Es posible que en algún lugar del cerebro del noruego Anders Behring Breivik haya alguna conexión que le relacione con otros nombres, que le precedieron en la larga lista de matanzas sin sentido cometidas e ideadas 'a título individual'. Son los denominados 'lobos solitarios', un término inventado por los supremacistas blancos Alex Curtis y Tom Metzger a finales de los 90.
Estos dos 'ideólogos' del crimen individualizado alentaban a sus compañeros racistas a actuar solos para evitar incriminar a sus camaradas. Curtis hizo famoso el «no tengo nada que decir» en los interrogatorios policiales para obstruir cualquier investigación. Esta forma de actuar hace prácticamente indetectables sus propósitos para las fuerzas de seguridad.
Timothy McVeigh, que en 1996 mató a 168 personas e hirió a centenares más con un camión bomba frente a un edificio federal de Oklahoma, puede reivindicar desde el más allá -murió ejecutado por inyección letal en junio de 2001- la absoluta primacía de Estados Unidos en este tipo de crímenes. Aunque le había precedido en el tiempo Theodore Kaczynski, más conocido como 'Unabomber', especializado en enviar cartas explosivas que acabaron con la vida de tres personas e hirieron a otras 29 entre 1978 y 1995.
La figura del criminal individual que siega la vida de múltiples víctimas se ha manifestado en otras zonas del mundo. En Oriente Próximo, el extremista judío Baruch Goldstein abrió fuego en febrero de 1994 en la Tumba de los Patriarcas de Hebrón, con el resultado de 29 víctimas mortales y un centenar de heridos.
A tiros en las aulas
La historia mundial del crimen da desgraciada cuenta de otros protagonismos individuales con menos 'leyenda' aunque consecuencias igualmente funestas. El 'solitario' adopta en ocasiones la forma de un cuidador escolar como Thomas Watt Hamilton, que en 1996 mató a tiros a dieciséis niños y a una maestra en la localidad escocesa de Dumblane antes de acabar con su propia vida.
O, sin salir del ámbito académico, se mete en la piel de un estudiante expulsado que se suicida tras llevarse consigo a otras 16 personas. Es lo que hizo Robert Steinhauser en Erfurt, Alemania, en 2002 para después suicidarse. Una víctima menos provocó en 2009 el ataque, en la escuela germana de Winnenden, a cargo de Tim Kretscher. A sus 19 años,y en el último día de su vida, se enseñó con las chicas de un colegio en el que sentía que nadie reconocía su potencial. Cinco años más tarde el escenario saltó de nuevo el Atlántico. El surcoreano Cho Seung Hui se paseó a tiro limpio por la Universidad Politécnica de Virginia, sembrando a su paso el campus con 36 cadáveres de compañeros y profesores del centro.