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A tientas

Tras el éxito de 'Fin', David Monteagudo vuelve con una breve novela intensa y simbólica

23.12.10 - 00:01 -
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Si 'Fin' era una historia generacional protagonizada por un grupo de amigos que se reencontraban para pasar unos días en una casa de campo, 'Marcos Montes' nos habla de un grupo de mineros al que un desprendimiento deja atrapados a dos mil metros de profundidad. De nuevo estamos ante un tenso relato de corte psicológico en el que se analizan las relaciones de un pequeño colectivo de seres humanos en serios apuros. Y de nuevo estamos ante una historia de intenciones asfixiantes que se resuelve de un modo sorpresivo y un si es no es sobrenatural.
Marcos Montes es un minero de temperamento solitario y perfil reflexivo. Al comienzo de la novela, el personaje se despierta para ir a trabajar como un día cualquiera y el autor nos describe con su peculiar óptica narrativa cómo se las arregla para salir de su habitación, rutinariamente a tientas: «La puerta no distaba más de cuatro o cinco metros del borde de la cama. Marcos llegaba hasta ella buscando primero la pared, y desplazándose por ésta hacia su izquierda, hasta que en algún momento su mano tropezaba con el pomo de la cerradura».
Un rato después, Marcos estará haciendo lo mismo -buscar una salida en medio de la oscuridad- en la galería de una mina. Las páginas en las que Monteagudo describe el accidente, el reencuentro del protagonista con sus compañeros y el intento de los mineros por organizarse para encontrar una salida son estupendas: una especie de lucha de psicologías en las que van emergiendo de un modo casi natural los líderes, los cobardes y los malos tipos. Y todo eso sucede en la más completa oscuridad. Los mineros ni siquiera pueden distinguirse las caras y tienen que identificarse por la voz. El autor soluciona esa papeleta técnica con gran habilidad y de un modo escasamente artificioso. Es este un libro en el que la falta de luz adquiere un peso tan significativo como impresionante.
Durante el encierro en la mina, Marcos mantiene la calma y casi hasta se encuentra contento. Es un hombre que se siente feliz estando solo, pero incluso a él le sorprende la tranquilidad con la que vive una situación dramática. Marcos está a gusto sin que nadie le vea, analizando los comportamientos de sus compañeros. Al final de la novela el lector encontrará las razones de ese extraño bienestar. Pero antes deberá asistir a uno de esos asombrosos cambios de rumbo temáticos que, por lo que vamos viendo, caracterizan la narrativa de Monteagudo. En mitad de la novela Marcos se encontrará con Gabriel, un minero de origen africano que es uno de los pocos compañeros por los que siente una clara simpatía. Ambos se enfrascarán en una conversación de implicaciones morales. A partir de un episodio ocurrido en la mina, hablan del sentido del deber, la culpa y los remordimientos. Gabriel tiene algo de presencia irreal y es la pieza que hace que la novela se adentre en los terrenos de lo fantástico para desembocar en un final alegórico quizá no del todo imprevisible. En cualquier caso, todo esto ocurre en un suspiro de apenas cien páginas. David Monteagudo construye una historia personal, potente y llena de significados que además presenta la discreta elegancia de la brevedad. Se trata de una creación contundente que subraya la buena impresión que este autor gallego afincado en Cataluña causó hace un año con su primera novela.
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