Cuando Gustavo Bengoechea Santamaría (Santander, 1972) les explicó a sus padres que dejaba el ejercicio de la arqueología y sus estudios de doctorado en la Universidad para ser bombero, la noticia cayó como un jarro de agua fría. «Mi familia no se lo podía creer». Pero a él, desde pequeño, como a tantos niños, le gustaba ser bombero y lo consiguió: cabo del Parque Comarcal de Torrelavega. Estudió la carrera de Geografía e Historia en las universidades de Cantabria y de Santiago de Compostela, «donde sabía que tendría mayor promoción universitaria». Una vez conseguida la licenciatura decidió ligar su futuro al mundo de la docencia superior y comenzó sus estudios de doctorado «con el objetivo de dedicarme especialmente a la investigación».
Sus primeros contactos con el ambiente laboral fueron, «al principio ir de beca en beca, y después, contratos temporales en la Universidad» y en empresas privadas relacionadas con la arqueología: «Me apasionaba ese trabajo. Toqué la mayoría de los estadios porque hice Medieval, Moderna y, sobre todo, Prehistoria, un ámbito que en Cantabria, además, tiene grandes posibilidades y una gran tradición».
Siguiendo con su especialización dio el salto a Barcelona, donde permaneció tres años y medio, también ligado al trabajo con la arqueología, donde encontró un amplio campo de trabajo «porque los contratistas de obras públicas están obligados por ley a hacer prospecciones y excavaciones para salvar los posible yacimientos». Su tercer destino profesional como arqueólogo fue Valencia «donde existe también una gran tradición arqueológica por la acumulación de culturas». Aumentando su campo laboral entró también a realizar arqueología submarina en Cádiz «porque allí hay grandes posibilidades en este campo por las civilizaciones romanas y fenicias».
Decía Santiago Ramón y Cajal que investigar en España es llorar. Lo decía hace muchos, muchos años, y sabía de qué hablaba. Algo así le pasó a Gustavo Bengoechea: «Desencantado y harto de la precariedad laboral, de no poder hacer planes a medio o largo plazo, me cansé de los pagos de la Administración a seis meses y decidí tomar otro camino diametralmente opuesto».
Fue en ese momento cuando se planteó qué hacer y pensó que «el futuro laboral como arqueólogo se presentaba muy complicado» y resucitó un olvidado sueño infantil: ser bombero, y decidió opositar. Podía haberlo hecho por la rama de su titulación universitaria, como profesor, «pero me impuse un cambio de vida radical». Asegura que no fue tarea fácil: «Hay que tener una forma física excepcional, superar unas pruebas durísimas y, además, un programa de teoría muy exigente. No es tan sencillo como puede parecer a primera vista». Hincó los codos y se puso a estudiar y se presentó a varias oposiciones «para hacer rodaje».
«Si no has perdido el hábito de estudio no cuesta, aunque sea cambiar los libros de arqueología por los de la oposición a bombero. El problema es perder la costumbre de estudiar, pero si eres una mente inquieta y lees, y sigues la actualidad, es más fácil emprender otros caminos».
No es el único caso en el grupo de bomberos del parque comarcal de Torrelavega. Hay un náutico que está interino y que también estudia para hacerse de la plaza de bombero en propiedad.
En su familia no gustó la elección. «Los padres quieren que saques un rendimiento económico a la inversión que han hecho en tus estudios». Dice que ganó en estabilidad pero que, en contra de lo que se piensa, «no es cierto que se gane tanto dinero, aunque hay que pensar que estamos de guardia 24 horas al día 365 días al año ¿y cuánto vale eso?», se pregunta el historiador metido a bombero. Cree que hubiera tenido mejor sueldo como catedrático o profesor de instituto pero el dinero tampoco lo es todo en la vida, también cuenta la seguridad en el empleo».
Concluye que «no es necesario ser universitario para tener un buen trabajo. Lo importante es tener una buena formación, estudiar lo que te guste. Quien esté bien formado puede acceder a cualquier empleo».