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Firasat, un ordenador pensante

CANTABRIA

Firasat, un ordenador pensante

27.11.10 - 00:35 -
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Imran era «un ordenador pensante», una «mente muy inteligente» que no paraba nunca de maquinar «cómo conseguir más dinero». Así definieron ayer dos cántabras que trataron al pakistaní Firasat, el hombre que residió casi tres años en Cantabria, región desde la que tramitó con éxito su estatus de refugiado político para él y para su compañera, la indonesia Jenny Setiawan con la que no formaba una pareja «por amor», como ambos contaban, «sino por negocio». Lo increíble del caso es que casi toda la gente que le conoció, que fue mucha, «se tragaba su historia de pareja perseguida en Pakistán e Indonesia».
El pakistaní ha acabado en manos de la policía española y no por la orden de busca y captura que pesaba sobre él tras haber sido denunciado por sus socios en Cantabria, sino gracias a una Orden Internacional de Detención, ya que se le acusa de haber dado muerte, descuartizado y repartido en bolsas y maletas a un empresario indonesio al que secuestró y por el que intentó obtener un rescate en la ciudada indonesia de Karawang. Tras el asesinato, el joven logró volver a España, primero a Córdoba -donde también se le acusa de los delitos de agresión y robo- y luego a Madrid, donde le encontró y detuvo la Policía Nacional.
Las personas que le conocieron y ayudaron en Cantabria respiran ahora aliviadas. Sobre todo una que, aunque nunca (ni en su entorno más cercano) cuenta la relación que tuvo con él y su familia, lleva dos días «encantada» con que le hayan encontrado. «Yo le busqué por internet, pregunté en embajadas. Sabía que, tarde o temprano la volvería a hacer en algún sitio». Esta persona se había volcado con Imran y Jenny cuando tuvieron a su tercer hijo en Santander (una niña) y la madre estuvo a punto de morir. «La acompañamos en el hospital, le ayudamos a él con los otros hijos....»
Cuenta y no acaba para concluir que, cuando se le trataba de seguido, la imagen de hombre necesitado de protección se desmoronaba sin remedio. «Vi que le molestaba tener hijas, y no hijos. Noté que no contaba nada de su vida en Pakistán, que renegaba en público de su religión pero luego decía que volvería a su país para buscar un marido adecuado a las niñas....».
También empezó a ser evidente su «deformación de la personalidad: iba de bueno, pese a que a sus empleados les trataba fatal y era terriblemente calculador. Sabía bien a quién podía dejar a deber dinero y a quién no. A la gestoría que le llevaba todos los papeles, por ejemplo, les pagó siempre religiosamente porque le asesoraban sobre ayudas y la forma de conseguirlas. A la empleada de la gestoría la volvía loca».
No paraba de pensar dónde y cómo conseguir dinero, coinciden las dos mujeres. Una cuenta que «una vez nos pidió fondos para ir a China a comprar maquinaria para los negocios de hostelería. Decía que allí la conseguiría más barata. Y se fue 20 días, desde luego, pero sabe dios a dónde. Era un mentiroso compulsivo». Otra recuerda que, cuando Firasat huyó de Santander dejando detrás un reguero de damnificados por impagos y deudas, el sentimiento general fue de estupor. «Era muy listo. Cuando empezaron los problemas estuvo claro que era un manipulador nato, que sabía perfectamente qué decir, a quién y de qué manera. Ayudaba mucho la presencia de los niños, a los que llevaba a todas partes. Sobre todo si tenía que pedir».
Que el pakistaní se movió, además, como pez en el agua entre las instituciones y los medios de comunicación lo demuestra el que, incluso, le debía dinero a la Administración regional, a la que había pedido una subvención para montar uno de sus negocios y que le había notificado que debería devolver los fondos recibidos por no cumplir las condiciones por las que se le concedió la ayuda oficial.
A los medios de comunicación se presentaba siempre con una corrección fuera de la común y hasta arriba de documentos oficiales que avalaban su relato. Hablaba un castellano más que correcto y tenía una labia que hacía al interlocutor quitarse el sombrero. Llegó a reclamar públicamente que no se le sancionara por un pequeño conflicto que tenía con la Consejería de Presidencia por una máquina tragaperras, heredada en el bar que regentaba. Había estudiado con lupa legal el asunto y sabía que no tenía razón, pero apelaba a su condición de emprendedor para que no se le multara.
Bajo esa apariencia de hombre enamorado, trabajador, recto y educadísimo estaba «el otro Imran: el que no hacía demasiado caso a su mujer y a sus hijos, a los que simplemente utilizaba para sus fines y el que ya tenía en la cabeza cambiar de país. No dejaba de estudiar dónde conseguiría más beneficios. Había estado mirando Canadá y Estados Unidos. Pero las gestiones que debió hacer no le convencieron. Resultaba muy difícil entrar en cualquiera de ellos a pesar de ser un refugiado».
Quedan ahora decenas de interrogantes en el aire. Dónde estarán sus tres hijos -uno de ellos santanderino-, si las denuncias que se interpusieron contra él en Cantabria se pueden reactivar ahora que ha aparecido... Y qué habrá hecho este «ordenador pensante» en los dos años y medio que han pasado desde que se fue de la región y hasta que se le fundieron los plomos en Indonesia y mató y descuartizó a alguien que no le dio lo que perseguía.
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