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Los secretos del Circo Mundial

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Los secretos del Circo Mundial

01.08.10 - 00:19 -
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En la escuela de circo los niños desayunan palomitas y algodón de azúcar. Lo mismo suben al aro olímpico con la bella Irina, que dan de comer un melón al hipopótamo Pipo. «El circo es el último reducto donde la ilusión está intacta, porque el público nunca sabe lo que va a cruzar esa cortina», asegura Luis Moreno, presentador y jefe de pista. Desde luego, pocos pueden sentirse indiferentes ante un oso que toca la trompeta y baila el hula-hoop, o un equilibrista que burla a las leyes de la física.
El maestro de ceremonias del Gran Circo Mundial lleva toda la vida sobre esa pista de trece metros de diámetro. Los ojos le brillan cuando habla de lo que se esconde bajo la carpa de colores: «El circo llena el corazón, que es donde se guardan las cosas bonitas -murmura mientras vuelve la vista atrás-. Hace veinte años la llegada del circo a la ciudad era un acontecimiento, y ahora estamos recuperando aquellas sensaciones. Estamos ganando la batalla a la PlayStation y a los cincuenta canales de televisión. La gente vuelve a lo auténtico, a lo real, a lo de siempre».
Si hubiera una palabra que detallase la mezcla perfecta entre realidad e ilusión, esa palabra sería 'circo'. Y para que los niños conozcan también esa realidad, se creó un espectáculo en el que pueden ver a las personas que se esconden detrás de los artistas, hacerles preguntas y comprobar que detrás de los disfraces y el maquillaje hay gente de carne y hueso.
Cuando los diminutos ponis irlandeses atraviesan la cortina, los niños pierden la escasa cordura que les queda y gritan como locos. Todos hacen cola para acariciarlos, y algún adulto mira a los lados para ver si ellos también pueden bajar a la pista. Pero la gran estrella se llama Chima, y aunque parece humano, es un oso pardo de 14 años. Cuando sale dando volteretas por la pista no se oyen gritos, sino exclamaciones de asombro. Los más pequeños abren la boca de par en par. Y cuando el oso recoge una silla tirada en el suelo, la coloca correctamente y se sienta, los más mayores les imitan. Miran con los ojos como platos cuando Chima se yergue sobre las patas traseras y aplaude o hace cortes de manga.
Payasos sin maquillaje
En esta escuela de circo los críos pueden comprobar que los payasos no siempre calzan zapatones ni visten ropas estridentes. Cuando se maquillan, Alexis se convierte en Totti, y Sara y Joaquín en el dúo León. Salen a la pista con la cara desnuda y, ante la mirada curiosa de todos los niños, llevan a cabo ese ritual diario que les convierte en los reyes de la comedia. Se pintan al ritmo de la música, mientras dibujan sonrisas en las caras de los niños a medida que surge la transformación.
En un principio, los niños se muestran tímidos a la hora de preguntar a los payasos, pero poco a poco van ganando confianza y, como con el resto de artistas, parecen sentirse fascinados por la edad: «En la vida real tengo 28 años, pero en la pista, la misma que vosotros», contesta Totti. Y después de la función, los tres polichinelas cuentan lo que significa para ellos alimentarse de sonrisas: «Hacemos el trabajo más digno y bonito que existe, porque repartir alegría en tiempos de crisis es una satisfacción que no se paga con dinero» asegura Joaquín. Alexis da la razón a su compañero, y añade que «cada día se aprecia más el humor de los payasos, un humor que no se mofa de nadie ni de nada, un humor puro».
Alexis, o Totti cuando está bajo la carpa, es la quinta generación de payasos de su familia, y lleva en el circo toda su vida: «A los cinco años toqué por primera vez la pista y desde entonces no la he abandonado. Para mí cada día es como el primero. He trabajado en teatro y en televisión, pero al final siempre acabo volviendo», admite.
La otra cara del circo
Bajo la carpa multicolor viven artistas de toda clase, nacionalidad y religión, sin embargo son todos «una gran familia», comenta Alexis, y añade que «si el mundo fuera un gran circo no existirían las guerras». Joaquín cuenta una anécdota al respecto: «Estábamos en Israel y lanzaron un misil contra un hotel que estaba a un kilómetro del circo. Pensamos que nadie vendría a la función del día siguiente, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dijeron que se habían agotado las entradas. Entre el público había judíos y musulmanes que aparcaron la religión y sus diferencias. Dentro del espectáculo todos eran iguales y se reían de las mismas cosas».
El jefe de pista, Luis Moreno, ha vivido en sus carnes lo duro que es a veces la actividad circense y cuenta, no sin amargura, que «la vida del circo es también difícil porque es un viaje a ninguna parte en el que dejas mucha gente atrás, sin un destino concreto, sin atisbar un final».
Pero enseguida se le ilumina la cara al hablar de sus recuerdos: «Hay gente que se acerca a dar las gracias por los momentos que ha vivido, y ese salario afectivo, en momentos en los que uno está triste o cansado, es más satisfactorio que el salario económico. La verdad es que el circo enamora a niños y mayores».
Hoy en día, mucha gente identifica al Circo del Sol como referente de este tipo de espectáculos, sin embargo, Moreno afirma que «usa la palabra circo porque tiene un 'chapiteau' -la carpa-, pero en lugar de pista tiene escenario, y le falta serrín o el olor de los animales. Es un cabaret ambulante con números de circo y llevar allí a un niño es un crimen porque no se va a enterar de nada». Al contrario que en la escuela de circo, donde se enteran de todo.
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