En plena era del rescate editorial, hay libros de hoy mismo que nos pasan casi desapercibidos. Y no debería ser este el caso de 'Pampanitos verdes', una colección de diez relatos con la que Óscar Esquivias (Burgos, 1972) reincidió en el género breve, tras haberse llevado el prestigioso premio Setenil al mejor libro de relatos de 2008 con 'La marca de Creta'. De nuevo con la exquisita Ediciones del Viento -donde, desde 2005 sale casi a libro por año- en 2010 presentó estos 'pampanitos' que cosecharon un ramillete de buenas críticas, en la línea habitual de un autor cuyo prestigio no deja de crecer.
Segunda oportunidad
En una esclarecedora nota final, a la manera de las habituales en los poemarios actuales, el autor desvela la génesis de cada relato. La gran mayoría -todos, excepto 'El estudiante de Salamanca' y 'El centurión'- ya habían aparecido en diferentes publicaciones, y esta edición sirve para recopilar estos textos dispersos, escritos entre 2008 y 2010, y en los que, más que unidad temática -que algo hay-, se aprecia uniformidad de estilo, una muestra clara del estado de gracia de un autor que alcanza su madurez creativa, pero no pierde un ápice de frescura, que juega a su antojo con la capacidad de sorprendernos y que hace gala de un cierto candor -no sabemos si impostado o no- capaz de conducir al lector por las más inesperadas escenas -de lo bizarro a lo tragicómico- con un constante guiño cómplice.
Sin ambages, Esquivias desvela que varios de los cuentos nacieron de 'encargos', lo que justifica la temática de alguno de los cuentos, como el que da título al libro, que formó parte de una colección de relatos navideños, de diversos autores.
Repámpanos
Lo primero que sorprende en el libro es el título. ¿Pámpanos? Pronto descubrimos que se trata de un término vitivinícola -ignoramos si tiene algo que ver con el '¡repámpanos!' que de cuando en cuando se le escapaba al capitán Haddock, y que en realidad son un dulce extremeño- que alude a los brotes de la vid, aunque se trata de una pista falsa. La explicación la encontramos en uno de los relatos, de igual título, en el que un coro infantil, a ritmo de botella de anís, se arranca con el villancico: «Pampanitos verdes, hojas de limón, la Virgen María, madre del Señor». Gran sorpresa, máxime cuando somos muchos los duros de oído que siempre hemos cantado 'campanitas verdes' en ese verso.
'Pistinas'
La segunda llamada de atención está en la portada. La cámara del vallisoletano Asís Ayarbe nos regala una fabulosa instantánea, en la que el agua de una piscina juega a su antojo con el mosaico y la luz, reinventando el pixelado desde una interpretación analógica. La fotografía, con las calles trazadas, nos predispone desde mucho antes de abrir el libro a adentrarnos en un universo narrativo denso e inexplicable. Luego, ya inmersos en sus páginas, la evocación a 'El nadador' de Cheever resulta inevitable, en especial en el relato 'El hijo de la modista', en el que dos vendedores de 'pistinas' -'piscinas' para nuevos ricos, al estilo de los 'haigas' de la posguerra- se cuelan en una fiesta de la alta sociedad. En las dedicatorias, sin embargo, Esquivias se decanta por otro grande del cuento, José María Merino, al que define como 'el gran Lidenbrock de la literatura española', en referencia al personaje de Verne.
Sonrisa perenne
Ya en el texto, los relatos no defraudan. Con una sonrisa permanente, que incluso culmina en varias y sentidas carcajadas, Esquivias nos lleva poco a poco a su mundo; un universo de rebeldía con y sin causa, de disconformidad con el destino y de extrañeza vital, pero siempre bajo el prisma de la ironía y la mirada compasiva.
Arranca la lectura con el delicioso 'El chico de las flores', en el que un adolescente, ocasional recadero en una floristería, descubre los placeres de la vida junto a una actriz de culebrones. En el hilarante 'El estudiante de Salamanca', un joven retraído es testigo de cómo su padre decide experimentar en su lugar la tradicional 'vida disipada' de los universitarios. En 'Viene Gordon', que por momentos recuerda al mejor Foster Wallace, el amor no es lo que parece. 'Pampanitos verdes', sobre la asunción de lo inevitable, bien podría haber sido la décima de la 'Nine stories' de Sallinger. 'Mail Pride Chicago', kafkiano y desternillante a un tiempo, sirve para revertir roles de género, con una mujer al estilo Crumb lleva una inesperada iniciativa. 'Monólogo del técnico de sonido' es una larga acotación teatral. Con 'El centurión', Esquivias explota las posibilidades humorísticas de la picaresca en el mundo homosexual. Cierra el libro 'Viaje al centro de la tierra', donde conviven un cierto espíritu costumbrista con destellos de Carver e incluso delirios de fantasía pura.
El lado oscuro
Con diferencia, 'El dolor' resulta el relato más impactante del libro. Para relatarnos un abuso sexual, Esquivias no renuncia a que el lector empatice con el narrador, y escoge el punto de vista de la víctima, un niño enfermo cuyo dolorosísimo tratamiento le es aplicado diariamente por un practicante. Con absoluta naturalidad, el narrador, ya adulto, rememora cómo la última visita, solo en casa, en un tono sorprendentemente neutro. En un giro inesperado de la trama, el muchacho, que o bien no se ha sentido demasiado afectado por lo sucedido, o bien no ha alcanzado a comprenderlo del todo, sí que es consciente de su poder en la escena: tiene en sus manos un terrible secreto, y lo utiliza para poner fin a un tratamiento que le resulta insoportable. Sin embargo, una vez conseguido su objetivo, sufre una recaída en su enfermedad. Un relato completamente desasosegador, muy alejado de cualquier corrección política, con el que el autor es capaz de trasgredir varios tabúes, pero siempre orillando cualquier debate moral, que deja en manos del lector, sin que tampoco podamos asegurar que aquí Esquivias se limite, exclusivamente, a 'contar'.