La incorporación del Gran Casino del Sardinero al Festival supone conectar tan emblemático ámbito a nuestra historia musical, pues conviene recordar que aquí, entre otras grandes figuras de nuestro arte, estuvieron nada menos que Isaac Albéniz y Enrique Fernández Ambos. Pues bien en su principal estancia la música de Chopin, muy presente en los salones del siglo romántico revivió con toda su esencia en el simpático divertimento 'Esperando a Chopin', reflejo de un bien planteado proyecto de Michal Znaniecki .
Canciones polacas calentaban el ambiente antes de que se iniciara este sugestivo divertimento en el que combinando realidad y ficción, presenta al Chopin que aunque era de naturaleza enfermiza, también en su breve, pero fructífera existencia, vivió momentos en los que cabía la diversión, tal y como se vio en el Juego a la Gallina Ciega. Andrea Bonelli encarnó una excelente George Sand y fue el hilo conductor de este evento en el que se nos presentó al compositor menos conocido que, entre sus preferencias, estuvo la del bell canto. Como lo demuestra en su transcripción de la Casta Diva de la Norma de Bellini, o en la del Hexámeron de los Puritanos del mismo autor del que, asimismo, hicieron trascripciones Liszt, Thaiberg o Czerny. Especial mención merece la soprano Magdalena Nowacka quien con exquisito gusto recreó con talento a la legendaria Pauline Viardot, y el piano tuvo como intérpretes de clase a Michele Fedrigotti y Francesca Rivabene, que además de las obras ya citadas interpretaron con más que buen nivel la tarantela op.43 y las bellas Variaciones op.74, interesantes y de infrecuente audición. Y todo ello resuelto con una coreografía ágil que buscó la participación del público que se divirtió cuando, con especial énfasis, sonó el dúo bufo de los gatos de Rossini. Fue un divertimento simpático en el que el movimiento de las damas, con cuidado vestuario de la época del músico polaco, cualidad destacada en esta velada en la que la Delfina Potocka estuvo bien servida por Jolanta Podlewska. El público tributó a todos encendidas palmas.
La música francesa fue el leit motiv de una nueva cita dentro del Ciclo de recitales y música de cámara del Festival que en la sala Pereda recibía a una combinación instrumental infrecuente como lo es la formada por Bruno Canino, uno de los nombres más relevantes del pianismo europeo, el clarinetista Darko Brlek, y el flautista Massimo Mercelli. Si la gran clase de Canino se puso de relieve con los Cinco preludios del segundo libro de Claude Debussy, dichos con claridad de concepto, sutilidad tímbrica y rica matización, sobre todo en el luminoso Fuegos de Artificio, el clarinetista Darko Brlek se mostró un instrumentista de cuerpo entero en la Rapsodia para este instrumento del mismo autor, traducida con el ensueño y la ironía que requiere y se hace poesía en el Syrinx también debussyano.
Pero donde realmente dio su talla de intérprete de muy alto nivel fue en la sonata para clarinete y piano de Francis Poulenc, en la que hay que destacar su Romanza muy bien traducida, dotada de dulzura y melancolía, a lo que añadió esas sonoridades tan características del autor de los Diálogos de Carmelitas del que Massimo Briek hizo una más que buena traducción de su sonata para clarinete y piano, en la que en la limpieza de su arquitectura clásica subyace una libertad formal.
Este concierto en el que no hay mucho más que destacar, salvo que contó con escasa convocatoria, se cerró con la atractiva Serenata de Saint Saëns.