hospital lisboeta. Con todo, las clases de Literatura recibidas en la escuela de Formación Profesional, donde llegó a aprender de memoria un buen puñado de poemas de Fernando Pessoa, no habían sido inútiles. En 1947 publicó una novela, 'Tierra de pecado', que no tuvo el menor eco. La reacción del futuro Nobel fue el silencio. Durante veinte años, trabajando muchos de ellos como empleado de una editorial, no escribió ni una línea.
'Memorial del convento' le dio una fama inesperada y lo convirtió en un joven escritor de casi 60 años, porque a partir de ese libro comenzó su verdadera carrera literaria. Atrás quedaban algunos volúmenes de poesía, una recopilación de textos periodísticos, su trabajo como traductor, su cargo de director adjunto del prestigioso 'Diario de Noticias' unos meses después de la Revolución de los Claveles, su historia de amor con la poetisa Isabel de Nobrega -muy importante para su futuro literario- y su militancia en el Partido Comunista, en el que ingresó en 1969, en plena dictadura.
Durante tres décadas, Saramago ha publicado con una regularidad estricta una serie de libros que lo han colocado entre los mejores escritores de su tiempo. Algunos de ellos han sido muy polémicos: 'El Evangelio según Jesucristo', por ejemplo, atrajo sobre él la ira de la Iglesia. Tanto es así que cuando la Academia sueca le concedió el Nobel, el Vaticano, en un gesto insólito, hizo pública una nota criticando con dureza la decisión.
Dignidad y esperanza
No fue la única polémica a la que se vio arrastrado. Su ingreso en la exclusiva nómina del Nobel puso el foco sobre cada una de sus opiniones políticas. Pese a que el fondo de todas sus novelas es inequívocamente antitotalitario (el 'Ensayo sobre la ceguera', de clara influencia kafkiana, revela la fuerza de los aparatos del Estado; el 'Ensayo sobre la lucidez' es una desesperada advertencia sobre la debilidad de los ciudadanos ante las instituciones, y así todas sus obras), su apoyo al régimen cubano le costó numerosas descalificaciones. Sólo en 2003, con motivo del encarcelamiento de Raúl Rivero y otros intelectuales, el escritor portugués se alejó de Castro, aunque sin renunciar a sus ideas comunistas. En los últimos años, ha sido el escritor con mayor participación en actos públicos de significado político. Alto, delgado, con gesto grave, su imagen resultaba habitual en la primera línea de algunas manifestaciones, lo mismo contra ETA que en movimientos anti-globalización.
Muchos quisieron colgarle la etiqueta de dogmático, pero en sus palabras latía un profundo humanismo y la duda permanente de quien había visto tanto que, al final de su vida, apenas mantenía unas pocas certezas. Lo suyo era el escepticismo: sobre el cambio en el ser humano, que navega sin rumbo claro; sobre las utopías, por los crímenes que se cometen en su nombre y por la incierta aceptación de las mismas por las generaciones venideras.
Las certezas se ceñían a unos pocos conceptos. Uno de ellos era el de la esperanza. Esperanza en la que creía profundamente, «porque sin ella no podríamos sobrevivir», decía, y que plasma en todos sus personajes, para quienes cada nuevo día es una pequeña victoria antes de la inevitable derrota final. Otra certeza de su vida era la dignidad, la capacidad del ser humano para resistir en pie aunque sepa que su lucha conduce inexorablemente al fracaso. «Lo sublime es tener la conciencia de que se va a perder y aún así seguir resistiendo», comentó en una ocasión.
Cuando presentó las memorias de sus primeros años, ante la mirada atenta de su esposa y traductora al español, la periodista Pilar del Río («que todavía no había nacido y tanto tardaría en llegar», escribe en la dedicatoria), Saramago se mostraba orgulloso de la coherencia de su vida. Y de haber dado la palabra a tantos seres humildes que se erigen en símbolos de esperanza y resistencia en sus novelas. Su voz quiso ser, lo dijo al recibir el Nobel, el eco de las voces de sus personajes. «No tengo, pensándolo bien, más voz que la que ellos tuvieron. Perdónenme si les pareció poco esto que para mí es todo».
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El escritor, en una imagen tomada en Sao Paulo en 2008. :: AFP

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