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La vida auténtica de un pasiego del Asón

CANTABRIA

La vida auténtica de un pasiego del Asón

12.10.10 - 00:26 -
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Dicen por Bustablado que hay un pasiego que no se siente pasiego pero vive a la antigua en cabañas pasiegas con sus vacas, que tampoco son pasiegas. Cuentan que tiene una 'pinta' auténtica, que sube y baja montañas, a pie o en su mula negra sin nombre, que está más que a gusto consigo mismo allá arriba, en Espinajones, que es el más famoso del valle sin pretenderlo, y que hasta el presidente Miguel Ángel Revilla quiso conocerlo en la pasada fiesta de Los Machucos.
Resulta que es el primo del alcalde de Arredondo, Luis Alberto Santander, que inútilmente marca su número de móvil -porque tiene móvil- para saber por dónde anda. No da resultado. Prueba con el modo infalible de toda la vida: «¡¡Hilaaaaaaariiiooooooooooooo!!». Terminado el eco de su nombre, se acerca un sonido de campanos. Ahí está Hilario, de apellido Peral, rodeado de vacas.
Es un hombre de 54 años bajito y flaco, con unos enormes ojos azul cielo. El pelo revuelto le asoma de una gorra de color indescriptible. Lleva apañado un pantalón varias tallas más grande metido en botas de goma. Del bolsillo de la camisa le sale un cordón azul atado a su teléfono, «el tercero que tengo. Lo amarro para no perderlo como los otros». «¿Pasiego yo? Si no soy de las villas. Yo soy del Asón», contesta, y señala con un dedo a lo lejos «allá, acá, allá, ahí, allí y allá», que es donde dicen que están sus cabañas, dos propias y cuatro arrendadas. «Por la de ahí pago 6.000 duros al año». ¿Duros?, «bueno, 30.000 pesetas». De euros ni hablar.
Cuenta su primo que Hilario vivía antes con sus padres, a un kilómetro del pueblo de Bustablado. Pero que en cuanto éstos fallecieron se «independizó» de otro hermano soltero y subió a las montañas. De ésto han pasado ya 15 ó 20 años. «¿Solo? No, con mis 50 ó 60 vacas», dice Hilario, que vive con su perro 'Loby' «y otro atontao que tengo amarrao, que me hacen compañía». Sus cabañas están hasta el techo de la hierba que recoge a dalle y lleva con el cuévano, pero en una de ellas se hizo un «rinconillo, en el que quepo yo solo, con una colchoneta sobre unas tablas donde duermo y un hornillo». No hay luz. Se apaña «con una vela y un candil». Y en cuanto asoma la noche, «a dormir». Y agua, sí, «de eso tengo fuera, la bajé por goma de la Porra de las Hormigas» -señala allá en lo alto el paraje con tal estupendo nombre-, pero no hay grifo, «sale todo el rato».
Qué va a ser difícil vivir así. «Estamos hechos», dice constantemente, «de pequeño yo ya venía por aquí a cuidar novillas». Pero ahora aguanta todo el año, con sus inviernos a 900 metros de altitud. «Muchas veces la nieve me cubre la cabaña, y para salir tengo que subir a gatas por encima de la puerta».
Suele levantarse sobre las 7.30, «un poco antes en verano». Calienta café y luego sale a segar. A mediodía se prepara algo para comer, y está delgado -dice que pesa cincuenta y pocos- no porque no coma, «es que no paro quieto. Me lo lleva el trabajo».
También disfruta de las comodidades que le traen los tiempos modernos. «Ahora hay carretera -desde hace tres años- y como pan fresco cada día, que me trae el panadero», porque antes bajaba al pueblo en la mula por el camino de Porracolina una vez por semana a por pan para los siete días. Sin embargo, no pudo subirse al carro de las energías renovables, y eso que lo intentó: «Solicité una subvención para poner una placa solar y me la denegaron». Dice que cocina «a veces tortilla», con los huevos de unas gallinas que tiene en un cerrado, y come los víveres que le lleva la hermana de vez en cuando, que también le va a buscar la ropa sucia de cuando en vez para lavársela en Rasines. «¿Que cómo me lavo yo? Así y así» -hace gesto con las manos-, «malamente me lavo. Esta semana me quité las barbas que llevaba de 15 días hasta aquí».
Fue «poco» a la escuela, «un par de veces» al cine cuando lo ponían en Ramales «hace cuarenta años», y comió en restaurantes «en alguna boda de algún primo». Nunca ha salido de Cantabria y a Santander fue una vez porque tenía que ir al médico. Y jamás se aburre. «Yo vivo a mi ritmo con mis vacas. Sólo me aburro cuando llueve porque no puedo hacer nada».
Muy de tarde en tarde baja al bar del pueblo. Allí se toma «una cerveza o un vino», charla con los vecinos, ve un rato el fútbol si hay y se va. «Nunca jugué a las cartas». No sabe qué música le gusta, «conozco poco... Manolo Escobar», y también va «poco» a los bailes, «si ni siquiera bajo a San Íñigo». Así las cosas, de mujeres «nada, no me casé porque no tuve tiempo y salí poco de aquí». Pero a amigos le ganan pocos, «yo con todos me llevo bien, ¿famoso yo? Qué va. Es que no hay otro Hilario».
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Hilario sale de una de sus cabañas de Espinajones (Bustablado, Arredondo) con el dalle y el cuévano a segar la hierba. :: SANE

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