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Unidos por el túnel medio siglo después

CANTABRIA

Unidos por el túnel medio siglo después

Mateos y Pelayo, que trabajaron en lados opuestos de La Engaña, se reúnen por primera vez

13.11.11 - 00:06 -
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Manolo Pelayo y Manolo Mateos contrastan sus recuerdos, junto al túnel, en Yera, ajenos a la cámara de eldiariomontanes.es / Foto: T. C. - Vídeo: Pablo Bermúdez
La duda que me ha quedado toda la vida es cuántos muertos hubo en la parte del túnel de La Engaña de Vega de Pas, porque en Pedrosa no nos enterábamos», dice Manolo Mateos, de 76 años. La curiosidad y la emoción preceden a su encuentro con Manolo Pelayo, de 87. Mateos perforaba desde la boca sur, en Burgos, y Pelayo era uno de los obreros de la boca norte, en Cantabria. No llegaron a conocerse. Los hombres de uno y otro lado estaban aislados por la mole montañosa que debían horadar. Los dos Manolos se reúnen medio siglo después en Yera.
Las obras del complicado trazado de 17 kilómetros del ferrocarril Santander-Mediterráneo entre Santelices, en Valdeporres, y Yera, en Vega de Pas se completaron entre 1941 y 1961, pero el tramo nunca entró en funcionamiento. La dictadura franquista decidió suspender el proyecto por su supuesta falta de rentabilidad. Alrededor de una veintena de trabajadores murió por derrumbes, cientos resultaron heridos y una gran parte falleció de silicosis.
Los que no regresaban
Manolo Mateos fue palista y barrenero del equipo que abría el conducto ferroviario desde Valdeporres. «Oye, Manolo, ¿tú sabes cuántos murieron en esta parte?», pregunta a su tocayo. «Yo siempre he oído hablar de que fueron 18 o 20 en las dos bocas», le contesta Pelayo. «¡Quia! Yo no recuerdo más que cinco en el lado de Burgos», espeta, incrédulo, el granadino, que vio morir a su lado a un capataz reventado por una roca.
«La cosa es que aquí en Yera cayeron unos cuantos aplastados por lisos. Pero otros marchaban muy heridos al Hospital de Valdecilla y no volvíamos a saber de ellos», explica Pelayo, con su bonito acento pasiego. «Si moría uno aquí, allí no nos lo decían, y lo mismo os pasaba aquí con los de allí. No sé si sería para no darnos fiesta o qué sería», barrunta Mateos.
El número de fallecidos durante la excavación de la galería que atraviesa la Cordillera Cantábrica nunca se ha precisado. Pero una inmersión en las hemerotecas permite concluir que la cifra de veinte es más que verosímil. Como ejemplo, la información publicada en mayo de 1959 por la revista Blanco y Negro. El reportaje de José Medina Gómez, realizado sobre el terreno, describe el funeral por Amador Vilches. El periodista se refiere al peón como «una víctima más, la número dieciséis, en el capítulo de bajas del túnel de La Engaña».
El artículo de Medina habla del periodo en que la empresa Portolés y Cía estaba a cargo de la construcción, a partir de 1950. La perforación terminó en 1959, pero las obras se prolongaron dos años más. Y nada se dice de la etapa previa, desde 1941, en la que la anterior adjudicataria, Ferrocarriles y Construcciones ABC, utilizó a presos políticos.
Los dos Manolos subrayan que «lo que más gente mató fue el polvillo que se tragaba dentro del túnel y que se metía en los pulmones. De ese polvillo, que al principio no se sacaba, pasados seis u ocho años, vinieron a morir todos. Luego ya colocaron tubos para extraerlo», cuenta Pelayo. «Silicosis», tercia Mateos, para ponerle nombre. Él mismo padece esa enfermedad irreversible que le costó la vida a su hermano.
«Oye, Manolo -interpela de nuevo Mateos- , ¿recuerdas cómo se llamaba el ingeniero que llevaba las obras en la Vega?». «Don Manuel», responde su homónimo. «¡Manuel Sainz de la Mora!», exclama, emocionado, su interlocutor. «Siempre tuve esa curiosidad de saber si era el mismo. Creíamos que estaba allí y que dos o tres días a la semana venía a ver cómo iba la obra a este lado». «Pues lo mismo pensábamos aquí. Que estaba en la Vega y de vez en cuando marchaba a Pedrosa». Sainz de la Mora firmó el ascenso de Mateos a oficial de primera en 1956.
«¿Y tú viste que alguna vez metieran hierro en el túnel? En siete años yo jamás vi un hierro», asegura el Manolo de Pedrosa. «¡Nada! No he visto meter ni un alambre. Todo hormigón y piedras», le confirma el Manolo de Yera. «¡Pues eso es lo que yo he discutido con mucha gente. Me decían: 'Que sí, que tiene que tener hierro, porque, si no, se habría caído'. Mentira. ¡No se metió ni un anillo!», se crece Mateos.
Las crónicas de la época, sin embargo, recogían los siguientes datos aportados por Portolés y Cía en relación con el material empleado en el túnel: 100.000 metros cúbicos de hormigón, 20.000 de cemento y 70 toneladas de acero. El acero fue invisible a los ojos de los Manolos.
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