«Hemos visto cómo se ha promocionado lo de 'El Río Suena' y nadie, nadie, se ha preocupado por los que allí vivimos e intentamos dormir». No pueden más. César Contreras y Azucena Gutiérrez, un joven matrimonio, residente en la calle Río de la Pila, llega a definir la situación que viven cada largo fin de semana de «inhumana». Y es que la 'movida' de las copas, en un vaivén que impone las modas, se desplazó hace veinte años del Río a Cañadío, y desde allí, ahora, ha vuelto a su lugar primitivo, trayendo consigo los pertinentes problemas: música alta, ruidos en la calle de quienes toman copas y quieren fumar, incumplimiento de horarios, ir y venir hasta altas horas de la madrugada, conversaciones a voces... «Todos debemos ser pacientes y tolerantes, pero el problema no hay quien lo aguante». Esta afirmación, que podría ponerse en boca de cualquier vecino que sufra los efectos de esta moda, la hace en este caso Jesús Garay, presidente de la asociación vecinal 'Río de la Pila' de Santander. En la ruleta de la mala suerte, de que la zona de la movida caiga debajo de la ventana de un vecino, les corresponde en este caso la protesta a los residentes de esta castiza calle de Santander, pero en su caso con problemas añadidos «Nuestra calle es pequeña y estrecha, con lo cual, cualquier ruido, se multiplica, entrando en ebullición», incide Garay.
«Es inhumano»
El vaso de la paciencia de los vecinos parece estar a punto de colmarse. César y Azucena, a quienes su sensibilidad hacia el problema les ha llevado a hacer públicas sus denuncias, no se muestran contrarios a que en su calle haya ambiente, pero con control: «A todos nos gusta divertirnos, y sinceramente, si esta situación se diese cinco o seis fines de semana al año, la semana grande, las casetas o las fiestas del Río Suena, no tendríamos ningún problema en sumarnos a ellas, e incluso, en participar». Su hartazgo llega hasta el punto de decir que «esta situación es inhumana y la padecemos durante todo el año. En verano, o cuando no hace mucho frío, es una pesadilla noche tras noche. Sólo podemos dormir los domingos».
Paisaje después de la batalla
El Río de la Pila siempre fue una zona de copas, especialmente en las décadas de los años 70 y 80, pero luego decayó cediendo a favor de Cañadío, «pero era otro tipo de movida», explica Garay, residente desde siempre en este barrio, «no había tanto jaleo en la calle, y mucho menos el botellón que se une a los problemas. Los jueves, viernes y sábados por la noche, aquí no se puede vivir».
El paisaje que se dibuja después de cada noche del largo fin de semana, especialmente cuando hace bueno, es común a cualquier otra zona de la ciudad, de la región o del país: voces y ruidos hasta las cinco o seis de la mañana, botellas, latas y bolsas rondando por el suelo, paredes utilizadas como urinarios... y vecinos en obligada vela.
Pero no son sólo los vecinos los que protestan por esta situación. También lo hace la Asociación 'El Río Suena', (impulsora de la recuperación de la zona) que preside Verónica Gasull. «Reconocemos que los vecinos estén molestos por el ruido, pero le puedo asegurar», explicaba ayer, «que gran parte proviene del botellón». Asegura que sus locales cierran «a rajatabla» a las horas que tienen establecidas, tres o cuatro y media de la madrugada, «y tenemos personal que recoge las copas y limpia la calle».