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Los trazos de su canción

LOS VERSOS EN JUEVES

Los trazos de su canción

08.07.10 - 00:18 -
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Una comparecencia de Yolanda Soler Onís en Cantabria siempre es un acontecimiento para no perderse. En primer lugar porque, dados sus largos años de residencia en el exterior, sus apariciones en el suelo natal son raras y contadas. En segundo término, porque siempre que reaparece suele hacerlo acompañada de una jugosa novedad, un nuevo motivo para el goce estético. En este caso se trata de su último libro, recién publicado y aún calentito tras una larga cocción (no publicaba poesía desde hace siete años); un libro que ya se hacía esperar y desear 'De los ríos oscuros', publicado por la tinerfeña editorial Idea.
Tras ese título de referencias juanramonianas hay sorpresas y misterios que uno no va a tocar, pues le corresponde a su autora la primicia de desvelar las claves de lectura que desee, o de dejarlas a su gusto intactas, libres al entendimiento y a la sensibilidad del lector o del oyente que las recibirá esta noche, a las 22.00 horas, en el incomparable 'plateau' del Vestíbulo Real del Palacio de la Magdalena.
Dos virtudes se nos han antojado siempre admirables en el perfil parapoético de Yolanda Soler Onís. Al margen de la calidad intrínseca de su obra, existen dos cualidades que merecen esa categoría superior. La primera tiene mucho que ver con el decir de la canción. En un contexto en el cual se reverencia el acento, la dicción poética en su sonido original, en su genuina oralidad; aquella que le es propia al poeta que pone pauta y ritmo, entonación, silencio o énfasis a su lectura, porque es dueño tanto de sus palabras como de su particular manera de expresarlas, Yolanda Soler destaca por su manejo esencial del 'tempo' del poema, por su dulzura expresiva y su cordial elegancia, difícilmente superable. Algo de río lento, de gotear de estalactita o de fraseo pianístico tiene la palabra en boca de Yolanda Soler Onís. Su poesía, esencialmente lírica, se amolda a una dicción amortiguada, paladeada, modulada sin aspavientos, que desterró para siempre el sobresalto, el exabrupto y la impostación. Yolanda dice su canción como pasa el reflejo cañizo de una malvasía; con ese acento canario que es el único europeo con carnosidad tropical, con tropiezos de dátil, cigarro palmero y aguardiente de caña.
La segunda cualidad esencial que adorna el perfil de autora es la de su discreción. Yolanda Soler ha desarrollado una carrera literaria y profesional digna del máximo respeto. Sin embargo, jamás se ha visto tentada por el demonio de la exageración. Su paso ha sido siempre pausado; sus comparecencias, casi silenciosas; los guiños autopromocionales no han existido en ella. Su currículum habla por sí solo; poeta, novelista, articulista, formadora, periodista, organizadora de multitud de foros y encuentros, directora, hasta el momento, de dos sedes del Instituto Cervantes. Sin embargo, nunca le ha acompañado el ruido, porque nadie necesita del ruido cuando habla y actúa con la verdad. Y es esa verdad esencial que mueve los actos de Yolanda Soler la que deviene en rectitud, elegancia, y desdén hacia todo aquello que signifique bambolla o impostura. La verdad nunca hay que subrayarla, porque a sí misma se manifiesta.
Autenticidad
Esa autenticidad con que Yolanda Soler dota a sus actividades ha dado frutos poéticos como 'Sobre el ámbar', aquel lejano libro que, en las calendas de 1986, recibió el premio José Hierro y abrió su carrera; 'Nombres ajenos'; 'Botania'; las dos ediciones, chilena y española, de 'Mudanzas'; o la cántabra y canaria de 'Memoria del agua', hasta llegar a estos ríos oscuros que esta noche lavarán con sus tibias aguas nuestra sensibilidad. Novelas como 'Una sombra en el desván', 'La Cueva de Lezama' o 'Malpaís', esta última Premio Tristana en su primera edición, redimensionan una obra de amplitud y ambiciones extrapoéticas. Y con ellas, decenas de artículos, guiones televisivos, actividades a las cuales ya nos hemos referido y que llenan una existencia volcada en la literatura, sin olvidar que la vida nunca es literatura.
Es la palabra, su trato con la palabra, trato de amante, el secreto mejor guardado de sus versos. Ella alcanza una relación con el lenguaje tierna y, a la vez, exigente; seductora, incitante, y a la vez indagadora, inflexible en su compromiso. Yolanda nunca deja abandonada a la conciencia. Hay profunda intimidad y un verdadero ansia de esclarecimiento tras cada uno de sus versos. La belleza nunca sale gratis, y el conflicto se revuelve bajo las aguas del poema como un siluro en la lobreguez un pantano. Para sorprender al enigma trabajando, Yolanda tiene la capacidad de liberar a la razón de sus corsés lógicos. Su verso no se disuelve en vaporosas vaguedades, ni confunde poesía con extravío visionario ni con desatada verbosidad. Sus versos envían un rayo oblicuo de luz sobre lo real, mas sin enmascararlo, sin torturarlo con desfiguraciones. Ella prefiere iluminar lo inasible, lo mudable, lo intuido, es decir, la sombra, que es aquello que necesita de la luz. ¿Para qué recaer en ese gran vicio de la poesía realista (de la mala poesía realista) que no es otro que pretender iluminar lo evidente? Si hay cosas que todos ven, hay otras cosas que sólo ve el poeta. Esas son las que reciben y deben irradiar luz.
Con este enfoque, Yolanda preserva, si no la memoria precisa de las cosas, sí una armonía, un sugerente misterio. Su palabra, excéntrica como la de todo poeta verdadero, contiene la facultad de tutear al caos sin ser contagiada por él. El tono de su voz se esconde en pliegues. Nunca nombra nada por completo; por ello el poema no termina en su límite verbal, pues siempre hay un cabo suelto desde el cual seguir devanando la madeja de su sonido y sentido. Su voz convoca historias interrumpidas, avistamientos suspendidos entre vigilia y sueño. Yolanda nunca juzga: seduce. No se desahoga; evoca, no las incidencias del viaje, sino la sensación de su transcurso. Cosidos unos y otros fragmentos poéticos, trazos que son de su canción, sobresale un enfrentamiento lúcido con la realidad y su reverso, envés que es tan real como la faz, tantas veces vista, de este mundo. Enfrentamiento lúcido que pide nuestra complicidad. Se la dedicaremos esta noche prestos a recibir una poesía que, sin aparatosidad y sin ruido, se posa, velada, cálida y perturbadoramente, en nuestro ser.
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