Hace tiempo que cualquier universitario entiende que Navidad no es sinónimo de vacaciones. El parón de la actividad en las aulas no despeja el camino hacia el descanso; todo lo contrario. Solo descongestiona la apretada agenda de prácticas, trabajos, exámenes y asistencia a clases que durante todo el año lastran una labor esencial: la ordenación y estudio de los apuntes. Más de la mitad de los alumnos de la Universidad de Cantabria lamentan la fugacidad con la que suceden los días de fiestas, bien útiles para preparar los exámenes del primer cuatrimestre, que acechan inmisericordes dos semanas después del regreso a la actividad, en la segunda quincena del mes de enero.
«No queda otra, o estudiamos en Navidad, o no nos da tiempo a preparar todo el material, es lo que hay porque los exámenes están demasiado cerca», confirma resignado Javier Abascal, apunto de finalizar la carrera de Derecho. «Cuando vuelves de las vacaciones te encuentras con que los parciales están ahí. Tienes que estudiar sí o sí, no queda otra; y lo peor es para los que, además de la carrera, tenemos un trabajo», se queja Natalia Gutiérrez, estudiante del grado de Magisterio.
«No lo pueden llamar vacaciones, no son unas fiestas de verdad. Disfrutas, claro; porque al final hay tiempo para todo. Pero tienes que pasarte gran parte del tiempo estudiando fuerte», razona Kevin Mañanes, también estudiante de Magisterio.
Vuelta a casa
En esos pequeños resquicios de descanso llega el disfrute de esas dos semanas de relajo, de cambio de rutina y de regreso a casa para todos aquellos que vienen de la periferia o de otras comunidades autónomas. «Es quizá lo mejor de las vacaciones, que vuelves a estar en casa y desconectas de tanto viaje. Luego está la familia. Te reúnes y ves a muchos que no sueles tener cerca», añade Mañanes.
Cada fin de semana toma el autobús camino de Bilbao. «La distancia no es mucha; pero tanto trayecto, siempre el mismo, siempre los mismos días, llega a cansar. Dos semanas de parón no vendrán mal», completa. Luego están los pequeños placeres, «como esas tardes de invierno que vas dando un paseo por el centro y disfrutas viendo las luces que adornan las calles mientras comes unas castañas bien calientes». Elia parece saborearlas cuando confiesa sus gustos. Estudia Económicas y es una de esas personas que aman la Navidad.
«Y no es muy común. A mucha gente no le gusta la Navidad, nunca lo entenderé», confiesa antes de pararse en un detalle, el punto común al que nadie hace feos: «los regalos». O los deseos, según se mire, «porque hay cosas que no son tan fáciles de regalar», ironiza. Escribir carta a los reyes ya no funciona; pero muchos jóvenes formulan deseos de cara al nuevo curso. Unos piensan en la autocrítica mientras otros lo extrapolan y sueñan con una mejora de lo que no está en su mano. «Si tuviera que pedir un regalo universitario a los reyes sería, sin duda, aprobar todo», sentencia rotundo Carlos, estudiante de Telecomunicaciones. «Y no pedimos nota, con un cinco raspado nos sobra y nos basta», completa su compañera de carrera, Irene. «Lo más importante es eso, aprobar. Quiero quitarme una asignatura de los primeros cursos que se me ha atravesado. Como no me de prisa me va a coger el plan Bolonia y sería un lío», confiesa Elia.
Deseos
Es el anhelo más recurrente, pero la lista no termina ahí. «Muchas veces hay profesores que llegan a clase con su hoja y copian literalmente lo que pone en ella. Si les preguntas, a veces no saben responder. Esto tendría que cambiar», añaden. «No estaría mal, por pedir, que nos dieran más tiempo de vacaciones. Tendríamos más días para estudiar y ponernos al día. También tendríamos más tiempo para disfrutar», proclama como propuesta Julio, alumno de Turismo.
«Es una pena que con esto nuevo de Bolonia no nos hayan quitado Matemáticas del programa docente», exclaman con humor Natalia Gutiérrez y Pablo García, de Magisterio. «Hubiese sido un buen regalo de reyes», agregan.