Nunca les faltó de nada, así que cuando les vinieron mal dadas, además de desesperación e impotencia, sintieron asombro: jamás se imaginaron ser pobres. Pero la pobreza se adapta a los tiempos, y ya tiene poco que ver con aquella imagen 'clásica' que guardaba estrecha relación con la marginalidad, con una exclusión social sostenida en el tiempo y casi siempre irreversible. La llegada masiva de inmigrantes a España cambió el perfil del necesitado: gente desarraigada, con ganas de trabajar pero que, partiendo de cero, precisaban un impulso inicial. En los últimos años, la plaga ha vuelto a transformarse para cobrarse más víctimas.
«El perfil viene siendo el mismo desde que comenzó esta etapa de crisis. Se trata de personas mayores, de mujeres solteras y con hijos y de parejas jóvenes -explica Francisco Sierra, secretario de Cáritas en Cantabria-. Antes trabajábamos fundamentalmente con personas en situación de exclusión, lo que se conoce comúnmente por pobres, que históricamente no han podido salir de su situación porque no hemos sabido encontrar las políticas adecuadas y se han mantenido ahí. A eso hemos sumado las nuevas personas vulnerables, que son todas las que se han quedado sin empleo».
Cáritas ha visto cómo se ha disparado en los últimos años la demanda de ayuda. Según refleja la Memoria de 2010, «hemos atendido a 9.600 personas, un 11% más que el año anterior». Afortunadamente, como destaca Sierra, también han aumentado las donaciones -un 35%- e incluso el número de voluntarios, que ya son 577 en la Diócesis.
Por supuesto que en Cáritas saben que, generalmente, sólo se acude a ellos cuando los mecanismos de solidaridad de familiares y amigos no pueden dar respuesta. «Es una situación que se afronta mal, como si cualquiera de nosotros nos encontrásemos mañana sin un puesto de trabajo, con una hipoteca a la que hay que hacer frente y dos hijos que tienen que ir al colegio, y nuestra mujer va al paro al mes siguiente. La situación de estrés y de angustia y el no querer reconocerlo, por encontrarse en un entorno económicamente solvente, hace que sea más difícil de asumir y que muchos se endeuden más tratando de mantener ese nivel».
Pobres y avergonzados
Es lo que se denomina 'pobreza vergonzante', que se lucha por no reconocer y que se convierte en un obstáculo a la hora de pedir auxilio. María Eugenia Samaniego, coordinadora de las Unidades de Trabajo Social del Ayuntamiento de Santander explica que, aunque se van viendo cambios, «sigue habiendo un tipo de ciudadano que no va a llegar porque asocian estos servicios con la beneficencia: no lo ven como un derecho, sino como algo asistencial. Claro que hay que ponerse en su pellejo. Cualquier español tiene familiares y otro tipo de apoyos antes de recurrir a un sistema público. La vergüenza cada vez es menos obstáculo, porque se va tomando conciencia, aunque los ciudadanos muchas veces nos informamos lo justo. Cuando se empezó con la teleasistencia, se hicieron campañas publicitarias, pero el número de solicitudes seguía siendo bajo; lo que llegó a la población fue que en 2004 o 2005 se sacó del padrón el listado de personas mayores de 75 años y se les mandó una carta del alcalde, y la gente se enteró entonces». En el otro extremo se halla «el que ha dependido siempre, que se lo sabe todo y te da cien vueltas: sabe que una ayuda tiene un tiempo tope y que tiene que renunciar a ésta para acceder a la otra. Tienen un máster de solicitar ayudas».
«Salvo que la persona que por su situación acaba en un centro de acogida y se da el golpe contra la pared, muchos no se ven ni se sienten pobres, porque muchas veces no se trata de cómo te vean los demás, sino de cómo te veas tú. En cierto modo es un paso bueno para salir, porque si de entrada te sientes pobre te va a resultar más complicado».
En opinión de María Eugenia Samaniego, en los últimos tiempos los servicios sociales están dando un paso atrás en su estrategia para combatir la necesidad. «S llevaba ya un tiempo trabajando en la promoción de la gente enganchada a la prestación de ayudas, lo que equivaldría a enseñar a pescar en vez de dar el pez. Las normativas nos han hecho volver a lo del pez, y no es bueno. Los ciudadanos vienen muy convencidos de sus derechos, pero no de las obligaciones, y nos estamos equivocando. Quizás habría que replantearse cómo se hacen las cosas. Otros países que nos sacan ventaja ofrecen, a mi juicio, una ayuda mucho más justa: eres estudiante y tienes una beca, pero una vez que trabajas la tienes que devolver para que se beneficie otro, y la cuantía de la beca va en función de las notas. Así tomas conciencia de que cuando necesitas te dan, y cuando tienes, facilitas a otro que lo tenga».
Las demandas de cobertura de necesidades de subsistencia suponen ya, en lo que se lleva de 2011, más del 27% del total de peticiones que atiende el servicio, frente al 15,7 de 2008. Los servicios sociales municipales llevan años creciendo en competencias para tratar de adaptarse a una realidad cambiante. En Santander suman ya siete Unidades de Trabajo Social -UTS- que ofrecen desde información y orientación de recursos hasta apoyo a la unidad de convivencia, atención domiciliaria, teleasistencia, protección del menor, promoción de colectivos desfavorecidos, fomento del voluntariado, ayuda a los inmigrantes y cooperación al desarrollo.
David García, responsable de Mente Solidaria -«una asociación solidaria, no una ONG»-, asegura que, frente a lo que podría imaginarse, la crisis no está haciendo menguar las aportaciones; al contrario, defiende que hay mucha gente dispuesta a colaborar, y su misión es encontrar la forma en que les resulte más fácil. «No pedimos dinero -que no lo menosprecio-, nosotros participamos en eventos cotidianos de la vida -conciertos, cenas benéficas, carreras...- en los que buscamos que la gente participe para poder destinar la recaudación a nuestros proyectos. En nuestro caso, el número de colaboradores no ha disminuido porque incentivamos a la gente a que colabore. Hay quien no sabe cómo hacerlo, que puede sentir hasta vergüenza. Si se lo pones en bandeja, lo hacen. El mito de 'que ayuden otros', no es cierto».
Frente a los grandes proyectos solidarios, Mente Solidaria trabaja sobre objetivos y resultados muy concretos. Cada año pone en marcha dos, «uno lejano y otro cercano», siempre relacionados con Cantabria. El 'lejano' que ahora hay en marcha es el de la puesta en marcha de una casa de acogida en Haití, en que se ha empeñado la montañesa Lucía Lantero. El de aquí, ofrecer becas de comedor a niños de familias desfavorecidas que estudian en el colegio de La Anunciación. «Hay familias que se lo pueden permitir y otras que no, y nosotros becamos niños para que coman todo el año. El cole trata de que pasen el mayor tiempo posible allí, porque van a estar mejor que andando por ahí. Además, intentamos que puedan disfrutar de otras actividades a las que igual no pueden acceder, y hemos organizado visitas a la Neocueva, al Zoo de Santillana... Para todo eso, además de dinero, hace falta voluntariado».
Voluntariado
Ése es un tema del que puede dar lecciones Leticia Cuesta, después de más de veinte años de servicio. Ama de casa con seis hijos y colaboradora de las Hijas de la Caridad, lleva todo ese tiempo repartiéndose entre atender a la familia y a los pobres, una vocación a la que no ha sabido resistirse. Ella es quien pone cara y ojos a las cifras y porcentajes que alarman del continuo deterioro de las condiciones de vida de la población. Conoce personalmente a muchas personas que han descendido el par de peldaños que separan comodidad y necesidad.
«La ayuda y la lucha contra la pobreza empieza con un vecino -y con tu familia, por supuesto, pero eso callado está dicho-. No hace falta que sean cosas grandísimas. Siempre se está pensando en el Tercer Mundo, y hay mucha gente apuntada y dando dinero, pero yo de hacerme socia prefiero serlo de la parroquia. En los dos casos se trata de dar todos un poquito para tratar de solucionarlo».
«Ahora ves mucha gente que se ha quedado sin trabajo, de un estatus bueno, que no tiene pero tampoco va a pedir. A veces incluso los tenemos que descubrir, porque Cáritas está dispuesta a ayudar en silencio y con discreción. La pobreza vergonzante siempre ha existido, pero ahora, con cinco millones de parados, está más generalizado. Yo siempre pienso que podría ser yo. Y luego, como soy católica, yo en cualquier pobre veo al Señor; mi obligación es atender a mis hermanos los pobres y no me es ajena cualquier cosa que pase. Quedarse sin trabajo basta para verse así, sin necesidad de marginación. No somos tan fuertes como creemos contra lo que la vida nos depara».