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Había una vez... otro circo

CULTURA

Había una vez... otro circo

Más de cuarenta personas preparan el estreno del Circo de los Horrores

02.02.11 - 00:16 -
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«Yo interpreto a una niña que va a jugar a la pelota con el público y se va a divertir mucho. Luego, Nosferatu -que es mi padre- me va a quemar en un ataúd, y después vuelvo a aparecer de blanco». Sara Silva (Barcelona, 2000), hija de Suso Silva, director del Circo de los Horrores, resume de este modo su participación, como benjamina de la pista, en el espectáculo. Estaría bien poder verla en su colegio enseñando la foto de sus padres: Nosferatu y una mujer vampiro que hace un striptease con una culebra.
Algo ha cambiado en el circo -sólo hay que asomarse a esta carpa donde más de cuarenta personas se afanan por tenerlo todo listo para el estreno de mañana- aunque el espectáculo sigue basándose en las increíbles habilidades de sus protagonistas. También se mantiene la fascinación que ejerce sobre los chavales: los ojos con que Sara sigue las actuaciones de sus compañeros reflejan el mismo asombro que los de su padre cuarenta años atrás.
«Yo tenía siete años -explica Suso Silva (Orense, 1962)-. Mi padre es abogado y mi madre es maestra: yo no me vi forzado por cojones a hacer circo. Pero lo mamé desde muy pequeñito: yo soy sobrino del padre Silva, el mítico fundador de Bemposta, la Nación de los Muchachos».
Comenzó su carrera en el Circo de los Muchachos. «Empecé cantando y haciendo acrobacia. Era chiquitín y entonces en las pirámides me subían arriba del todo porque pesaba diez kilos . Empecé haciendo acrobacia, después pasé a hacer malabares, después me subí al trapecio volante, hice de cómico en el trapecio volante, después hacía un número de acróbatas excéntricos, de locos... he pasado por todo. Después, estaba la magia de vivir en caravanas, de compartir tu vida sin tus padres con otros muchachos de tu edad, el sentirte independiente... el seducir al público. Era un mundo, todo por descubrir, maravilloso. Descubrir otras culturas, otras gentes...».
Lo que sucede es que esa existencia de libertad y continuo descubrimiento también reclama su peaje. «Estoy todo remendado. Me he caído del trapecio. En Noruega me rompí el tendón de Aquiles y tuve que dejar la gira seis meses; había nacido mi hija y se me caían las lágrimas: no podía ni conducir. Tuvimos que volver a España para que me operasen. Después, jugando al fútbol, me rompí el otro tendón. Se me ha salido un hombro no sé cuántas veces. Me caí del trapecio y me rompí una muñeca. Pero son los gajes».
De un riesgo a otro
Ahora ha cambiado un riesgo por otro: un salto sin red al mundo empresarial. «Es muy distinto del mundo artístico. Yo pensé que esto iría fluido, porque tengo un producto fantástico y el público haría cola. Pero hay que comunicar bien, hay que trabajar mucho con los medios, hay que publicitar, hay que ir a por el público. Son tiempos muy complicados para tener una empresa de cuarenta y tantas personas que somos; hay que tenerlos bien puestos para arriesgarse porque son muchos sueldos, muchas seguridades sociales». ¿Que cómo se decidió a dar el gran paso? «Se empezó a gestar a partir de 2003, cuando me concedieron el Premio Nacional de Circo. La ministra Calvo me dijo que tenía «el derecho y el deber» de crear algo, de reorientar el circo, lavarle la cara, quitar las telarañas que cubren el circo más convencional, adaptarlo».
La idea también le gustó a Javier Trave (Sevilla, 1966), el hombre que está debajo de Grimo, el payaso asesino, otro alumno del Circo de los Muchachos, adonde llegó de rebote. «Yo empecé en el circo a los nueve años. Cuando el Circo de los Muchachos presentó su espectáculo en el Palacio de Goya, en el año 74, el padre Silva, el fundador, en un reportaje de televisión, ofreció cinco becas a los primeros cinco niños que escribiesen para hacer circo. Les daba beca de estudios y escuela de circo, y yo fui uno de los agraciados. Pero no escribí yo. Escribió mi hermano el mayor; como exigían tener buenas notas, puso mi nombre, pensando que no iba a haber contestación. A los tres meses recibió la carta y mi hermano les explicó a mis padres el tema. El circo vino a Madrid, fuimos a ver el espectáculo, hablamos con las personas responsables de todo el asunto, y vieron una buena experiencia y una aventura. Para mí, la verdad, fue un poco duro al principio irme de casa y quedarme como 'interno'».
Conoció a Suso entonces, pero sus rumbos, aunque paralelos, permanecieron separados hasta que, hace cuatro años, le ofreció unirse al Circo de los Horrores. No lo dudó. «Lo que me sedujo fue la novedad de adaptar y teatralizar, que es lo último que venía haciendo. Dar una vuelta de tuerca al concepto. Yo me especialicé en malabares cuando hice escuela de circo; hacía un número aéreo, un número cómico de acrobacia en pista, también estuve dos años de equitación, de rodeo... he tocado casi todos los palos. Ahora se me propuso la oportunidad de hacer de clown, fuera del concepto del payaso normal. También me gusta que aquí siempre se está dando algún paso, no se anquilosan los artistas; siempre está abierto a sugerencias, ideas, que se van probando, no es un espectáculo cerrado a cal y canto».
De la gimnasia a la carpa
El caso de Valentin Badea (Rumanía, 1978) es diferente. A él -y a su hermano- el circo le permitió seguir aprovechando sus capacidades acrobáticas tras concluir su carrera como gimnasta. «Estuve practicándola trece años y mi hermano ocho. Después, empezamos en el Circo Estatal de Rumanía, y ya llevamos siete años. Te acostumbras rápido, aunque es muy diferente. Ahí se hacía todo por las notas y las calificaciones, y aquí se hace por el público».
¿Qué pasa cuando el cuerpo no da más de sí? «Soy entrenador y profesor de gimnasia y de circo. Tenemos formación para que cuando ya no podamos salir a la pista formemos a nuestros relevos. Además, en el circo aprendes muchas cosas. En mi país tenemos un circo fijo y otro móvil, y yo soy el encargado del montaje y desmontaje. Con eso, ya tengo otro trabajo posible. Pero yo me imagino detrás de la pista enseñando a mis relevos».
Sara conoce estas historias y las del resto de los integrantes de la compañía. Mientras se esfuerza por aprender -«un poco de telas, un poco de trapecio, patines...»- se siente privilegiada por pertenecer a ese mundo. ¿El futuro? «De momento, quiero ser actriz: Después, no sé». Lo que importa es este presente, como dice su padre, «terriblemente divertido» y al alcance de muy pocos a su edad. «Aquí no suelen venir niños, porque tienen miedo». ¿Y ella no? «Lo mío es diferente. Yo no soy una chica normal».
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