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«La ausencia de empatía mata»

Álvaro Pombo | Premio Nadal 2012

«La ausencia de empatía mata»

«No escribo ni una palabra; como el último Henri James, dicto unas historias que cuento y recuento»

08.01.12 - 00:04 -
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«La ausencia de empatía mata»
El escritor Álvaro Pombo posa tras ganar el viernes el premio Nadal 2012. / Foto: A. Estévez / EFE
Ganar el Nadal supone para Álvaro Pombo (1939) «la coronación» de su brillante carrera, aunque no desdeña premios mayores como el Cervantes. El escritor, académico y político santanderino se ufana de haber ganado el decano de los premios literarios con 'El temblor del héroe', novela sobre el engaño, la manipulación y la falta de sensibilidad ante el dolor ajeno. Una narración que conecta con 'Nada', de su admirada Carmen Laforet, la primera ganadora del Nadal. Ambos hablan de una ausencia de empatía más que peligrosa. Tanto que en los tiempos sin sustancia en los que vivimos «la falta de empatía mata».
-Falta de compromiso, de empatía, cobardía y ausencia. ¿Signos de los tiempos?
-Sí. Iba a titular la novela 'El furor heroico', por un texto de Giordano Bruno sobre el furor, el entusiasmo y el delirio por alcanzar a Dios, la divinidad, la belleza y el bien. Trata de la ética del cuidado, pero al revés. Describe personajes que descuidan a los demás y cómo a consecuencia de ese descuido la gente muere. Somos la providencia para los otros. Si no cuidamos a los demás el mundo se desmorona. La falta de empatía mata. Su ausencia es evidente y la suplimos, por ejemplo, por antipatía hacia unos inmigrantes que vemos como seres sucios y descuidados que manchan nuestras ciudades.
-¿Quiénes son los héroes y antihéroes temblorosos de su novela?
-Un catedrático de universidad jubilado, Román, un cobarde que fue un gran profesor de filosofía con mucho éxito entre sus alumnos. Sin escribir nada supo trasmitir a su audiencia estudiantil ese entusiasmo y ese delirio divino y platónico que revertía en él y le daba vida. El antihéroe, el valiente, es un periodista joven, Héctor, que entrevista a Román para las sección 'inactuales' de un diario digital; algo humillante para el profesor, ya que da por hecho que es pasado. Román se aburre. Es un ser anodino que como le ocurrió a Hitler, y siento citarlo, perdió el lustre cuando la guerra le impidió dar discursos. No recibía el 'feedback' de la gente y se le ocurrían espantos cada vez mayores: ¡Destruyamos todos los puentes! ¡Quemenos París! El personaje no es Hitler, pero añora el entusiasmo que fagocitaba de sus alumnos.
-¿Algo que ver con Álvaro Pombo?
-Algo. Es un jubilata con acedía, con desgana de obrar bien. Está en una edad difícil, con fuerza aún, pero desconsolado, un poco encabronado y abandonado. Podría ser yo, pero he superado esa desidia. Soy mejor persona con los años. Si hubiera seguido por el lado oscuro quizá fuera como Román: un hijo de puta y un cobarde. No hay nada tan terrible como la cobardía. Es quizá el mayor insulto. Aun sabiendo que la valentía puede ser terrible -hizo de los nazis asesinos- apuesto por la gallardía, por atreverse a equivocarte.
-Hay un tercer personaje en discordia...
-Se llama Bernardo y tiene muy mala follá, como se dice en Granada, pero no lo parece. Esta en los sesenta y tantos y es un patinador de los que podemos ver en el Retiro. Representa el yo saturado, líquido, poroso y falto de sustancia que tanto me preocupa. Siento ser un vanidoso y un estúpido que se cita a sí mismo, pero fui pionero en hablar de esa falta de sustancia, en 1977, mucho antes que Milan Kundera y Zygmunt Bauman.
-¿No es un mal específico de hoy?
-No. Aristóteles ya lo describe. Pero cambia. Vivimos ahora la misma insustancialidad de la 'belle époque'. La sociedad que se comporta como aquellos surrealistas que veían un acto poético y artístico en salir a la calle y pegar un tiro a alguien. Creemos que todo es sensación sin ningún compromiso. Eso es insustancialidad. Los artistas como Damien Hirst se burlan de nosotros con tiburones en formol, moscas encerradas o un cadáver cubierto de brillantes. La tradición no vale y se busca la emoción por la emoción.
-¿Sus personajes también lo hacen?
-Sí. Ninguno será responsable de nada, ni de la muerte, que es crucial en la novela. Alguien que era y que deja de ser es solo un cadáver. No se dan ánimo, como Aquíloco de Paros pedía para los jóvenes. Hemos de animarnos unos a otros. Sin ese ánimo no se puede cubrir el camino de la vida.
Todos los premios
-Con el Nadal se siente coronado, pero queda el Cervantes. ¿Le gustaría ganarlo?
-¡Claro! Me gusta que me den cualquier premio. No desdeño ninguno, como Cela, que no paró hasta tener el Cervantes tras el Nobel. Me halaga ganar el Cervantes y la flor natural de Torreledones. Y el Nadal desde luego. Corona mi carrera. Cuando era un adolescente, leí 'Nada' de Carmen Laforet y me pareció la mejor novela del mundo. Vine a Barcelona a recorrer sus escenarios. Sigue siendo una gran novela y yo quería estar, como Laforet, en la lista del Nadal. Me hacia mucha ilusión. Es un premio que ilustra. Soy muy de presentarme a cosas, por eso me presenté al Planeta y a senador. Obtuve 307.243 votos, que no es moco de pavo.
-¿Escribe de otro modo desde que se dedica a la política?
-Me dedico poco a la política, que es muy absorbente. Estoy un poco frescachonamente en la piel del político. Si me dedicara en serio, no publicaría ni una palabra. He abreviado mi forma de narrar y esta novela es deliberadamente abreviada. Además, yo no escribo.
-¿Cómo que no escribe?
-Ni una palabra. Mi proceso de escritura no existe. No escribo nada. Dicto mis libros. Vivo en un mundo oral en el que cuento y recuento la historia. Vivo en la oralidad plena. Solo cuento cosas. No uso ordenadores y cada día soy más torpe y más inútil. Mi manera de escribir es la viva voz, como el último y mejor Henry James. Luego escucho y corrijo. La oralidad le sienta de cine al relato. Tengo labia desde niño, cuando me mandaban a entretener a las visitas, y la aplico las narraciones, que son las que encierran la verdad de la vida y del mundo. Gracias a la narración, la verdad resplandece.
-¿La verdad está de veras en el cuento?
-Sin duda. Vivimos en un mundo interpretado. Existir es interactuar con la realidad y es ahí donde la narración muestra su poder. La verdad de los periódicos y los medios o Internet, no deja de ser narrativa, de contar historias.
-Filósofo de formación como su personaje y citando constantemente a pensadores. ¿Qué tal se llevan filosofía y novelas?
-Bien, siempre que la novela gane la mano a la filosofía. Si gana la filosofía, seguro que la narración será un bodrio de mucho cuidado. Para que funcione, la narración debe llevar las riendas. Yo tomo de la filosofía algo más que su color, como decía Paul Valéry. Heidegger se pregunta qué son las patrias en su último texto filosófico, y, como diría Jordi Pujol, son las raíces. Mis intelectuales y yo tenemos un problema de lucidez y falta de raíces.
-¿Cuál es la patria de un escritor sin raíces?
-El lenguaje, desde luego. Y los sabores, los olores de la infancia, los guisos de tu casa. Ese bagaje es la patria de cada uno.
-¿Está Álvaro Pombo en el momento más dulce su de carrera?
-Quizá. Mi arranque fue dificilísimo. Se habla de salida de caballo andaluz y parada de burro manchego. Lo mío es al revés. Tuve un arranque de burro manchego que no tiraba y ahora estoy como un caballo andaluz, aunque eso sí, un poco artrítico.
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