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La lengua abierta

06.01.12 - 00:24 -
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Con 'La lengua se abre paso', libro finalista en el XXV Certamen Cálamo de Poesía Erótica 2010, ya son dos los poemarios publicados por la editorial cántabra Kattigara. Se incluyen además dos prólogos de José Ramón Viadero e Isaac Cuende e ilustraciones de Coco Gurruchaga y Mar Pajarón que resaltan poderosamente su carácter concupiscente. Su autora, Dori Campos, es una de las voces más personales y enigmáticas de la poesía actual en Cantabria.
El título advierte ya de un doble sentido: el de su gran carga erótica y el de una sutil y delicada experimentación con (y en) el lenguaje. Y así es. Por un lado constituye toda una celebración del existir, reclamando la intromisión de la carne y el goce sin condiciones, para lo cual va alternando diferentes momentos amorosos con reflexiones, deseos e incertidumbres. De hecho 'La lengua se abre paso' podría considerarse como un gran poema seriado; un largo collar que los atraviesa. Aunque destaca cierto estado de ilusión amorosa en estos poemas cobra especial protagonismo la pulsión erótica, un erotismo de los fluidos. Aparece el amor en su concepción más carnal: «A ti y al invierno / doy de comer otro trozo de carne fresca». Entre palabras de deseo se mezclan imágenes como «gatos enroscados», «el ácido crepúsculo» o «miel volcada»; la fisicidad más salvaje se erige contra cualquier endeble pretensión de trascendencia: «Contra el cuerpo me levanto, / quemo el nido del pájaro dormido, / tapo las flores con plomo de ropa». Sin rebeldía pero con alzamiento, sin fiereza pero con crueldad. Es así como Dori trata de alertarnos de la libertad, de la necesidad del gozo.
Por otro lado debo decir que, si bien el amor y la angustia son constantes en toda su obra, también lo es la ruptura del lenguaje cotidiano; es el propio lenguaje el que juega a perderse en un libidinoso laberinto. Y en este poemario se percibe cierta tensión latente, una narratividad siempre a punto de quebrarse, rozando en ocasiones -sin llegar nunca a ella- la blasfemia, invocándola tal vez.
Tanto el tiempo y el espacio son alterados por Dori para mostrar un poliedro en el que cada poema pareciera fragmentarse en múltiples trances y de ese modo, a través de un ritmo que remite al movimiento amatorio, va confeccionando sus imágenes, dibujando sus paisajes cubistas; se puede decir que su estrategia es la de crear un territorio atemporal para la libertad y el deseo. Se trata de un poemario inesperado y sorprendente que siembra abismos en el lector; el principal: la idea de que el enamoramiento absoluto conduce a una enajenación positiva, a la pérdida de uno mismo -como bien muestra la cita inicial de Fernando Pessoa-, algo que en el poemario llega a alcanzar matices de angustia existencial. Pero el lector descubrirá que esa misma pérdida va acompañada, paradójicamente, de una exaltación, también absoluta y celebratoria.
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