Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) insiste en la estrecha ligazón que, al menos en su caso, existe entre vida y obra, y en la aptitud para el relato que existe casi en cada persona. Dicho así, es lógico que atribuya en gran medida al azar el hecho de convertirse en autor de éxito. Miembro de la Real Academia Española (es la 'u'), ha sido reconocido con el Premio de la Crítica, el Nacional de Narrativa, el Planeta y, ante todo, por sus numerosísimos lectores. Combate la popularidad por temporadas convirtiéndose en uno más en Nueva York.
-¿Hasta qué punto la vida del autor es materia prima para su literatura?
-Es la materia que uno tiene, en general. Toda la experiencia que uno usa para escribir está filtrada por la propia experiencia. En mi caso yo soy incapaz de escribir sobre asuntos que no me toquen muy intensamente. Hay muchas cosas que podían interesarme, pero sobre las que no puedo escribir. Casi todo, aunque aquello sobre lo que uno escribe en apariencia no tenga relación con la vida propia, tiene que tener un punto de relación muy estrecho, sea porque uno ha vivido cosas parecidas, sea porque, por alguna razón, eso le importa o le conmueve. Pero siempre tiene que haber una conexión muy estrecha con la propia vida.
-Durante estos días se le ha podido escuchar desmitificando la figura del escritor al hablar de un talento para el relato más común de lo que se piensa. ¿Qué es entonces lo que diferencia al escritor de quien no lo es?
-Lo que le diferencia al escritor es que esos dones o esas preocupaciones comunes que tienen los demás, él, por una razón o por otra, los tiene en un grado más pronunciado o se dedica a ellos con más intensidad. Lo que yo he intentado explicar, y de lo que estoy convencido, es que las personas que llegan a ser escritores, y a ser escritores conocidos, no necesariamente es porque sean mejores en muchos casos, sino que se pueden dar muchas casualidades. Cuando tú recapacitas a lo largo de tu vida las cosas que has hecho, lo que te ha llevado a ser escritor... hay tantas cosas que podrían haber sucedido de otra manera, que lo que yo no creo es que uno tenga un destino personal o una identidad invariable. Hay muchas personas que tienen capacidades y, por una razón o por otra, una parte de ellas no las desarrollan, y luego hay otras que sí. En el hecho de llegar a ser escritor también hay una cuestión de contumacia, de que eres más obstinado. El que abandona fácil tiene menos posibilidades, casi estadísticas; el que tiene mayor persistencia probablemente tiene más posibilidades, pero tampoco es una ley.
-Entonces, ¿la literatura tiene más que ver con la inspiración o con una rutina de trabajo?
-Tiene que ver con las dos cosas. Tú no puedes ser un buen pianista de pronto. Para ser un pianista decente tienes que pasar muchísimo tiempo estudiando piano, tienes que tener una afición muy grande, una cierta predisposición también. Las dos cosas se combinan: cuanto más entrenamiento tiene uno, más posibilidades tiene, creo yo, de que surja una chispa de inspiración o de iluminación.
-Ha hablado de cómo le ha marcado el tránsito por «dos mundos»: ese medio rural que rodeó su infancia y el actual, tan desarrollado en comparación. No sé si Nueva York alcanzará categoría de otro mundo pero, en cualquier caso, ¿cómo está influyendo en su trabajo?
-A mí me sirve para muchas cosas. Me sirve para marcar distancias con respecto a España. Si tú eres escritor y te pasas la vida de un sitio a otro siendo escritor, te conviertes en un personaje de ti mismo, acabas interpretando a ese personaje. La manera de que eso no suceda es reducirlo a un mínimo imprescindible. Yo estoy aquí unos días hablando, dando una conferencia y, a continuación, desaparezco, vuelvo a mi casa y soy escritor porque escribo y porque leo, no porque hable y dé charlas. Eso me parece fundamental. Otros no tienen esa necesidad, pero yo sí. Me agoto, me canso. El hecho de estar lejos tiene la ventaja de que te permite una mayor libertad interior y exterior. Hay muchos compromisos que si estás aquí no puedes decir que no, pero si estás a 6.000 kilómetros... -«¡ay!, lo siento, pero es que estoy tan lejos'...»-. También el estar sumergido en otra lengua te da otra conciencia de tu propio idioma. En Nueva York hay otra cosa llamativa, y es que uno escucha hablar muchas variantes de español, y eso también te hace consciente de que el español que tú hablas no es el español, es una variante regional. Estás continuamente con gente de Perú, de Colombia, de México, de Puerto Rico... eso te da una relación muy fresca con la lengua. Y luego está también la distancia hacia la actualidad inmediata. Yo no sé cómo será el que va y se queda permanente, y no tiene comparación con el que ha sido expulsado y no puede volver. En Nueva York hay refugiados de todo el mundo, refugiados de la pobreza, de la guerra, de la tiranía. La posición de un europeo es muy distinta, es privilegiada.
-¿El hecho de que su mujer, Elvira Lindo, sea también escritora, supone cierta 'contaminación' en el trabajo de cada uno?
-Yo creo que sí, que es inevitable, porque entre dos personas que tienen el mismo oficio, intereses muy parecidos y que llevan mucho tiempo juntas, evidentemente tiene que haber una influencia. Yo no sé calibrar cuál será, lo que sí sé es que es una influencia fundamental en mi propia vida como escritor.
-¿Es muy dañina la popularidad para un escritor?
-La popularidad de un escritor siempre es relativa, y eso depende de uno. Yo he visto gente muy popular que vive con extremada naturalidad y que sabe estar en su casa y al margen de todo y he visto a gente mucho menos conocida que está comida por la vanidad o por la ansiedad de estar en los sitios. ¿Qué es la popularidad para un escritor? ¿Tener lectores? Para mí es un accidente. Me gusta que mis libros tengan lectores, pero me parece que uno no puede abusar de la exposición pública, que debe aparecer y desaparecer.
-La Academia. Periódicamente aparecen ataques de corrección política contra el diccionario. Nada de 'judiadas' ni de 'meriendas de negros'.
-Eso es no darse cuenta de cuál es el papel que tiene el diccionario. La Academia no manda en la lengua o en el diccionario. El diccionario tiene que servir para comprender la lengua que se habla ahora y la que se ha hablado. Si tú quitas del diccionario la palabra 'judiada', ¿quiere decir que no existe?, ¿la vas a borrar de todos los libros donde aparece? Es una tontería. Lo que hay que hacer es esforzarse en tener una sociedad democrática en que esos prejuicios prevalezcan lo menos posible. Evidentemente, hay cosas que hemos cambiado de sensibilidad y ya no usamos, pero, ¿vamos a corregir el pasado?
-Hay casos en que también afecta a la literatura. Los 'Diez negritos' de Agatha Christie se han convertido en algo así como 'Al final no quedó ninguno'. También había intención de hacer políticamente correctos los libros de Mark Twain...
-Lo de esa palabra de Agatha Christie es distinto, porque la palabra 'nigger' tiene una connotación muy siniestra en Estados Unidos, así que es hasta cierto punto comprensible. Que se quite en Mark Twain, eso es ridículo, porque Mark Twain es lo que es. Pero, evidentemente, uno se va educando, la sociedad de se va educando y va teniendo un cierto equilibrio. Igual que nos vamos educando y no tiramos la colilla al suelo, o las cáscaras de las gambas. Hay cortesía lingüística, y a veces se llama corrección política a lo que es simplemente buena educación, a lo que es el corregir errores y abusos que se han cometido en otro tiempo. Antes la gente se reía abiertamente de una persona que era coja; ya nos hemos civilizado y no nos reímos, y eso es un avance. En la literatura hay muchos testimonios de cómo la gente se ha reído de eso, y esos testimonios no los vamos a borrar, igual que no vamos a borrar la defensa del esclavismo que pueda haber en Aristóteles: eso forma parte de la Historia. Otra cosa es que corrijamos el presente, pero el pasado no lo podemos corregir.
-¿Existe la tentación de hacer un diccionario 'democrático' como la Wikipedia?
-El diccionario ya es democrático: la Academia no dictamina cómo se tienen que decir las cosas; lo que hace es registrar el uso de las cosas, sin más. No corrige nada que no haya sido corregido por el uso; no introduce una palabra porque se le ocurra a un académico. Tiene que haber una constancia del uso continuado de esa palabra. La lengua es una Wikipedia. ¿Quién la crea?, ¿quién decide que una palabra se usa o deja de usarse?
-Igual que unas palabras aparecen, otras mueren.
-Claro, hay palabras que se quitan porque no hay testimonios. En diccionarios que tienen una vertiente histórica como el de la Academia, pues hay palabras que no se pueden quitar, porque sirven para leer textos antiguos. No es lo mismo que un diccionario de uso: hay muchos términos que no se ponen porque no están en uso corriente.
-Se oye hablar de un progresivo empobrecimiento del lenguaje: Internet, los SMS,... ¿Es como para alarmarse?
-Siempre hay la tendencia al catastrofismo, a lo apocalíptico, y generalmente se asocia eso a la tecnología. Cuando era la televisión, la televisión; cuando era la radio, la radio... el cine también iba a estropearlo, el cómic tuvo una época que estaba destruyendo la cultura... siempre es lo mismo. Lo único que estropea el uso de la lengua es la baja educación, porque la gente sabe que hay registros lingüísticos, y tú puedes mandar un SMS y saber que eso es un registro, al igual que tú con tus amigos hablas en un registro lingüístico distinto del que usas en el trabajo, y cada uno está manejándolos continuamente. El empobrecimiento del lenguaje de donde procede es del empobrecimiento de la educación. Si la educación no es sólida y no favorece la expresión escrita y oral, si no favorece que la gente se exprese lo mejor posible, pues, evidentemente, la calidad de la lengua va a caer, pero no tiene nada que ver con la tecnología. En absoluto.
-El otro día, Jorge Volpi alertaba en la UIMP de la crisis del español en Hispanoamérica. ¿Está en juego el futuro del castellano?
-No sé por qué nos gustan tanto esas predicciones apocalípticas: no paran de formularse, no paran de no cumplirse y seguimos formulándolas. ¿Qué sabemos de lo que va a ocurrir? ¿Realmente el castellano va a estar en crisis porque haya inversiones chinas en Latinoamérica? Son cosas ficticias, ganas de imaginar un apocalipsis que está a punto de llegar. Las cosas pueden ir a mejor y pueden ir a peor, y muchas cosas han ido a mucho mejor. Ese negativismo permanente... Yo no soy ni optimista ni pesimista, yo creo que hay que ser racional.