Santander presume, con razón, de una bahía hermosa. Las vistas que ofrece este refugio marino han dado lugar incluso a tópicos como 'el marco incomparable'. La bahía es el valor fundamental de una urbe que nació mirando al mar y que creció en la cinta que marca el límite de la tierra con el agua. un límite extendido con el paso del tiempo por la mano del hombre. Y pese a esta evidencia y al consenso acerca del valor de nuestra bahía, el frente marítimo ha sido no solamente descuidado, sino agredido durante lustros.
Una vez que el tráfico portuario se trasladó a la zona sur, al puerto de Raos, no se ha sabido, o querido, aprovechar la posibilidad de abrir todas las zonas cerradas al público y de adecentar y enriquecer las que ya son accesibles. Ha sido un error imperdonable, un pecado de lesa patria amparado siempre por esa dispersión administrativa y jurisdiccional de un país que, en lugar de buscar organizaciones y ordenamientos legales sencillos y capaces de facilitar el progreso, parece siempre empeñado en la corrosiva tarea de complicar cualquier solución, de crear laberintos donde debieran existir caminos rectos y despejados. Así, las competencias de la Autoridad Portuaria sobre esos terrenos y el peso que el Ayuntamiento de la ciudad y el Gobierno regional tienen sobre ellos, han creado un entramado que ha privado a generaciones de cántabros de disfrutar de unos de los mejores paseos marítimos del mundo. El tiempo perdido ya no lleva remedio, aunque de ello deberíamos extraer lecciones de cara al futuro. El tiempo es dinero y vida. Dejar que se consuma inútilmente, un despilfarro imperdonable.
Ahora, por fin, existe un acuerdo y un proyecto para que ese 'waterfront', que para si quisieran muchas ciudades, se abra a la ciudad y se ponga en valor. El próximo sábado, tras una suspensión que revela el ambiente de campaña electoral en que se hará la ceremonia, se presentará el ambicioso proyecto, tanto por la posibilidad de crear un paseo junto al mar desde La Marga hasta El Sardinero, como por los edificios que se construirán. Un gran centro comercial que terminará con el aspecto suburbial, casi de chabolismo, de la denominada área de Varadero, como por la construcción del Centro Botín, en el espacio del aparcamiento de la terminal de feries y el balneario y el hotel que se edificarán en la parte más degradada y quizás más interesante del frente marítimo: la comprendida entre el Palacio de Festivales y la playa de Los Peligros.
Este proyecto se enfrenta a varios obstáculos. El primero, y no pequeño, es el de la financiación. El segundo un clásico: la compleja tramitación de cada una de las actuaciones, tramitación que bien podría terminar en los tribunales con un futuro incierto a la vista de las últimas sentencias. A todo ello habrá que sumar la oposición de pequeños grupos ecologistas y conservacionistas que, fieles a su doctrina de mantener todo cual está, objetarán agresiones paisajísticas, presuntos pelotazos urbanísticos y algunos argumentos que ahora ni me imagino.
Hay que aplaudir el acuerdo entre Ayuntamiento y Puerto de Santander para poner en valor lo mejor que tiene Santander. Y al mismo tiempo sumergirnos en el realismo: De lo firmado y dibujado a la transformación de lo escrito en realidad existe un largo y tortuoso camino que se tardará tiempo en recorrer. No debemos olvidar las numerosas iniciativas que se quedaron en el mundo de las ideas sin traslado al universo de lo físico o de las que encallaron en los bajíos de la burocracia o de la carencia de fondos.
Para que Santander cuente con un frente marítimo como se merece será necesario partir de una premisa esencial: esos terrenos no son ni del Puerto ni del Ayuntamiento ni del Gobierno. Son de todos los cántabros y el empuje ciudadano debe ser el motor que imprima velocidad a la recuperación de unos espacios que nos pertenecen, unos espacios que ahora están aislados y enrejados sin utilidad alguna. Junto a esa definición de quienes son los verdaderos dueños de la línea de costa habrá que situar el coraje de los cántabros para apostar, con legítima ambición, por diseñar un frente marítimo que resulte atractivo, útil y amigable. Sin miedo a la modernidad, sin temor a otorgar un toque de vanguardia a una ciudad que necesita sacudirse el complejo aldeano de repetir siempre los mismos modelos romos y alicortos.
Cantabria tiene en sus manos la oportunidad de fijar su imagen con ese Santander abierto al mar, con esa capital regional enganchada al siglo XXI, capaz de disponer de nuevos espacios, de edificios que (como bien puede ser el Centro Botín, del arquitecto Renzo Piano) otorguen una nueva estética a la capital que padeció el incendio de 1941 y que vio aherrojada la reconstrucción por el aislamiento de España y las escaseces fruto de la Segunda Guerra Mundial. Los cántabros debemos aprovechar esta nueva oportunidad de devolver la mar a Santander y aggiornar la imagen de nuestra ciudad.