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Un sueño llamado Costa Rica

18.08.10 - 00:09 -
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Por culpa de una poliomelitis camina con bastones y usa silla de ruedas para distancias largas. Con ella viajó Miguel Nonay a Costa Rica en 2009. Sintió tal flechazo que piensa vivir allí y dejar Zaragoza, «aunque me gusta mucho mi ciudad». Lleva un año recapacitando, porque después de un viaje, dice, padeces el 'síndrome de Estocolmo'. «Pero pasa el tiempo y la idea sigue en mi cabeza». Y en la de su compañera, Eva. Ha vivido superando retos. Éste es uno más. «Con esfuerzo y tesón los sueños se pueden cumplir. Las limitaciones se pueden vencer. A nosotros nos cuesta un poco más que a los demás hacer las cosas, pero, si tenemos interés, las podemos hacer igual».
¿Por qué se replantea la vida este aragonés de 47 años? ¿Qué pasó en Costa Rica? «Que me sentí más libre que nunca». Y voló. Lo hizo en Tortuguero, en tirolina. «Quería ver la selva como los monos, a 30 metros de altura. La vi encharcada mientras volaba entre los árboles». Le colocaron varios arneses para evitar riesgos. «Pedí que me ataran las piernas, para que no se desmadraran y chocasen contras las ramas». Aquello era un Amazonas pequeño, dice. Con caimanes, perezosos y monos aulladores «que gritaban más que King Kong». Fue un privilegio observarlos, atisbar sus juegos amorosos. De noche vio desovar a una tortuga. Con ropa oscura, luz infrarroja y en silencio. «Entra en trance. Está muy fatigada, parece que llora. Pone 80 ó 90 huevos y, aunque está extenuada, los tapa y protege de las rapaces y regresa al mar».
Se zambulló en el Caribe. Hizo buceo sin botella. «Ves corales, peces de colores, esponjas. Vives un sueño». Recorrió los cafetales de Cartago a caballo. Como no tiene fuerza en las piernas, le apañaron en la grupa dos correas laterales para sujetarse con las manos. «La mayoría de los recolectores son nicaragüenses. Su enemigo es la serpiente 'matabuey', que es mortal». Fue un paseo plácido. «Genial. La comunión entre caballo y jinete es una auténtica terapia. Parecía saber a quién llevaba encima». Y picó espuelas.
El río azul
En Sarapiqui hizo 'rafting' en aguas bravas. «Fui en barca hinchable. Me ataron a los bordes. Saltamos rápidos, sentimos la fuerza del río». Llegó a las faldas del volcán Tenorio en 'joelette', una silla con grandes ruedas de la que tiran dos personas con correas, como los caballos. «Sufría por ellos, fue duro». Así llegó al Río Celeste. «Según la leyenda indígena, es azul porque Dios, después de pintar el cielo, lavó los pinceles en él». Nada qué ver con la serpiente coral que vio en el camino, «roja amarilla y negra, y tan bonita como peligrosa».
Halló «la soledad buscada» en la Isla del Caño, viendo saltar a las ballenas. Le cautivó la eterna sonrisa de los de los costarricenses, que viven «sin el vértigo y las prisas de los europeos». Pero fue Uvita quien le robó el corazón. «Tiene una playa virgen frente al Pacífico con una punta de arena en forma de ballena». Hay un par de 'sodas', cuenta, donde comes un 'casado', que es un plato combinado, y bebes un jugo de frutas «que ni sabes que existen» mientras ves el atardecer más bonito de tu vida. «Me hubiera quedado». Se marchó «llorando como un crío». Volverá. Vivirá allí con Eva. «A pesar de las incomodidades y renuncias. Me compensa». Calcula que lo hará en cinco años.
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Miguel Nonay.

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