«A unos mil kilómetros del último lugar habitado», repite. Esa frase ya deja el poso que sólo queda pegado a las botas tras las grandes aventuras. Y es que el comandante Lupiani vivió con intensidad sus tres meses en el rincón más recóndito del paralelo 63. Él fue el jefe de campaña 2010-2011 del Ejército de Tierra en la Antártida. Porque en la isla Decepción, frente a la bahía Foster, hay una pequeña base, la 'Gabriel de Castilla'. La labor de los militares, dar el apoyo necesario para que los científicos trabajen. En total, 38 investigadores y once proyectos. Por allí pasaron, por ejemplo, los que ahora estudian los fenómenos volcánicos en el Hierro. Para eso está la Antártida, «que no es de nadie» y permanece ajena a los conflictos e intereses del mundo. Y de allí se volvieron, tras dejar la base preparada para que ahora vuelva la nueva misión. «¿La dejan cerrada?», le preguntaron tras la conferencia que dio en la Facultad de Ciencias. «Tranquilo, allí no va nadie a robar...».
-Cuando cierra los ojos y recuerda lo que ha vivido, ¿qué ve?
-Lo primero, el trabajo en equipo. Después, un paisaje desbordante y una fauna única. Pero lo cierto es que uno se va con la idea de que va a ver cosas extraordinarias y vuelve valorando la importancia del trabajo en equipo.
-Desde luego, no parece que su estancia en la isla haya sido precisamente una decepción...
-El nombre de 'Decepción' es fruto de una mala traducción de la palabra 'deception'. En inglés significa engaño y eso obedece a que nadie espera encontrar en la Antártida un puerto natural con las condiciones de la Bahía Foster, donde está la base. Hay otra historia que explica el nombre y es más atractiva para los niños. Cuentan que el famoso pirata Drake guardó todos sus tesoros en la isla. Pero los buscadores de tesoros no encontraron nada... En cualquier caso, la experiencia fue maravillosa. Nada que ver con una decepción.
-¿Le preguntan mucho por el frío?
-Es el tópico, pero ahora somos conscientes de que hemos estado en una isla con muchas particularidades dentro de la propia Antártida. Se trata de un volcán activo y no tiene esa apariencia de desierto de hielo. Además, el conocimiento te lleva a saber, por ejemplo, que en la parte continental hay valles secos, como puede ocurrir en el desierto de Almería. En Decepción domina más la apariencia negra que la blanca. En cuanto al frío, estamos allí en el verano austral. La temperatura es de unos dos grados, pero el viento es lo determinante. Son extremos y la sensación térmica es de 15 bajo cero.
-¿Y las horas de luz?
-En diciembre no se pone el sol. El verano austral es un día permanente. La noche es sólo una pequeña penumbra. Ya en febrero son unas cinco o seis horas de noche.
-¿Cómo es un día de trabajo en la base Gabriel de Castilla?
-Nos levantamos a las 7.30 de la mañana. A partir de las 9.00 empieza la actividad, algo que se ha coordinado previamente en una reunión el día anterior con los investigadores. Ellos exponen lo que han hecho durante la jornada y así compartimos el avance de sus trabajos. Además, como jefe de la base, me exponen sus necesidades y repartimos los medios disponibles. Comemos a las 14.30 y a las 16.00 se reinician los trabajos. A última hora celebramos la reunión y, a continuación, cenamos. A partir de ahí, hay quien trabaja en los laboratorios, en los informes o tiene tiempo de asueto...
-¿Y cómo es el 'asueto' a partir de las diez en la Antártida?
-Bares de cañas no hay... Se comparten conversaciones, se ve una peli, se escucha música... Pero todo compartido. Si se ve una peli no se escucha música. No se puede. El que entra de servicio es el que elige. Cada día les toca a dos, que limpian, sirven el desayuno, ayudan en cocina... Todos nos turnamos en eso y, así, uno se cuida de dar el trabajo justo porque hoy me sirven a mí, pero mañana sirvo yo.
-¿Calculó la distancia exacta hasta su casa?
-Por entonces, vivía en Valencia y había 12.486 kilómetros. En la base hay un tótem donde se colocan los típicos carteles de las ciudades. En la prensa salió una foto en la que se veía un toro de Osborne.
-Habrá acumulado anécdotas...
-Las habituales de una convivencia entre personas que se sienten privilegiadas de estar donde están. El científico que sale a tomar datos y, cuando llega a la zona, se da cuenta de que ha olvidado el aparato. O lo de bañarnos. Alguien dijo: 'no hay narices'... Fue meterse y salir, claro. Además, sacaron en la prensa deportiva la primera San Silvestre que hicimos en la Antártida con los compañeros de la base argentina, que está a ochocientos metros. La ganó un español. Del partido de fútbol contra ellos ni hablamos...
-¿Y situaciones de riesgo?
-Los militares son rigurosamente seleccionados. Para esta misión había 250 peticiones. Hay una atención permanente a la seguridad y protocolos de emergencia. Por suerte, todo transcurrió cómodamente. El mejor ejemplo es que no fue necesaria ninguna actuación médica seria salvo algún pequeño corte con un cuchillo. La única emergencia fue con una embarcación que, por un cambio climatológico brusco, no pudo cumplir el procedimiento de llamada cada 45 minutos. Pero pronto recuperamos la comunicación.
-Dicen que el viaje en barco hasta la isla es lo más duro...
-El tránsito en el buque Las Palmas fue duro. Atrevesamos el mar más bravo de la tierra y hay que vivirlo. Son tres días nada agradables, con olas de seis y ocho metros. Eso que te llevas en el cuerpo.
-Por supuesto.