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Diez años del Museo Altamira

TRIBUNA LIBRE

Diez años del Museo Altamira

17.07.11 - 00:21 -
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Dice esa hermosa canción que veinte años no es nada, y que es un soplo la vida. Diez años quizá sean la mitad de nada, y menos que un soplo en la vida de la cueva de Altamira pero, para su museo, estos diez últimos años son una efemérides que queremos compartir públicamente.
Hace diez años, un 17 de julio, Sus Majestades los Reyes inauguraron la sede actual del Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, y dos días después se abría al público, a los ciudadanos. Un joven de Argentina fue el primero en adquirir su entrada, tenía Altamira en su agenda y prolongó su estancia en Cantabria para poder conocerlo antes de seguir viaje por España. Desde entonces, con las actuales instalaciones, dotación técnica y recursos humanos, el museo puede cumplir mejor la misión encomendada y ha ampliado el marco de su actividad al ámbito internacional.
El museo fue creado en 1978 al servicio de la cueva de Altamira y para poner fin a los graves riesgos a los que estaba sometida por una explotación turística insostenible. El museo asumió su gestión íntegra directa; debía velar por la conservación, la investigación y la divulgación de ese patrimonio que se le asignaba para el conocimiento, la educación y el disfrute público. Hoy diríamos que el museo forma parte de la cadena de valor del conocimiento y del patrimonio en relación con la cueva de Altamira, para el bienestar y el desarrollo social. Esta es la misión que el museo está cumpliendo respecto de un bien enclavado en la comunidad de Cantabria que es considerado patrimonio mundial por la UNESCO desde 1985.
En 2002 se produjo el cierre preventivo de Altamira a toda visita, un cierre temporal propuesto desde el museo, que se prolonga más de lo inicialmente previsto y de lo deseado por todos. Al concluir el trabajo encargado y financiado por el Ministerio de Cultura a un equipo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, podía abordarse la posible reapertura de la cueva a una visita pública. Esta cuestión es compartida en el Patronato del Museo de Altamira por el Ministerio de Cultura, el Gobierno de Cantabria, el Ayuntamiento de Santillana del Mar, la Universidad de Cantabria, la UIMP, la Fundación Marcelino Botín, la Fundación Santillana y expertos españoles y extranjeros. El Patronato acordó que se mantuviera el actual cierre temporal y que se profundizara en una línea concreta de investigación para su conservación preventiva. Pese al conocimiento alcanzado en estos años sobre la caracterización del medio ambiente que afecta a la conservación del arte rupestre, no se sabe lo suficiente respecto a los riesgos y daños que la presencia de personas puede favorecer o desencadenar; tampoco es posible prever y evitar los riesgos microbiológicos y, en caso de que se desencadenara un problema de esta naturaleza, no se conoce un antídoto ni otras medidas que permitieran corregir la situación y solucionar el problema satisfactoriamente.
Hacen falta nuevos y concretos trabajos que reduzcan los riesgos y la incertidumbre a límites aceptables: en la actualidad, la visita a la cueva de Altamira se considera un riesgo inasumible. El Ministerio de Cultura -con el museo, como su herramienta de gestión- ha actuado siempre en el marco de la conservación preventiva y así va a seguir, basándose en el conocimiento científico y en su correcta aplicación a la gestión de la cueva.
Se está actuando con rigor y prudencia. Con rigor absoluto (técnico, científico y político), aunque pueda parecer rigidez, y con prudencia, sin que el exceso paralice. El cierre actual es una situación provisional de la que se espera salir con nuevos trabajos de investigación, con la cooperación de expertos internacionales, con el apoyo tecnológico mas innovador y, quizá, con una nueva reflexión sobre el valor del patrimonio. El cierre a la visita de algunos bienes del patrimonio, como el que ocurre en otras cuevas de España, Francia e Italia, o con bienes del patrimonio histórico internacional (tumbas y templos en Egipto, Italia, México o Grecia, por ejemplo) es una medida drástica indeseable, a veces inevitable, que en nuestro caso produce una inquietud contraria a la resignación; algo así podemos sentir tanto los técnicos responsables de Altamira como los responsables políticos, como las demás personas. Los ciudadanos que se expresaban individualmente hace unos meses en las redes sociales y en los espacios abiertos en línea por los medios de comunicación, anteponían la preocupación por la conservación de la cueva al deseo de abrirla a las visitas, y para la mayoría no era aceptable arriesgar Altamira por la mera creencia en los beneficios que para el turismo supondría una mínima apertura. La adecuada conservación y la accesibilidad pública a Altamira son términos de una compleja ecuación a la que debemos dar respuesta técnica, profesional, con datos y razones, no con creencias o suposiciones.
En estos diez años cerca de tres millones de personas han visitado el museo. Los estudios de público permiten saber que es el museo cuyos visitantes tienen la media de edad más baja, 39 años; la mayoría son familias con niños; se trata de visitantes libres, sin presión externa, que acuden para satisfacer su ocio cultural en un contexto lúdico; vienen por curiosidad y definen el museo, tras la visita, como un lugar de aprendizaje. Además, cerca de cuarenta mil escolares acuden anualmente con sus profesores, que lo utilizan como recurso educativo. Los servicios y productos docentes y didácticos creados por el museo, nuestras actividades y talleres, son utilizados anualmente por quince mil niños y jóvenes escolares, y son el modelo seguido por otros museos de dentro y fuera de Cantabria. El museo, con su Neocueva y con las otras salas dedicadas a explicar la prehistoria, fue la referencia y el modelo original de accesibilidad intelectual, de divulgación científica de la arqueología que puede identificarse en numerosas exposiciones realizadas en estos años. Sin duda, la accesibilidad intelectual de los contenidos del museo, la calidad de la divulgación y el contexto de aprendizaje creado al servicio de todos los visitantes es causa del elevado índice de satisfacción que provoca.
Doscientos mil turistas visitan anualmente el museo. El 60% ha recibido previamente información oral, boca a oreja, en su entorno laboral o familiar, y el 25% de los visitantes se ha informado en la red (la web y el perfil propio en Facebook resultan eficaces). Junto a esto, el 60% declara no haber visto publicidad alguna del museo. Aún sin la promoción turística específica, el Museo de Altamira se ha convertido en un recurso cultural de excelencia para el sector, impulsando el turismo cultural de Cantabria. Sumando a los efectos inducidos los empleos directos y los de las empresas locales de servicios que le asisten el museo, sin duda, tiene un notable impacto económico pendiente de valoración.
Menos evidentes, pero igual de importantes, son otros aspectos del museo, como su presencia constante en foros y encuentros profesionales dentro y fuera de España, o la invitación a formar parte de organismos de otros países o de entidades internacionales, o a integrarse en redes científicas y de gestión del patrimonio. El museo, además de investigadores y especialistas, recibe anualmente profesionales de Iberoamérica en estancias de cooperación; conservadores de patrimonio de Francia han completado aquí su formación, etc.
Las excavaciones arqueológicas realizadas por el equipo del museo en tres cuevas de la región, las realizadas en la propia cueva y los proyectos internacionales de investigación en los que museo participa ocupan esa parcela de actividad. En el ámbito internacional, el proyecto de inventario nacional del arte rupestre de Paraguay que realiza desde 2004 el museo junto a profesionales de aquel país, promovido por la Secretaria Nacional de Cultura, con fondos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el apoyo del Ministerio de Cultura, presenta al museo como una herramienta adecuada para la cooperación científica y cultural, una de sus líneas estratégicas. Los congresos internacionales, uno dedicado a los neandertales cantábricos y otro, de próxima celebración, son posibles por el reconocimiento que tiene el museo.
Volvamos al aspecto más público para acabar este comentario. Junto a la cantidad de visitantes, quizá sea la calidad de su experiencia, su satisfacción, lo que mejor puede gratificar a quienes impulsaron el proyecto y a quienes trabajamos en él: el 91 % de los visitantes declara su intención de recomendar la visita, el más alto valor de entre los museos analizados. Habría sido estupendo que esos tres millones de personas que han venido al Museo de Altamira hubieran podido visitar la cueva: al conocimiento aportado por la visita al museo habrían añadido una emoción íntima. Quizá, próximamente, algunas de las doscientas cincuenta mil personas que anualmente visitan el museo puedan volver a entrar en la cueva. Serán muy pocas, sin duda, pero sería un resultado importante para quienes creemos que estar en la cueva de Altamira debiera ser una opción posible por igual para cualquier ciudadano, sin mas discriminación que los estrictos límites cuantitativos impuestos para la adecuada conservación de Altamira. Diez años quizá sea la mitad de nada, pero es un pretexto para recordar que en el museo, aquí cerca y en solo unas horas, se puede disfrutar la más bella prehistoria, la que nos permite conocer el Museo de Altamira.
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