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El día que el Bahía se desplomó

xx aniversario de la tragediA

El día que el Bahía se desplomó

22.01.12 - 01:31 -
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Se dice que cuando uno está a punto de morir, la película de su vida se proyecta en un instante delante de sus ojos. Claro que para eso hace falta disponer de ese instante y, lo más difícil, tener la ocasión de confirmarlo. Manuel Casado Navarro no habla de nada de eso; de hecho, asegura que nunca se le pasó por la cabeza morirse, por mucho que la lógica diga que es lo que debe ocurrir cuando alguien cae desde un sexto piso y queda enterrado por una montaña de escombros. Manuel -y compréndase la licencia de llamarle por el nombre una vez que ha contado cosas tan íntimas- fue el único superviviente de esa planta en el derrumbe del hotel Bahía, del que se cumplirán ya veinte años en unos días.
La historia es conocida, así que es inútil tratar de mantener el suspense: fueron unos trabajos de rehabilitación hechos a lo tonto en una construcción de pésima calidad, y se pagaron con seis vidas y un nuevo capítulo de la historia más trágica de Santander. El 27 de enero de 1992, a las siete de la mañana, las fachadas sur y este del hotel se vinieron abajo sobre la cuadrilla de veinte trabajadores que se encontraba en su interior, atrapando a una docena de ellos.
«Creo que eran como las siete y media de la mañana -recuerda Luis Ángel Teja, oficial del Cuerpo Municipal de Bomberos, entonces recién ascendido a cabo-. El primer aviso que recibimos no llegó a comunicar la gravedad de la situación; en principio decían que había habido un desprendimiento de la fachada del hotel, así que cuando llegamos y nos encontramos con medio Bahía caído... El que iba al mando a la salida llamó al Parque para que bajasen todos los efectivos, toda la gente que estaba librando, y dar aviso a las autoridades, al alcalde, a los concejales...».
«La primera impresión que recuerdo es la de oír a la gente pidiendo auxilio. Era de noche y no se veía, y nos encontramos con algunos que querían saltar por la ventana. Veían que no podían ponerse a salvo ni salir salvo por allí y hubo que aguantarles. Pero es que nadie sabía si aquello iba a aguantar o se iba a caer más», relata Teja.
Los vecinos del edificio colindante describieron como «un terremoto» el desplome. Dentro, casi no dio tiempo a sentir nada. «No pude girarme más que media vuelta y se me cayó todo encima», explica Manuel Casado. «Estaba en la sexta planta y fui el único que se salvó. Éramos seis».
«Yo trabajaba y estudiaba por libre. El hotel empezó en diciembre y yo entré a los quince días de comenzar la remodelación. Mi padre trabajaba en Ascan y le dije que si me podía meter. Empecé transportando el mobiliario, tirando tabiques... Tenía 19 años».
Despertar enterrado
«Un tabique que estaba tirando un compañero cayó sobre mí e hizo de colchón. Yo noté cómo todas las partes del cuerpo se encogían, hasta que me cayó algo en la cabeza que me rompió el casco y que me lo clavó en la cabeza. Después desperté enterrado; me había roto el hombro y tenía la cabeza debajo del brazo, por eso tenía una pequeña bolsa de aire. Cuando intenté gritar noté que me tragaba el escombro. Oí ruido arriba, de un compañero, y le dije que gritara por mí. Así yo aguantaba la respiración y cogía aire poco a poco para no ahogarme. También se había roto la rabadilla y la pelvis... pero fue como una epidural, porque así no sentía dolor en las piernas».
Teja fue de los primeros bomberos en llegar. «Era más complicado que otras actuaciones porque muchas partes del edificio estaban a punto de derrumbarse, había mucho peligro. Nosotros íbamos por dentro, mirándolo todo; oíamos voces pidiendo ayuda. Había muchas partes con vigas y paredes a punto de desprenderse. Eso lo veía sobre todo el que estaba fuera; dentro, estabas a buscar y no pensabas en más».
Mientras, Manuel trataba de entender lo que había ocurrido. «Me salvó recuperar la consciencia bajo tierra: noté que no había sitio, que estaba aprisionado por todas partes y respiraba con mucho cuidado. Yo pensaba que se me había caído una pared encima, no un hotel. Al no sentir dolores tampoco me hacía bien a la idea de lo que tenía. Cuando fueron a rescatar al compañero de arriba, noté que me pisaban. Grité, me localizaron y escarbaron hasta sacarme. Mido 1,86 y me tuvieron que sacar por las piernas. Tuvieron que escarbar casi dos metros».
Manuel perdía y recobraba el conocimiento. Recuerda a dos policías locales que lo sacaron de allí y sabe que pasó cerca de media hora enterrado. «Me sacaron echando espuma ya por la boca. Recuperé la consciencia cuando noté la frescura del aire. Me preguntaban que quién era. Tenía un compañero que murió con todas las costillas arrancadas. Estaba enfrente, y aunque los bomberos le estaban tapando con un biombo, yo le oía gritar. En la caída se había clavado todas las costillas del lado derecho. Estaba destrozado».
«Me llegaron a dar por muerto. Tengo hasta el 'recuerdo' del esternón roto de intentar reanimarme. Notas que algo falla: tenía un catéter regando el corazón porque se me paraba; la pelvis rota por cuatro sitios, el nervio ciático dañado, el esternón,... la lengua se me salía por el papo porque lo tenía cortado...».
A las dos horas del derrumbe, todos los heridos localizados estaban ya fuera. Los familiares y compañeros de los trabajadores habían ido llegando; otros aguardaban noticias en Valdecilla. Los equipos de rescate funcionaban a todo ritmo; contaron incluso con perros especializados en la detección de víctimas procedentes de Vizcaya. No son difíciles de imaginar las escenas de desesperación e impotencia, las caras largas y los ojos llorosos. Los vecinos de la zona, primero, y gente de toda la ciudad, después, se acercaron a los alrededores del hotel. Miles de personas que hubo que alejar del delicado entorno de trabajo en el puro centro de una ciudad completamente colapsada.
Al término del primer día de trabajo -no se puede hablar de jornada, porque no se paró-, siete obreros estaban ingresados en el hospital; se habían recuperado los cuerpos de otros dos, Rafael Santiago y Jesús Álvarez, y aún permanecían desaparecidos tres compañeros, Julio Serrano, Ángel Haya y Gonzalo Montalvo. No se quería perder la esperanza, por poca que fuera. Ya de madrugada, dieron con Ángel. Muerto.
«Estuvo toda la plantilla de bomberos trabajando por turnos: trabajábamos dos horas y descansábamos cuatro. Así estuvimos los cinco días, hasta que aparecieron los dos últimos. Éramos unas noventa personas. Bajábamos a trabajar y volvíamos al Parque a comer. Te dabas una ducha, descansabas un poco y volvías a bajar. Esa convivencia tan intensa fue también una experiencia inolvidable». Efectivamente, al quinto día fueron descubiertos los dos cadáveres, después de 103 horas continuadas de búsqueda y de retirar más de 300 camiones de escombro. El saldo final fue de seis muertos, tras el fallecimiento, a los pocos días, de Albino Pérez por la gravedad de sus heridas.
Responsabilidades
Llegó el momento de buscar responsables. «Se cometió una imprudencia al quitar las dos plantas de arriba -asegura Manuel Casado-. Quedaron limpias y el escombro se acumulaba en una esquina para tirarlo por los tubos. Eran tres plantas y el peso estaba en el mismo sitio, hasta que cedió. Yo había visto cómo se desmenuzaban las vigas cuando mandaban limpiarlas. Sabían cómo estaban porque habían hecho pruebas de calidad del hormigón. Ellos mismos decían que era una mierda: metían un taladro grueso, sacaban una muestra del pilar y se les deshacía».
Casi cinco años después, la Audiencia Provincial de Santander sólo halló dos culpables: condenó a un año de prisión al dueño del hotel, Armando Álvarez, por un delito de imprudencia temeraria; para el aparejador Antonio Gómez Peña, la pena fue de ocho meses de prisión menor por el mismo delito. Entre ambos tuvieron que indemnizar a la madre de uno de los fallecidos, Manuela Alonso, con 15 millones de pesetas; las familias del resto de víctimas habían retirado en su día las acusaciones tras llegar a un acuerdo y cobrar cantidades entre los 18 y los 20 millones.
«Todo fue un acuerdo. Si llega a ser ahora, no firmas nada», sostiene Manuel. «Nos dieron una tontería, pero en aquella época valía. Habría que haber buscado más responsables. Al final, se quedó en nada. Pero el tiempo ha pasado, y agua pasada...».
Y tanto que ha pasado el tiempo. Veinte años. Pero Teja mantiene vivo el recuerdo. «Fue una experiencia que siempre nos acompañará. Hay imágenes que se quedan ahí: esas miradas pidiendo ayuda; la cara de satisfacción cuando los sacabas. Algunos nos mandaron felicitaciones; otros se pasaron por el Parque. Al cabo de los años ya no volvimos a saber de ellos. Cada uno siguió su camino. Hicimos lo humanamente posible por salvar vidas. Fue una labor muy buena y muy valorada por todo el mundo. Quedamos muy satisfechos con la actuación, satisfechos para toda la vida».
Un cambio de rumbo
Manuel también se acuerda: sólo le hace falta echarse un vistazo al cuerpo. Su vida tomó otro rumbo tras el accidente. «Me dediqué a estudiar; terminé Electrónica y Programación de autómatas. Era cuando surgía la informática y, como yo sabía, empecé a trabajar. Ahora tengo una empresa de informática y trabajo para la Universidad, para centros de educación, empresas y particulares, vendiendo y reparando. Somos tres empleados, y yo, cuatro».
Lo cuenta así, pero tampoco fue tan fácil. «No he necesitado psicólogo: es la vida y es lo que hay. Me pasé dos años que no podía entrar en sitios cerrados, como un ascensor; buscaba excusas para no ir a la compra, por no estar en aglomeraciones de gente. Al pasar el tiempo, ya está: la claustrofobia me duró dos años. No tengo miedo a las alturas ni a que me caiga algo encima. A veces sí que miro para arriba y cuento seis pisos de altura. Me acuerdo de Rafa, de Julio, de Jesús... Lo único que me ha quedado es una manera de pensar diferente. Ya no piensas que las cosas son para siempre. Es esa idea de que hay que vivir la vida, y no en el sentido de andar por ahí, sino de saber que el futuro, de un día para otro, se tuerce».
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