Suena raro que la firma fundada por la sombrerera Jeanne Lanvin en 1889 vuelva a ser la más deseada. La casa de alta costura más antigua de Francia ha estado a punto de entregar la cuchara varias veces a lo largo de su dilatada historia. La mítica 'maison', que introdujo la camisa como prenda femenina y creó un azul propio -azul lanvin-, despedía un tufo tan rancio que a nadie le hubiera extrañado su desaparición. Era un cadáver que iba pasando de mano en mano hasta caer, en 2002, en las de Alber Elbaz, que la ha resucitado con cortes de precisión casi quirúrgicos. Este diseñador tímido, atormentado e inseguro, nacido en Casablanca en el seno de una familia judía, ha conquistado a muchas de las clientas más elegantes y ricas del planeta con una estética sutil y sin estridencias.
Porque Lanvin es sinónimo de refinamiento y exclusividad. De precios imposibles. De abrigos de plumas y vestidos largos fluidos, patronajes impecables, cortes al bies y drapeados. Pese a sus recelos iniciales, Alber tiene todos los boletos para ser, a partir del próximo martes, un nuevo icono popular, al estilo de Cavalli o Lagerfeld, por su colaboración con H&M. «Nunca estuvo en mi agenda hacer algo así, pero vinieron dos tipos de H&M y consiguieron llegarme al corazón». También al bolsillo. «Me hablaron de traducir 'el sueño Lanvin' a todos esos hombres y mujeres a los que les gusta lo que hacemos, pero no se lo pueden permitir», confiesa. El gigante sueco de ropa barata lanzará una línea asequible que reproduce los modelos más exitosos con los que Alber ha reafirmado en la última década su obsesión por la belleza -«no tengo muy claro qué es porque lo opuesto de lo bello también es bello»- y su propósito de hacerle la vida «más fácil a las mujeres».
Más que vestidos, este creador de 49 años al que le encanta estar solo edifica sueños para elevar a la mujer a un lugar «más alto. La moda tiene que crear placer, como el chocolate», argumenta. También ha redescubierto la palabra «deseo». En este universo tan fashion «nos obsesionamos con los desfiles y lo que está de moda, pero a veces olvidamos que el deseo es lo primordial». Cuenta que le sucede a los hombres que diseñan para mujeres, ya que «ellos no la van a llevar». La ropa debe provocar la tentación de «tocarla, sentirla y poseerla», reflexiona. Sabe de lo que habla porque ahora piensa «como una mujer» y se siente un «gran feminista», sin necesidad de «travestirme», ironiza.
Pajarita y sin calcetines
Su peculiar atuendo le convierte en un hombre extraño, casi de otra época, dentro de un mundo tan fino y moderno. «Hay que superar esa tontería de estar permanentemente obsesionado por lo último». Considera que la ropa ya no proyecta «una posición o un cargo». Exterioriza, en su opinión, cómo es la persona que «lo lleva». Con bastantes kilos de más -«al tener sobrepeso mi fantasía es la ligereza y seguramente si fuera delgado haría ropa más armada»-, Elbaz rara vez pasa desapercibido. Amante de las pajaritas enormes y lazos anudados al cuello, contempla el mundo a través de gafas de pasta negra. Completa su look con pantalones bombachos que acentúan su baja estatura y zapatos -casi siempre sin calcetines- que recuerdan a los que calzaba Chaplin.
Pendiente de las críticas -«soy muy sensible a lo que opine todo el mundo»-, viste así desde que se formó en los talleres del neoyorquino Geoffrey Beene y Guy Laroche, antes de que Tom Ford le diera una patada y le apartase de la línea prêt-à-porter de Yves Saint Laurent. De casa en casa, siente su trabajo como «un matrimonio», aunque se resiste a casarse con ninguna firma «por la iglesia. Tal vez te cases una, tres o diez veces en tu vida, pero tú siempre estás ahí, aunque cada matrimonio saca algo distinto de ti», admite. Todavía le escuece el «divorcio dramático» del grupo Gucci. «Fue un momento difícil, con abogados desagradables, niños llorando, desgarro familiar, reparto de casa y coches...», enfatiza.
Con Lanvin parece difícil que acabe de forma traumática. «Fui yo quien elegí», confiesa. Por el momento, el tándem funciona de cine. La pareja Elbaz-Lanvin es la más envidiada. ¿La fórmula del éxito? Cuenta que está «en evolucionar sin revolucionar» los principios de la 'maison' y ser fiel a uno mismo «para que lo que haces no suene falso. El pasado, advierte, no puede reproducirse pero sí servir de inspiración porque «la mujer de hoy no tiene nada que ver con la de los 70, los 80 o incluso los 90», razona. «Su cuerpo es distinto, come cosas distintas y tiene una relación distinta con los hombres». No obstante, hace un hueco a la nostalgia con la recuperación de los clásicos bordados de Jeanne.
Rostros sin edad
Elevado a los altares, a Alber le sigue hoy una legión de celebrities, aunque recela de las mujeres «guapísimas pasadas de botox» y subidas a tacones altísimos. «Me aburren», reconoce. Detesta los rostros sin edad y «sin expresión» y adora a las mujeres mayores porque necesita las «huellas del tiempo» para entender a la gente y sus emociones. «Tengo que hacer que las mujeres estén guapas y que la persona sea más importante que el vestido que lleva». Disparó su fama cuando Kate Moss lució un vestido suyo en su primera aparición pública tras dar a luz.
«Convierte en 'cool' todo lo que se pone. Pero ser 'cool' significa que al siguiente puedes ser 'cold' (frío) y que el último diseñador te quite el puesto». Y Alber, que se intercambia ramos de flores con sus colegas Azzedine Alaïa, Marc Jacobs y Phoebe Philo antes de los desfiles, no pasa por ahí. Aspira a algo más. «Quiero ser relevante». Aunque sea con el nombre de Lanvin, la firma más vieja y, también, más deseada.