Puede que la coincidente querencia por el biopic de prestigio meta en un mismo saco los perfiles de Jung y Freud ('Un método peligroso'), Billy Beane, un visionario del béisbol ('Moneyball), Margaret Thatcher ('La dama de hierro') y el que ahora nos ocupa, J. Edgar Hoover. Pero lo cierto es que la distancia es abismal. Mientras unos se quedan en la epidermis, en el ejercicio de mutación de los intérpretes, Clint Eastwood vuelve a dar una lección de sutileza estilística, solidez narrativa, coherencia visual y hondura. Algunos pasan, tocan o bordean una historia, pero el actor, director y productor de Malpaso profundiza, se recrea en el detalle lúcido, destapa el estereotipo o, como en este retrato del creador del FBI, dibuja con equilibrada destreza el lado íntimo y la crónica, la persona y el documento, el tormento y el éxtasis del personaje y el lado oscuro de su pais. Tenue, vigoroso, sin bajar la guardia, alterna constante la coreografía presidencial y política del siglo XX con los rasgos públicos y privados de quien para destruirse/construirse utilizó su trayectoria y su cargo. Una figura que desprende temores, complejos, patetismo y obsesión por el poder a partes iguales. Es cierto es que estamos ante un filme en el que el cineasta de 'Sin perdón' no se implica de modo tan personal (incluso cabría hablar de cierta prudencia) pero Eastwood retorna al ADN de un trozo de crónica y de vida, a la metáfora histórica y al personaje contradictorio, para rubricar de nuevo que es uno de los pocos grandes contadores de historias del cine actual. Las sutiles transiciones temporales, el trabajo con los actores (magistral DiCaprio), la capacidad para la credibilidad, y, en especial, destaca ese riesgo que adopta a la hora de rozar casi la caricatura en su ilustración de las detenciones y depuraciones, o al presentar de forma cáustica el comportamiento del elegido. Discreto y respetuoso, lo que no quiere decir conservador, Eastwood acaba dando prioridad a la fascinación por la intrahistoria. Los intérpretes, sobrios y precisos, suplen los discutibles efectos del maquillaje y el látex, y completan este retablo sobre la ley y la corrupción, la libertad y la moral. De las cloacas del poder a los armarios personales, Eastwood siempre elegante y fascinante, elude el morbo y exprime la tortura de su personaje hasta esa escena que convierte a Hoover en un Norman Bates bergmaniano, en una suerte de reflejo crepuscular. Es en esos fragmentos impecables, entre la emoción, la debilidad y la redención, cuando se alza el filme y desvela su verdadera mirada: la de una historia de amor frustrada que atraviesa el corazón de la solemnidad, ese en el que el cineasta ha dejado algunos de los instantes más auténticos de los últimos años.