Cuando el grupo musical Polansky y el ardor preguntaron en los ochenta aquello de '¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?', España lo cantaba con humor. Ahora no se ríe tanto. La demanda de refugios nucleares ha crecido un 30% en los últimos dos años bajo el reino creciente del miedo. En aquellos días aterraban los misiles, ahora también, pero se les han sumado los terremotos, inundaciones como las de Pakistán del mes pasado, las borrascas perfectas, las olas gigantes y hasta las tormentas solares: cada vez más españoles se quieren refugiar del cambio climático. Ocupan ya un tercio de las peticiones de este tipo de construcciones. Un chalé como cualquier otro, pero bajo la tierra.
Cada uno busca su razón para esconderse. Las hay a patadas: la tensión armamentística con Irán, las broncas entre la India y Pakistán, la recolocación del sistema geopolítico después del despertar de China, las riadas, el calentamiento global y hasta las profecías mayas, que terminarán, según Patrick Geryl -el gurú holandés del acabose- con la polaridad en la Tierra. Esto es el fin de los aparatos eléctricos, un mundo sin internet, ni luz y arrasado por el pillaje... Un desastre. Hay incluso un grupo de ciudadanos que, temerosos de no llegar a 2013, se han encargado de hacer una urbanización en la sierra, bajo tierra y a prueba de cataclismos.
Se lo han pedido a Antonio Alcahud, el rey de la promoción de refugios antinucleares, bacteriológicos y químicos en España. Este albaceteño de 64 años ha construido o participado en los proyectos de los cerca de 400 que hay en España, de los que tiene la patente. ¿Cómo se convierte uno en hombre-búnker? A Alcahud le sucedió en 1975, cuando leía un artículo sobre estas construcciones en Suiza. Era ingeniero nuclear, le gustaban las obras que perduraran y ningún asesor laboral le hubiera encontrado un trabajo mejor. «Me di cuenta de que era lo mío», dice. Desde entonces, es la persona a la que recurren los que juegan a ser el más precavido de los tres cerditos del cuento.
Alcahud fundó así su empresa (ABQ) y en 1976 se entrenó con el diseño de un hospital subterráneo con 1.200 camas (que nunca se hizo) y tomó la alternativa en 1980 con un chalet en Sant Cugat que costó cinco millones de pesetas (hoy, uno de cien metros cuadrados valdría 130.000 euros). Si se compara con lo que hay en los escaparates de las inmobiliarias, un refugio atómico no es tan caro. Según Alcahud, el costo de la obra oscila entre 800 y 1.000 euros por metro cuadrado. Barato sí, pero no lujoso. «Por dentro, parece una casa normal», aunque tenga unos muros de 40 centímetros de grosor en hormigón armado que soportan 30.000 kilogramos de presión por metro cuadrado (puede sumergirse bajo treinta metros de agua sin colapsarse).
No es luminoso, ni importan las vistas. No tiene ventanas, aunque la carencia puede ser una ventaja cuando a uno le cae una bomba atómica en lo alto. A cambio, los refugios traen de serie electrogeneradores, sistemas de purificación del aire y válvulas antiexplosión que dejan fuera la onda expansiva, esa molesta invitada.
Dentro, estará moderadamente a salvo. Si usted fuese el dueño de un búnker y cayese la bomba de Hiroshima a 30 metros del hogar, se daría un buen susto, pero sobreviviría. Claro que 'Little Boy' (140.000 muertos) era una baratija de diez kilotones y su efecto, un arañazo comparado con cómo dejan las ciudades los 'regalos' de un megatón que se guardan en los arsenales de hoy en día. Los refugios aguantan una de esas a más de 1.200 metros.
Hasta cuatro años bajo tierra
Queda la duda de si quedará algo por ver en la superficie después de que los que mandan pulsen el botón rojo. Los dueños de estos escondrijos son de la opinión de que sí, por eso mismo se los hacen. Hasta ahora tenían una autonomía de 15 días. Para poder salir. Las 'vacaciones' nucleares necesitan dos litros de agua por persona y día, y un kilo de comida por barba.
Ahora quieren más. Según Alcahud, sus clientes piden cada vez más refugios climáticos en los que poder aguantar hasta cuatro años por si a la Tierra le da por rebelarse. Ya son uno de cada tres. «Se puede hacer. Se trata solo de dotar al refugio de más comida y más agua, que se conserva perfectamente ya que se mantiene en la oscuridad a temperatura constante».
Habrá para quien un 'pepinazo' nuclear o un gran cataclismo tal vez no sea tan malo ante la perspectiva de pasar cuatro años encerrado en cien metros cuadrados con la familia propia y la política. Para los demás, vivir en su segurísimo agujero puede ser un proceso bastante rutinario. Antonio Alcahud, que entrega un manual de protocolos con cada 'casa', recomienda que se elija a un jefe del refugio -una mezcla entre Jack y John Locke, de 'Perdidos'-, la persona que se encarga de repartir las tareas. Unos harán la comida (de lata o liofilizada), otros seguirán las noticias por televisión, radio o internet (si es que queda alguien allí arriba emitiendo), otros limpian, se ocupan de distraer o enseñar a los niños, etc. ¿Y se puede fumar? «No es que se pueda: se debe», dice el ingeniero, que apuesta porque cada cual conserve sus costumbres dentro de lo posible para evitar el estrés. Por esta misma razón, los colores de las paredes nunca son «el blanco que recuerda a los hospitales», ni tonos estridentes que favorezcan situaciones de mayor nerviosismo. Paredes pastel.
Entre sus clientes, todos quieren tener un refugio, pero nadie tener que utilizarlo. Mientras no se termine el mundo tal y como lo conocemos, el diseñador recomienda que se le dé un uso cotidiano a las estancias. Lo utilizan como sauna, gimnasio, spa, cámara (muy) acorazada o galería de tiro. También sirve como lugar para plantar champiñones, gimnasio, salón de casa o párking. El Hotel Beatriz de Talavera de la Reina tiene uno de 600 metros cuadrados que usa para aparcar los coches de sus huéspedes (es el único que es visitable). Alcahud incluso llegó a diseñar una guarida en el domicilio de un músico que quería un búnker con estudio de grabación y patio al estilo de un monasterio para grabar sesiones de canto gregoriano. Además, la cúpula debía emerger en el lago de su casa y el conjunto lucía unas asas gigantes para poder amarrarlo y transportarlo por los aires e irse con la música a otra parte. «Fue algo increíble -dice el ingeniero-. Se quedó sin dinero, claro». Alcahud usa el suyo para guardar sus «vicios», que no son otros que el vino. Él mismo se hizo uno en un lugar que no está dispuesto a revelar, pero que dista de cien kilómetros de Barcelona, a 600 metros sobre el nivel del mar. Si la cosa se pone fea y Alcahud no llega, dispone de una red de búnkeres de amigos repartidos por el país. Esté dónde esté en España, tendrá uno a menos de cien kilómetros. «Vivo tranquilo, justamente porque tengo dónde meterme».