Se pide un agua sin gas, así que está claro que algo le pasa al actor Jordi Rebellón (Barcelona, 1957). Es la hora del aperitivo, luce un sol delirante, el mar está vestido de azul de domingo y, a nuestro alrededor, nadie en su sano juicio ha decidido renunciar a una 'cañita', un vino blanco, un tinto de verano, un cava o incluso un mojito, que es una bebida que le pirra al 'doctor Vilches', el personaje que le ha dado fama y dinero. Y, efectivamente, algo le pasa a Jordi Rebellón y no es precisamente, aunque él lo lleva con aparente calma, una buena noticia: ¡un cólico nefrítico lo tiene atado al dolor desde hace ya varios días! O sea: agua y más agua y mucha paciencia. Eso sí, 'el doctor Vilches' fuma; ay, ay.
Menos mal que se puso enfermo estando ya en Águilas (Murcia), en la coqueta casa con vistas al mar que tiene en Calabardina, el mismo lugar al que acudía a descansar el también actor Paco Rabal, aguileño ilustre con el que Rebellón pasó alguna que otra madrugada inolvidable. «Era un tío cojonudo, excelente actor y todavía mejor persona», dice. Y bebe -triste la mirada- agua. Adora estar en Águilas, donde se olvida del mundo pasando el tiempo con sus amigos de hace muchos años y con su familia. «Mis abuelos por parte de madre eran aguileños que emigraron a Barcelona a buscar trabajo. Allí nació mi madre y nací yo, pero desde los tres años llevo viniendo a Águilas. Además, aquí tengo grandes amigos, aquí me relajo y aquí estoy muy a gusto sin hacer nada programado», indica.
«Yo no diría que Águilas es mi segunda residencia, sino que es la primera. Estoy más en Madrid por motivos de trabajo, pero en cuanto puedo me escapo», explica. Sus recuerdos del lugar le provocan sonrisas, satisfacción y añoranza por algunos seres muy importantes para él, como su padre, que ya no están. Volaron. «Cuando tenía ocho años, me quemé con agua hirviendo y me pasé un mes en una clínica. El médico les dijo a mis padres que para no tener que injertarme debía tomar baños de sol y de agua salada. Me vine a Águilas una temporada con mi madre y recuerdo muy bien que, aunque al principio lo pasé muy mal, poco a poco el agua de este mar hizo que cicatrizaran las heridas y que no me tuviesen que injertar. Y eso no se me olvida».
El lugar ha cambiado mucho, pero Rebellón procura siempre mirar al futuro: «Hace treinta años nos bañábamos en una playa preciosa que se llamaba La Calica, que estaba donde está ahora el puerto. Y recuerdo mucho aquellas noches aguileñas de mi niñez, con todo el Paseo de Parra convertido en una fiesta continua. El pueblo vivía, sobre todo, de la pesca y del turismo».
Se acuerda de mucha gente del lugar vinculada a su propio paisaje existencial: «Yo no he sido nunca un gran estudiante, así que mis clases de recuperación de verano las hacía aquí con don Blas. Por las mañanas, playa; y por las tardes, clases. Me siento muy unido a Águilas, y la verdad es que, cuando vengo y ya desde la carretera empiezo a ver el Castillo, todo cambia. Incluso antes de llegar a mi casa ya tengo las pilas cargadas. Llego y, enseguida, empiezo a llamar a mis amigos para irnos a cenar, a tomar una copa, a charlar... '¿Pero tú no has venido a descansar?', me preguntan».
La enfermedad de su padre
No es sólo tranquilidad y amistad lo que le aporta este sitio, que para él tiene «algo mágico, inexplicable, impagable». Cuenta algo que le emociona especialmente: «Mi padre, que pasó una enfermedad muy larga, quiso venirse a Águilas para pasar aquí sus últimos meses de vida, y gracias al clima, a la contaminación cero, al mar... ¡alargó su vida! El médico no entendía nada de lo que pasaba, pero le decía '¡sigue en Águilas, sigue allí!', porque mejoraban los análisis....; Águilas tiene como un poderío, como una magia que hace que la gente se recupere del estrés y esté más tranquila, es muy curioso».
Jordi Rebellón vive solo, sin pareja; no tiene hijos. «De momento no tengo descendencia; ¡vamos, que yo sepa!», bromea. ¿Le gustaría tenerla? «Sí me gustaría, pero para eso se necesitan dos personas y, de momento, no ha surgido la ocasión. Cuando he tenido pareja, o los dos no hemos querido, o uno ha querido y el otro no. Y yo tengo muy claro que un hijo no es cualquier cosa, que un hijo es algo sagrado, un acto inmenso de amor, una gran responsabilidad». Para él, «la relación de pareja es una cosa muy seria. En estos momentos, estoy solo porque prefiero estar solo que mal acompañado. Pero no me gustaría acabar así, me parecería triste...».
-Sopesando salud, dinero y amor, ¿qué tal le va?
-Estoy pasando un cólico nefrítico y ahora mismo tengo más claro que nunca que la salud es lo primero. Sin salud no tienes nada, ni disfrutas del amor, ni disfrutas del dinero. Entre dinero y amor no sé qué decirte. Si he de ser sincero, en este momento yo creo que el dinero, ¿no? Ya sé que suena muy materialista, pero vamos a ser sinceros con nosotros mismos: el dinero te facilita mucho las cosas, te puede hacer mucho más agradable la vida. Yo soy un gran defensor de las parejas y, por haber tenido malas experiencias, no soy de los que dicen 'no, yo no quiero', 'que les den por culo a las mujeres'. No, no, a mí me encantaría tener una pareja, me encantaría tener una situación estable y me encantaría tener una familia. Pero que me encante todo eso no quiere decir que lleve mal estar solo. Yo asumo que esto es así y que ya pasará lo que tenga que pasar. No sufro.
Barquito de vela y tenis
Se lo pasa bien. Sin agobios. Sin compromisos. «Tengo un amigo que es monitor de vela y salgo en un barquito con él; tengo otro amigo con el que juego al tenis...». Lo que no hace es bucear: «Tuve una mala experiencia bajo el agua; me sentí mal y el monitor que venía conmigo, que era un colega, se puso el tío a coger ostras y pasó de mí. Me puse muy nervioso, tuve una taquicardia, lo pasé realmente mal...».
En cuanto a baños en el mar, los justos. «Soy de mar; eso sí, con el permiso de las medusas. Hace dos años me picó una. Creo que era la única que había en ese momento en todo el mar y me tocó a mí que me abordara. Desde entonces no me baño tranquilo, la verdad. No soy hombre de ir a la playa con sombrilla y toalla, ni de tumbarme al sol. Me gusta jugar a las palas, tomarme una cervecita mirando al mar, pasear y, sobre todo, irme mar adentro navegando».
Su casa es su paraíso. «Sacrifiqué espacio y piscina -cuenta- por tener vistas al mar. La casa es pequeña, pero tengo unas vistas que te cagas. Era lo que yo quería, levantarme y acostarme con el mar». Levantarse sin tener que hacer nada en concreto: «Me encanta no tener que hacer nada. Sé estar perfectamente así, sobre todo porque trabajo mucho durante todo el año. Me gusta no tener obligaciones, hacer lo que me da la gana en cada momento. Ya estamos el resto del año puteados trabajando como cabrones porque hay que levantar este país y hay que comer».
Otro trago de agua. «He conseguido, a nivel profesional, lo que quería, que es poder vivir de lo que me gusta. Y, a nivel personal, lo más importante es la amistad y la familia. Yo trabajé doce años en un banco antes de ser actor, y sigo conservando a mis amigos de entonces. Aunque nos veamos una vez al año, o no nos veamos, yo sé que tengo un problema y los tengo en diez minutos a mi lado», dice Rebellón, que tiene la facilidad de poder desconectar con rapidez cuando la cabeza le pide un descanso. «Soy Acuario y puedo evadirme fácilmente, sí. Puedo estar en una reunión con veinte personas y desaparecer... mentalmente. Aparento estar escuchando la conversación pero no me entero de nada porque estoy pensando en mis cosas o me he ido a África. No soy nada diplomático, no aguanto situaciones forzadas. Si estoy a gusto, estoy a gusto, y si no lo estoy me voy. Me voy mucho y luego vuelvo».
-¿Algún viaje a la vista, por cierto?
-La verdad es que yo he viajado poco. África me atrae mucho, pero me dan una pereza horrorosa los aeropuertos; no los aviones, sino los aeropuertos. Me digo: 'Te vas a cabrear, ya sabes que te vas a cabrear'. Y, al final, no viajo.
Le da miedo la muerte. «Y me gustaría aprender a no tenérselo. No soy de esa gente que dice que sólo teme al sufrimiento pero a la muerte no, yo es que no quiero irme de esta vida porque aquí se está muy bien». Combativo, reivindicativo, sincero, no soporta la mentira, la traición y la injusticia, y hay algo en lo que no quiere pensar: «Me dolería mucho perder amigos, lo sé. Sólo he estado a punto alguna vez de perder a uno y ha sido muy jodido. La pareja es otra cosa, porque hay mucha gente en el mundo... Me dolería más perder a un amigo que a una pareja». Contrario a toda violencia, asume que no puede caerle bien a todo el mundo. «Me muestro como soy, no cultivo ninguna imagen. Trabajando me vuelco en hacer lo que más le convenga al personaje, pero en la vida no pienso en cómo quedar bien».
Aun así, no deja Rebellón de firmar un autógrafo, ni de hacerse una foto. No va de simpático, pero es un tío correcto, educado, normal, un tipo normal. «A mí -deja claro- no me ha llegado la fama con 20 años, a mí me ha llegado con 40 años y sabiendo muy bien cómo funciona este mundo. Yo no soy famoso, soy actor. Un actor conocido porque he trabajado diez años en una serie con muchos millones de audiencia. Me gusta seguir haciendo las cosas que he hecho siempre, y lo único que he dejado de hacer es ir en metro».
¡Ah, una cosa muy importante! No lo comparen con el 'doctor House', porque se le remueve la piedra en el riñón. «No me hace ninguna gracia cuando me preguntan si yo soy el 'House español'. ¡Pues mira, no, no lo soy! Vamos ya de una vez a aprender a defender lo nuestro, porque 'House', serie de la que he visto algún capítulo y que está muy bien, llegó después de 'Hospital Central'. Yo no me comparo con nadie, pero puestos a comparar que lo llamen a él el 'Vilches americano', ¿no?», propone.
Ya no le queda ni una gota de agua, así que pide más. Hoy toca agua y más agua y comida ligera, ligera, ligera, nada de gambas a la plancha. «¡Lo que más me gusta del mundo!».