Ellos lo llaman magia o atmósfera. Es algo que se percibe al minuto de pisar el escenario. Algo así como un halo invisible que hace que el artista se sienta con la misma calidez que cuando se pone las zapatillas al levantarse de la cama. Es contagioso. Va de butaca en butaca y se extendió en la noche del viernes por las localidades del teatro Concha Espina. Estaba casi lleno y las canciones de Quique González lo llenaron del todo. Porque cada una se sentó cómodamente en un asiento mullido para esperar su turno o para escuchar la siguiente después de hacer su trabajo. Una gran noche de música íntima en Torrelavega.
González y Jacob Reguilón se repartieron guitarra, piano y contrabajo e hicieron desfilar en su 'Desbandados' acústico a Serrat (con un sentido 'Hoy puede ser un gran día'), a Sabina ('Tan joven y tan viejo'), al «maestro» Antonio Vega (con un guiño a 'El sitio de mi recreo') y a esa sombra dulce y sonora que viaja en la funda de la guitarra del madrileño y que se llama Enrique Urquijo. Eso se mezcló con esa expresión antes real y ahora metafórica llamada 'cara B'. Es decir, el rescate de las maravillosas canciones del fondo. 'Días que se escapan', 'Bajo la lluvia', 'Rompeolas', 'De haberlo sabido'. Versiones, arreglos, giros. El 'Daiquiri Blues' se cocinó entre esos despistes que este genial artista lleva cosidos a la americana y que, lejos del reproche, suman en complicidad. Detener una canción tras el primer acorde: «Habéis pagado una entrada, que al menos esté afinado». Y también guiños a la que ya considera «su casa»; pero algunos, no demasiados. Ya lleva siete años viviendo aquí, en Cantabria, y le da miedo caer «en el peloteo». Al Puerto de Santa María le puso 'de Cayón' como coleta y al Madrid de Mourinho le colocó una coma en El Malecón de la Gimnástica. El detalle hablador fue para los amigos tristes de la Papelera del Besaya y el sonoro para la compañía de su casi hermano Fernando Macaya sobre el escenario.
Esa fue la mezcla de casi dos horas de directo -con dos pequeños descansos envueltos en aplausos, vítores y peticiones-, pero el ingrediente secreto fueron los silencios. Porque así en un concierto se escuchan, suceden cosas extraordinarias. Sólo así es posible que la textura de la tercera cuerda se palpe con la misma realidad que las uñas del chico que rasca el cuello de su novia cuando suena la canción que esperaban. Hasta Quique se vio obligado a agradecer el respeto, que es sinónimo de ese volumen imposible. «Porque está claro que esto no son rompepistas», bromeó. Otra vez el halo. Otra vez la magia de las cosas que se ven y se hacen mejor a oscuras.
La luz sólo se encendió para encontrar la puerta de salida. Eligió 'Salitre' para marcharse del teatro. Algunos se atrevieron a tararear por primera vez. Antes hubiera parecido un sacrilegio. Quique se quitó esas imaginarias zapatillas, recogió las canciones y se fue para su casa en Villacarriedo. Bien cerca. Seguro que antes paró en alguna parte para brindar por la magia.