Todo apunta a que lo es con motivo. Las primeras treinta páginas de esta novela, por ejemplo. Constituyen un ejemplo de talento, pegada y riesgo. También un alarde de técnica. En ellas McGregor hace surgir de la nada un escenario creíble y desolado y mueve por él un poderoso narrador colectivo. El escenario es urbano y frío: un barrio de las afueras con bloques de casas y canchas de juego. El narrador omnisciente es un 'nosotros' fantasmal capaz de moverse con rapidez en el espacio y en el tiempo. El foco se centra en una de las casas del barrio. La primera frase de la novela: «A finales de diciembre echan la puerta abajo y se llevan el cadáver».
Digamos que el cadáver es el protagonista del libro o, mejor aún, su vórtice. Su nombre es Robert Radcliffe. Al mismo tiempo que vemos cómo la Policía descubre su cuerpo en una habitación, entre basura y botellas vacías, el narrador da un paso atrás y se asoma al pasillo, donde vemos a Robert, muchos años atrás, feliz y en plena forma, cambiando el papel pintado de la casa que estrena en ese momento con su joven mujer Yvonne. El salto temporal se hace en una línea, con remarcable naturalidad, y se repite durante varias páginas, esbozando en fogonazos la historia de Robert, su decadencia, ese camino cuesta abajo, lleno de alcohol y fracaso, que termina con el protagonista etiquetado en una morgue.
Mientras Robert está en la morgue, mientras le realizan la autopsia y lo trasladan a un crematorio, mientras lo incineran, el coro de fantasmas que le acompaña va fijando su atención en el grupo de personajes que componía el entorno del muerto. Son los yonquis, vagabundos y sin techo que pasaban por casa de Robert a beber y colocarse. Gente como Mike, un adicto esquizofrénico; Steve, un borracho que combatió en Malvinas; Heather, una ex 'groupie' adicta al crack que lleva un ojo tatuado en mitad de la frente, o Ant, un tipo que perdió una pierna en Afganistán. Todos son veteranos de comisarías, albergues, callejones y terapias. Todos han llegado, por distintos caminos, a un mismo destino de ruina y marginación.
Jon Mc Gregor pone en pie esta novela sobre la destrucción personal con una escritura de calidad, una mirada inteligente sobre el tema la adicción y una justa proporción emocional. Hay en el libro momentos magníficos, como la descripción del atentado que Ant sufre en Afganistán.
También hay algunas pegas. Se advierte, por ejemplo, cierto descenso del nivel de tensión cuando la novela comienza a hacerse claramente coral. Y McGregor no consigue el efecto que persigue -ni de lejos- al construir ciertos pasajes mediante la sucesión de frases cuyo final debe ser intuido por el lector («Laura sentada ante el tribunal de instrucción y todas las preguntas que no»). Que el libro esté necesariamente lleno de jerga y que su traducción resulte siempre un poco rara es algo que no podemos achacar al autor y tampoco al traductor, que parece hacer un buen trabajo. Son algunas de las objeciones que pueden hacérsele a un libro personal, ambicioso y brillante que sobresale ampliamente de la media. No debería pasar desapercibido.