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Manuel Vilas, el optimismo del futuro

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Manuel Vilas, el optimismo del futuro

'Los inmortales' plantea una mirada irónica a nuestro mundo desde una galaxia de ficción

03.02.12 - 01:13 -
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Los futurismos en literatura siempre han sido de un carácter muy pesimista. Si se trataba de literatura menor y de entretenimiento, ese futuro estaba poblado de amenazas para el ser humano; de monstruos como los de Lovecraft que convertían al habitante de la Tierra en un pobre punto insignificante en medio de un Cosmos hostil. Si se trataba de buena literatura, la amenaza no disminuía en absoluto aunque solía estar dentro de la propia naturaleza humana. En 'Un mundo feliz', la novela canónica del género que escribió Aldous Huxley, en el '1984' de Georges Orwell o en el 'Fahrenheit 451' de Ray Bradbury, éramos los propios hombres los encargados de hacernos la vida invivible. Con este tópico es con lo que rompe el escritor aragonés Manuel Vilas en 'Los inmortales', una novela en la que se atreve a plantear un futuro nada catastrófico en el cual la muerte no es ni siquiera un mal recuerdo, sino un fenómeno absurdo e increíble que debió de producirse en el pasado y que padecían los antecesores humanos de los habitantes de la agraciada Galaxia Shakespeare. La clave con la que ha abordado tal ficción este autor es, además de optimista, humorística e irónica; las dos cosas a un tiempo, cosa que no ocurre siempre. Y es que tras ese humor que le lleva a presentar a Juan Pablo II y a la madre Teresa de Calcuta viajando juntos y siendo aludidos como Ponti (en referencia a su condición de Pontífice) y Mother T, hay realmente una mirada entre crítica y condescendiente, irónica, de este presente que habitamos hasta el punto de que, más que de una novela futurista, parece tratarse en realidad de una novela 'preterista' que pone los ojos no en el universo que ha creado en el tiempo por venir sino en el pasado que se contempla desde de ese mismo mundo, como si fuera éste una simple excusa para proceder a semejante revisión.
Ese tiempo inventado en el que supuestamente se va a desarrollar la acción del relato es el año 22011. La obra se abre con una carta fechada el 31 de febrero de dicho año en la que Aristo Willas, el Jefe Supremo de Arqueología Terrestre y de Inteligencia Histórica de la citada Galaxia Shakespeare, informa de un manuscrito que describe cómo fue un día la existencia mortal en la Tierra, la clase de «vidas minúsculas» que estábamos condenados a llevar los humanos y en la cuales teníamos tiempo de enamorarnos, contraer matrimonios y dejar descendientes; de estudiar y prepararnos para un trabajo; de dedicarnos a él y después descansar de él antes de ser borrados del mapa. Tras ese prólogo, viene el desfile de personajes históricos, el primero un tal Saavedra que se encuentra convencido de que es la reencarnación de Miguel de Cervantes y que se presenta escribiendo en un ordenador portátil dentro de la cafetería del aeropuerto de Zaragoza. Esa comparencia no va a ser gratuita porque hay un juego en el texto de oposición de la figura de Cervantes a la de Shakespeare. A Saavedra le van a seguir desde los citados Ponti y Mother T hasta Picasso y Van Gogh pasando por Dante, Neruda o Corman Martínez, un divertido personaje que es el último comunista y que se ve obligado a vivir el capitalismo como un purgatorio.
Inevitablemente, este planteamiento narrativo da un cariz culturalista al libro. Sus referencias literarias o artísticas no son rebuscadas, pero sí suficientes para que la novela tenga una dimensión 'metanovelística', esto es de pura reflexión sobre sí misma, aunque, al mismo tiempo y paradójicamente, presente un estilo fragmentario que hace pensar en la agrupación de un conjunto de relatos más que en un bloque argumental, lo cual no es muy relevante porque estamos ante un género que lo admite todo y porque el tema ya le otorga la necesaria unidad que éste exige.
En la novela de Manuel Vilas, ya nadie se acuerda de Stalin ni de Hitler. Podría pensarse que, en el tratamiento de esas dos figuras truculentas, hay un cierto relativismo moral semejante al de la célebre sentencia de Borges: «El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados; los actos de los hombres no merecen tanto». Pero la verdad es que en dicha licencia, pertinente en una ficción en la que no cabe el crimen porque la inmortalidad en la que se basa lo ha borrado totalmente, hay una venganza moralista en el fondo de negarles la posteridad a dos carniceros de los que todavía tenemos que seguir hablando en nuestro mortal presente.
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