Josefina Aldecoa se acercaba al Café Gijón de Madrid donde le esperaban cada tarde sus amigos de facultad, entre ellos, Rafael Sánchez Ferlosio y Alfonso Sastre, y donde conoció a Ignacio. No se separaron hasta que el escritor murió de un infarto dieciocho años después. Josefina lo narró en su libro de memorias 'En la distancia' (Alfaguara).
«El cariño te hace feliz aunque todas las circunstancias sean desfavorables, aunque tengas todo en contra, aunque todo vaya mal», subrayaba la autora al recordar. En la casa de sus abuelos, situada en La Robla, en la que nació, pasaba largas temporadas. Vivió allí la República, el descubrimiento de los libros y el terror de la guerra. La etapa universitaria discurrió primero en Oviedo y más tarde en Madrid. Ella y su marido formaron grupo literario con Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Juan Benet y otros. Una generación que, según Aldecoa, sería despreciada más tarde. «Cuando llegó la libertad y se pudo escribir, hablar y vivir en democracia, la literatura social y realista tenía mala prensa». La libertad vital e intelectual se reflejó en sus viajes: A Nueva York, a París como referente, e Ibiza. «Por encima de todo, Ibiza era la libertad», relató en sus memorias. Aldecoa reflejó aquella época en sus cuentos, Azcona, en su novela 'Los europeos', y Josefina Aldecoa en 'Porque éramos tan jóvenes'. «El compromiso ético fue el que configuró las señas de identidad de la generación de los 50».
De las influencias apuntaba que «cuando se es joven están ahí. En mi caso, todo influyó, desde las novelas de Tarzán hasta la última de las lecturas juveniles. Todo está ahí. La cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo». Del sostenido y sobrio lirismo de la autora quedan en el tiempo piezas como 'El vergel'. Junto a Maruja Torres, Puértolas, Regás o Clara Sánchez y Lidia Falcón, la primera persona que tradujo al español un cuento de Truman Capote, puso de nuevo voz y ética a 'Mujeres al alba', un proyecto con la mirada de fondo sobre el maltrato a la mujer.